El puerto sanducero: 30 años de esfuerzos perdidos

Hace algunos días nuestro diario publicó una entrevista al Ing. Jorge Dighiero, referente histórico de la Comisión Intersectorial pro Puerto Ultramar de Paysandú (Cipup), en la cual el hoy presidente de la misma afirmó que ese grupo de trabajo encuentra “en la línea de apoyar que se construya un puerto de ultramar en Casa Blanca, porque se entiende que este lugar tiene la profundidad natural adecuada para la operativa de buques de ultramar y la perspectiva de captar cargas en una amplia zona para la salida directa a ultramar”.
Finalmente, después de tres décadas, la Cipup y sus integrantes se dieron cuenta de que un puerto metido en el medio de la ciudad nunca será viable. Sin embargo, hasta hace poco más de un año se insistía que había que gastar millones de dólares en reinstalar la vía al puerto, que por suerte en este caso el gobierno siempre se hizo el distraído y no lo concretó. Incluso cuando hace más de 10 años la Intendencia levantó los rieles que cruzaban calle Entre Ríos para arreglar el bitumen, algunos ediles de la entonces oposición hicieron de eso un escándalo político.
Si bien se trata de un error bienintencionado tanto de la Cipup como de las distintas administraciones que no supieron poner los límites donde debían, lo cierto es que costó mucho dinero, tiempo y recursos en un país y en un departamento donde no sobran los fondos públicos que, siempre es bueno recordarlo, son financiados por todos los uruguayos. Desde estas páginas, incluso antes de que se comenzaran las infundadas inversiones que se llevaron a cabo por un voluntarismo político sin fundamentos técnicos reales y sin conocimiento de las verdaderas necesidades de las empresas en materia de carga, hemos dicho que el puerto de Paysandú era una pésima idea destinada a fracasar, porque siempre sería inundable y requeriría una inversión injustificable en dragado. Además, las instalaciones son obsoletas para barcos de ultramar. A lo sumo si era razonable reactivarlo para barcazas, para lo cual bastaba un mínimo de dragado y poca cosa más, pero jamás soñar con el ultramarino de 30.000 toneladas amarrando dos veces por mes donde al lado del Club Remeros.
A pesar de ello, la Cipup siguió adelante por 30 años con su discurso anclado en el pasado, recordando un puerto que ciertamente fue ultramarino hace más de 100 años, cuando los barcos de ultramar eran varias veces más pequeños y livianos que los que hacen las vías comerciales en la actualidad, y sin posibilidad real de ser reconvertido.
Si bien nadie desconoce las buenas intenciones impulsaron las acciones que se llevaron a cabo para tratar de revivir el muerto, lo cierto es que se necesita bastante más que eso para poner a marchar un puerto y conseguir las cargas que justifiquen su funcionamiento. Peor aún, como hemos dicho en más de una oportunidad, aún si se gastara una fortuna, estuviesen las cargas y finalmente el puerto funcionara a pleno, los dolores de cabeza urbanísticos serían devastadores para la ciudad.
Ahora que la realidad terminó por imponerse, queda claro que el capricho salió muy caro: se gastó más de lo que costaría hacer un puerto desde cero en Casa Blanca, que no tendría los vicios del de Paysandú, y que seguiría siendo Paysandú, al fin y al cabo. En una suma gruesa podemos asegurar que fueron más de 30 millones de dólares en dos dragados –Almirón y Casa Blanca, porque el primero no les sirvió y se buscó hacer el segundo “autolimpiante”, que igual precisa mantenimiento a un costo millonario–, refuerzo de cimientos de muelles, instalación eléctrica de potencia e iluminación para trabajo nocturno, grúa de 40 toneladas, demolición de antiguos galpones, miles de metros cuadrados de hormigón para playa de contenedores, acceso sur a través de barrio La Chapita, balizamientos, estudios de todo tipo, consultorías, traslados de autoridades, reuniones, viáticos de funcionarios, etcétera. Incluso hasta hace poco más de un año se pedía profundizar el dragado –por varios millones de dólares– y retirar la línea de alta tensión que cruza el río para permitir el pasaje de barcos que jamás llegarían a Paysandú. Y hasta se soñó con hacer un muelle de “alto nivel” para las crecientes, y otra playa de contenedores en zona no inundable.
Sin perjuicio de esas necesarias e incómodas preguntas, lo cierto es que no todo fue negativo: Azucarlito sobrevivió varios años probablemente gracias a que el puerto volvió a funcionar, aunque en realidad para el uso de barcazas no eran necesarias tantas inversiones. Además, la propia Cipup terminó por probar algo importante: no hay cargas en contenedores para justificar línea de navegación alguna. Lo hemos dicho durante décadas desde esta misma página editorial, pero nunca fuimos escuchados porque en el fondo los políticos sanduceros de todos los partidos también fueron encandilados por la utopía del progreso a través de la recuperación del puerto histórico de la ciudad.
Finalmente, la realidad terminó dándonos en la cara. Pudo ser peor, pero al menos abrimos los ojos.
Respecto a la instalación de un puerto en Casa Blanca, la apuesta es igualmente arriesgada, porque la inversión necesaria para hacer un puerto de ultramar desde cero es muy alta –lamentablemente la plata ya la gastamos en el de Paysandú–, y también en este caso difícilmente haya cargas que lo justifiquen. En efecto, como ya hemos argumentado, la zona granelera de Uruguay está desde Paysandú hacia el sur, y hacia el norte la producción a granel de grandes volúmenes es muy menor. Y lo que se produce desde el río Negro hacia el sur ya tiene la logística armada por Nueva Palmira, que siempre será más barato y cercano al área de producción. Mientras tanto, en la zona centro-norte de nuestro país está el ferrocarril central. Si hay cargas desde esa zona, seguro es más barato y razonable que salgan por Montevideo a través del tren, que para eso el país ya gastó varios cientos de millones de dólares.
Por otra parte, ya quedó más que claro que no hay suficientes cargas de contenedores para sostener una línea de feeder. Y la promesa de los contenedores paraguayos tampoco suena razonable, pues tendrían que hacer más de 1.000 kilómetros ya sea en camión o en tren –si gastamos otras varias decenas de millones de dólares en hacer la vía hasta Salto Grande, claro–, para bajarlos en Casa Blanca, luego subirlo a un feeder que los llevará hasta Montevideo, que dista sólo 380 kilómetros por carretera, y allí trasbordarlos al portacontenedores de ultramar. Toda esa logística y burocracia se “come” la mínima ventaja que podría dar el transporte fluvial por los kilómetros de ruta de camión.
Por todo esto los más sensato es que si realmente hay privados interesados en desarrollar el puerto de Casa Blanca, la inversión corra por cuenta de ellos y no del Estado. Si es cierto que los números se muestran tan buenos, seguramente les interesará hacerlo.