Valentino: el corazón que trajo un sueño de 27 años

Minutos después del nacimiento, los flamantes padres posan con Valentino.

Por Antonella Arbelo
Fotos de gentileza

Esta historia comenzó muchos años antes, más de dos décadas atrás, cuando Valeria Meneses apenas tenía 16 años y una consulta ginecológica cambió para siempre el rumbo de su vida. En esa visita, la doctora Graciela Gadola le diagnosticó una condición poco frecuente: el síndrome de Rokitansky, una malformación congénita que impide el desarrollo del útero. Desde ese momento, la maternidad biológica dejó de ser una posibilidad para Valeria.

“Ya habían pasado 20 años desde que me dijeron que no iba a ser madre, y hace cinco años volvimos a esta lucha. Y se pudo lograr”, contó emocionada. Su voz guarda la memoria de una lucha silenciosa, de lágrimas contenidas y de una esperanza que, pese a todo, se negó a morir.

Una vida marcada por una frase

“Mi sueño siempre fue ser madre y a los 16 años me puse en esa vuelta de buscar una solución, porque veía que no lo iba a poder ser. Después de una serie de estudios con Gadola, me derivó al Pereira Rossell y estaba saliendo de una anestesia por una laparoscopía “con 23 años– cuando me dijeron la peor frase que podía haber escuchado: “no vas a poder ser madre”.

A partir de entonces, su vínculo con la medicina se hizo distante. “Por un largo tiempo dejé de ir a los médicos y en eso pasaron muchos años, yo había tirado la toalla”, confiesa. Aun así, se sometió a estudios genéticos para comprender por qué era la única en su familia con esa malformación. “Me dijeron que como soy la primera hija de mis padres y ellos tienen la misma sangre, ese choque de sangre podría ser el origen. Pero hasta ahí escuché y después ya no quise seguir”.

No había ley, no había información, no había opciones. Pero sí había algo que nunca desapareció: el deseo profundo de ser madre.

La médica que fue más allá del consultorio

Graciela Gadola, médica ginecóloga en Tacuarembó, ha sido más que una profesional en la vida de Valeria: ha sido testigo, guía y cómplice en esta lucha. “Es una muchacha a quien conozco desde los 16 años, ahora tiene 43. Le hice el diagnóstico de su patología de base y fue enviada al Pereira Rossell en el momento en que todavía no existía la ley de reproducción asistida”, explicó.

La ley, finalmente aprobada en Uruguay en 2013, abrió nuevas puertas. Pero aún con marco legal, los caminos no eran sencillos. “Varias veces me preguntó por la posibilidad de quedar embarazada, y la mandé después cuando salió la ley a Montevideo. Pero conseguir a quien preste el útero es complicado”.

Valeria tenía 39 años cuando Gadola volvió a insistir: aún estaba a tiempo de ingresar al sistema mediante el Fondo Nacional de Recursos (FNR). “Antes de los 40, lo importante –y me gustaría que todas las mujeres lo sepan– es ingresar a través del FNR, sin importar si luego la gestación termina dándose cuando la mujer ya pasó esa edad”, advirtió la profesional.

Esa decisión resultó clave: con el aval del Fondo, comenzaron los estudios y trámites. Y entonces, otra pieza fundamental de esta historia entró en juego: su hermana Sofía.

Sofía: el vientre del amor

“Primero la gestante iba a ser una hermana que luego no pudo, y terminó en Sofía”, relata Gadola. La ley establece que la gestante debe ser madre, hermana o cuñada de la paciente, y Sofía, una de las menores de la familia, asumió ese compromiso con entereza. “Mi mamá también se ofreció en su momento para ser la gestante de su nieto cuando estábamos en los primeros análisis en Montevideo y otra de mis hermanas también, pero en aquel entonces esta ley no existía”, recordó Valeria.

Valeria y Sofía convivieron durante algunos meses, compartieron controles, silencios y emociones. “Respetamos mucho a Sofía durante el embarazo para que no se sintiera perseguida por nuestra ansiedad. Hubo muchos momentos en que disfrutamos, había también otros en que le dábamos su espacio, no la queríamos invadir”.

