Responsabilidad en la medicación, para evitar que nos demos un tiro en el pie

Con la llegada del invierno se repite un fenómeno que ya forma parte del calendario sanitario. Las bajas temperaturas, los cambios bruscos de clima y la permanencia de las personas en ambientes cerrados generan el escenario propicio para la propagación de virus y bacterias responsables de las enfermedades respiratorias de estación. Los servicios de emergencia y las consultas médicas vuelven a congestionarse, mientras resfríos, gripes, Covid-19 y otras afecciones encuentran las condiciones ideales para multiplicarse, especialmente entre quienes presentan enfermedades crónicas o factores de riesgo como asma, diabetes, cardiopatías o inmunodepresión.
No se trata de una situación nueva. Cada invierno pone a prueba la capacidad de respuesta del sistema sanitario y también la responsabilidad individual. Sin embargo, detrás y paralelamente a este incremento estacional de las enfermedades se esconde un problema mucho más profundo y silencioso, cuya magnitud recién comienza a ser plenamente comprendida: la creciente resistencia de microorganismos y parásitos a los tratamientos que durante décadas permitieron controlarlos con relativa eficacia.
Con frecuencia conocemos casos de pacientes cuya evolución se complica por infecciones intrahospitalarias o por bacterias que ya no responden a los antibióticos tradicionales. Lo que hasta hace algunos años podía resolverse con un tratamiento relativamente sencillo hoy exige medicamentos más específicos, tratamientos prolongados o la combinación de varias drogas. En algunos casos, incluso, las opciones terapéuticas comienzan a agotarse.
Lejos de tratarse de un fenómeno exclusivo de la medicina en el ser humano, estos procesos se dan también en el mundo animal, y un ejemplo claro es que Uruguay enfrenta un problema de similares características en uno de los pilares de su economía: la producción ganadera. La resistencia que ha desarrollado en los últimos años la garrapata frente a numerosos plaguicidas representa un desafío sanitario y económico de enorme magnitud. Los productores deben recurrir a tratamientos más costosos, más complejos y, muchas veces, con resultados cada vez menos satisfactorios.
Aunque pueda parecer que se trata de dos problemas completamente distintos, ambos comparten un origen común: el uso inadecuado, excesivo o repetitivo de las herramientas destinadas a controlar organismos perjudiciales. La automedicación, el empleo de antibióticos para enfermedades virales donde no tienen ningún efecto, la interrupción prematura de los tratamientos o su utilización indiscriminada ejercen una fuerte presión sobre las bacterias. En el campo ocurre algo similar cuando se aplican reiteradamente los mismos principios activos, se utilizan dosis incorrectas o se realizan tratamientos sin un adecuado monitoreo sanitario.
Existe además una idea muy difundida, aunque equivocada, según la cual las bacterias o las garrapatas “aprenden” a defenderse de los medicamentos y productos sanitarios. En realidad, lo que ocurre responde a uno de los principios fundamentales de la biología: la selección natural.
Ocurre que dentro de cualquier población de bacterias, virus, parásitos o incluso garrapatas existen diferencias genéticas naturales. Algunos individuos, por simple variabilidad biológica, poseen una mayor tolerancia frente a determinado antibiótico o plaguicida. Cuando se aplica repetidamente el mismo tratamiento, la mayor parte de la población desaparece, pero esos individuos naturalmente resistentes sobreviven. Posteriormente se reproducen sin competencia y transmiten esa característica a sus descendientes. Con el paso del tiempo, la población termina integrada mayoritariamente por organismos resistentes, reduciendo de forma considerable la eficacia de las herramientas disponibles.
No es solamente la intervención humana la que crea directa o indirectamente esa resistencia desde cero. Lo que hace es acelerar un proceso evolutivo que, de otro modo, avanzaría mucho más lentamente. En otras palabras, somos nosotros quienes, muchas veces sin advertirlo, favorecemos la supervivencia de aquellos individuos que mejor soportan los tratamientos destinados precisamente a eliminarlos.
Paradójicamente, este mismo mecanismo ha permitido la supervivencia de la propia especie humana y de innumerables especies animales a lo largo de millones de años. Las grandes epidemias que diezmaron poblaciones enteras también actuaron como un poderoso filtro evolutivo. Aquellas personas que, por variaciones genéticas heredadas, presentaban una mayor resistencia frente a determinadas enfermedades tenían mayores probabilidades de sobrevivir y transmitir esas características a sus descendientes. Generación tras generación, las poblaciones fueron adquiriendo una resistencia promedio superior frente a algunos agentes infecciosos.
Sin embargo, la selección natural no convierte a las personas en inmunes ni reemplaza el papel decisivo que han tenido la ciencia y la medicina. La desaparición de las grandes epidemias que en otros tiempos devastaban continentes no puede atribuirse únicamente a la evolución biológica. Las vacunas, los antibióticos, las mejoras en la higiene, el acceso al agua potable, el saneamiento ambiental, una mejor alimentación y los enormes avances de la medicina moderna han sido, probablemente, los factores más determinantes para aumentar la expectativa y la calidad de vida de la humanidad.
De hecho, la pandemia de Covid-19 dejó una enseñanza que no debería olvidarse. Los microorganismos también evolucionan. Mientras los seres humanos desarrollan nuevas estrategias para combatirlos, virus y bacterias continúan modificándose, generando nuevas variantes y adaptaciones. Se trata de una carrera permanente en la que ninguna victoria puede considerarse definitiva.
Precisamente por ello, preservar la eficacia de los antibióticos y de los productos veterinarios disponibles constituye una responsabilidad colectiva. No basta con desarrollar nuevos medicamentos si los existentes continúan utilizándose de forma irracional. Cada antibiótico prescrito sin necesidad, cada tratamiento interrumpido antes de tiempo o cada aplicación indiscriminada de un plaguicida contribuyen, aunque sea de manera imperceptible, a fortalecer a los organismos más resistentes.
La solución exige una estrategia integral. En medicina implica evitar la automedicación, realizar diagnósticos precisos y utilizar antibióticos únicamente cuando son realmente necesarios y bajo supervisión profesional. En la producción agropecuaria supone implementar programas de manejo integrado, rotación adecuada de principios activos, monitoreo permanente y estricto cumplimiento de las recomendaciones técnicas. Pero también demanda educación, investigación científica y políticas públicas sostenidas que promuevan el uso responsable de estas herramientas.

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