El Súper Niño y nosotros

Hace un par de semanas, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que América Latina y el Caribe vienen de atravesar, en 2025, uno de los períodos más extremos de su historia. No se trata de una anomalía pasajera, sino de una aceleración del calentamiento global que elevó los termómetros por encima de los 40 grados centígrados en el sur de nuestro continente. A ello se sumó un déficit de precipitaciones que provocó graves sequías, aumentó las alertas por incendios forestales y afectó los balances agrícolas. Por su parte, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la comunidad científica regional monitorean la zona del Pacífico ecuatorial, donde la temperatura registra un aumento de hasta 6 grados centígrados por encima del promedio. En un escenario marcado por extremos climáticos, donde también aparecen lluvias torrenciales concentradas en pocas horas, los modelos de predicción proyectan la aparición de un fenómeno de El Niño de alcance global para el período comprendido entre este año y 2027. Un evento que, por sus características térmicas y la acumulación de energía en el océano, podría alcanzar la categoría de “Súper Niño”. En Uruguay, hablar de este tipo de anuncios trae a la memoria episodios de crecidas y grandes desbordes de cursos de agua. Desde la recordada creciente de 1959 hasta las posteriores inundaciones, miles de personas fueron desplazadas en las costas del río Uruguay y otros cursos fluviales, mientras que la infraestructura vial y la producción ganadera sufrieron importantes daños. Sin embargo, nuestro país viene saliendo de los efectos de una situación inversa. La Niña provocó sequías severas y la transición hacia un posible —y cada vez más probable— exceso hídrico sin precedentes, en el contexto de un Súper Niño hacia fines de este año y durante 2027, nos coloca ante un escenario complejo. El suelo, endurecido o erosionado por los extremos previos, pierde capacidad de absorción y vuelve a las redes de drenaje urbano y a las cuencas fluviales especialmente vulnerables frente a las precipitaciones extraordinarias pronosticadas. Los anuncios prevén que el impacto de El Niño se sentirá por fases. La primera de ellas llegaría durante el próximo invierno, que sería inusualmente templado. El punto de quiebre se produciría entre octubre y enero, período para el cual se pronostican lluvias copiosas por encima del promedio histórico, con posibles afectaciones al sector agropecuario y a la red vial. Los especialistas agregan que el fenómeno podría reactivarse durante el otoño del próximo año, con un impacto mayor al norte del río Negro. En los últimos días, Inumet se pronunció sobre este asunto, suscribiendo la preocupación de las agencias internacionales que pronostican que el calentamiento del Pacífico, sumado al cambio climático global, podría generar uno de los años más cálidos jamás registrados en la historia del planeta. En este marco, el BID y la ONU alertan sobre la necesidad de prepararse mejor frente a El Niño, dirigiéndose de forma muy directa a la capacidad de gestión de nuestros gobiernos. Aunque en los últimos años Uruguay ha dado pasos consistentes hacia un modelo de resiliencia climática, históricamente la respuesta ante las inundaciones en nuestra región se limitó a la gestión de la crisis: desplegar las coordinaciones del Sistema Nacional de Emergencias, alojar evacuados en infraestructuras públicas y reconstruir los daños una vez que las aguas se retiraban. Hoy, el debate se ha desplazado lenta pero firmemente hacia la mitigación del riesgo antes de que los problemas aparezcan. En las ciudades litoraleñas, con apoyo de programas del gobierno central y aportes de las intendencias, se ha recurrido al ordenamiento territorial y al realojo de poblaciones vulnerables. En ciudades como la nuestra, pero también en Salto y Artigas, hemos comprendido a partir de la experiencia que disputarle espacio al río es una batalla perdida. Por eso, las políticas públicas han priorizado la liberación de las zonas costeras, transformando antiguos asentamientos en parques inundables y reubicando a las familias. Ahora bien, una parte importante de la resiliencia se juega en el Uruguay profundo. La producción agropecuaria, motor histórico de nuestra economía, viene de sufrir la falta de agua en el pasado reciente y ahora debe prepararse para un exceso hídrico inminente. Los planes de manejo de suelos, la inversión en tajamares, los sistemas de riego y la diversificación de pasturas con mayor tolerancia a los extremos son herramientas con las que los productores intentan proteger su medio de vida. Sin embargo, aún existen importantes cuellos de botella. Celeste Saulo, secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial, insiste en que la información climática solo es útil cuando se convierte en una herramienta para las personas. En Uruguay debemos profundizar el trabajo para evitar quedar rehenes de la burocracia o de debates estériles, avanzando con eficacia hacia planes y protocolos de prevención local, así como sistemas de alerta rápida para el productor agropecuario. Es importante tener en cuenta que las alertas tempranas solo son eficaces si quienes las reciben saben qué hacer, dónde ir y cómo proteger sus bienes. Según un reciente informe del BID, que exhorta a los países a prestar atención a las previsiones, existe un 92 % de probabilidad de que se desarrollen condiciones cálidas en el Pacífico durante el próximo trimestre. El Súper Niño deja así de ser una mera posibilidad para convertirse en un escenario plausible, cuya intensidad sigue siendo difícil de predecir. Justamente por esa incertidumbre, la pregunta más relevante no es qué tan fuerte será, sino qué tan preparados estaremos para cuando llegue. En Uruguay, el pronóstico para los próximos meses nos enfrenta a un cambio ambiental global que se manifiesta a escala local con una intensidad extraordinaria. La posibilidad de un Súper Niño o de un evento de magnitud histórica debe afrontarse con responsabilidad. La pregunta es, precisamente, qué tan preparados estamos para hacerlo. El clima ha dejado de ser un telón de fondo para convertirse en un protagonista hostil y desconcertante que nos afecta a todos de manera cada vez más omnipresente. En este contexto, parecen quedar lejos aquellas épocas en las que las estaciones mantenían un orden previsible, donde las heladas de invierno y las lluvias de primavera se alternaban con regularidad. Ese pacto implícito con la naturaleza hoy parece haberse roto. La ciencia está proporcionando los mapas del riesgo, pero la esfera gubernamental y la sociedad civil deben prepararse para asumir las consecuencias del cambio climático. Lo que se pronostica es un tipo de evento que exige, además, un profundo cambio cultural para comprender que nuestro entorno está mutando y que debemos aprender a vivir en medio de nuevas y complejas realidades.

Ingresa o suscríbete para leer la noticia completa y todo el contenido del diario.

IngresarPara quienes tienen una suscripción activa o quieren renovarla.SuscribirmePara quienes se suscriben por primera vez.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*