La pareja de Sofía también fue clave: “No es fácil asimilar que la mujer estaba embarazada de un hijo que no era de él. O para la hijita de Sofía también. Pero estuvieron impecables”.

Un parto pensado desde el corazón

El nacimiento de Valentino fue programado con precisión. No era solo una cesárea: era un acto simbólico, emocional, jurídico y humano. “Antes del parto nos reunimos con la gente del MSP, ASEE, con todo el equipo de Maternidad, pediatras y después nos reunimos nosotros para hacer una hoja de ruta de cómo íbamos a hacer”, explicó Gadola.

La prioridad era evitar cualquier trauma para Sofía y las otras pacientes. “La pusimos aparte, Valentino fue con sus padres a otro lado y todo se dio. En el bloc quirúrgico entraron Valeria y Luis, la madre de Valeria y Sofía para acompañarlas”.

El 7 de julio a las 08:31 horas Valentino, que pesó 3,610 kilogramos, conoció a sus padres: Luis Martínez y Valeria Meneses, quienes ya figuran como tales en el certificado de nacimiento y gozan de sus respectivas licencias parentales. Este nacimiento representa no solo la culminación de un proceso legal de más de una década, sino también el inicio de una nueva era en las opciones de conformación familiar en Uruguay.

Valeria revive ese instante con emoción: “Tuvimos la posibilidad de entrar a la cesárea y ver todo el procedimiento. Ver cuando se lo estaban sacando, tenemos videos, fotos, todo. Fue un momento muy emocionante con todo el equipo cuidando a Sofía y a nosotros. Cuando me lo dieron a Valentino se lo acerqué a Sofía para que le diera un besito”.

Sofía, coherente desde el primer día, jamás dudó de su rol. “Siempre tuvo en mente que tenía a su sobrino en su vientre y siempre se comportó como una tía (y ahora también madrina). Nunca la vi con esa duda, a mí me hizo sentir la madre desde el primer día”.

El milagro del vínculo

En el posparto, Valeria intentó un proceso de lactancia inducida. “Le receté a Valeria unos estimuladores y se le prestó una ordeñadora eléctrica”, comentó Gadola. Aunque no logró producir leche suficiente, aplicaron un método alternativo: “Se pone un cañito que va al pezón con leche, con una jeringuita que va pegada a la mama, y cuando el bebé succiona sale la leche y el bebé mama y está estimulando el pezón”.

La conexión emocional con Valentino es tan profunda como si lo hubiera gestado. “Estamos pasando divino. Gracias a Dios Valentino está sanito. Es un sol, hicimos un apego con él como si yo lo hubiera tenido en mi vientre. Siento que él me reconoce como su mamá”, dijo Valeria, quien no se da por vencida con la lactancia.

Una familia que sostuvo el sueño

Durante todo el proceso, el apoyo familiar fue determinante. “Mi familia y la de mi marido siempre apoyándonos, ofreciéndose para una cosa o para la otra, acompañándonos a los controles. Me hicieron un baby shower con revelación de sexo, las sinvergüenzas me habían ocultado lo que era”, recuerda entre risas.

Luis, su compañero desde hace 25 años, estuvo a su lado en cada paso. “No menor es la presencia del padre, que está encantado. La acompañó en todo el proceso, no fue solo de la madre sino del deseo de los dos de convertirse en padres”, subrayó Gadola.

El nacimiento de Valentino no solo es una historia familiar. Es un precedente. Es una señal de que los deseos profundos pueden encontrar caminos nuevos cuando la ciencia, la ley y el amor trabajan juntos. “Cuando se presentó Sofía al poco tiempo se pudo lograr todo. El embarazo transcurrió muy bien. Fue un camino de ansiedad, pero Valeria fue bien cerebral”, concluyó la médica.

Valeria resume lo vivido con una frase tan simple como poderosa: “Ahora tenemos a Valentino en nuestros brazos, ese corazoncito latiendo cerca de nosotros que nos trae mucho amor”.