Un cascabel para el gato

Vivimos sumergidos en la era de la aceleración constante, un tiempo vertiginoso donde la inmediatez parece haber secuestrado nuestra capacidad de asombro y de atención, un momento histórico en el que cada semana nuevos avances de la inteligencia artificial (IA) prometen automatizar nuestras tareas, optimizar nuestros tiempos y, supuestamente, facilitarnos la existencia. Sin embargo, detrás de esa promesa de eficiencia se esconde una paradoja: a medida que multiplicamos de forma exponencial el volumen de conocimiento codificado y almacenado en servidores digitales, el valor de la experiencia práctica, el desarrollo neurológico que requiere tiempo y la equidad social parecen estar en peligro de un desgaste silencioso e invisible.
“Puede que seamos la última generación capaz de definir los términos en que la humanidad y la IA coexistirán. La inteligencia artificial está avanzando a un ritmo vertiginoso. La cuestión es si podemos controlarla juntos o si dejamos que nos controle. Por primera vez, el Diálogo sobre IA reúne a todos los países en torno a una misma mesa. Ahora tenemos que convertir esta participación en una acción global para una IA más segura, justa, accesible y ética”, dijo el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, en la sesión inaugural del evento que se desarrolla estos días en Ginebra con el objetivo de asegurar una gobernanza que refleje las prioridades de todas las naciones, no solo las más avanzadas tecnológicamente, y que los beneficios de esta tecnología lleguen a todas las personas.
Los debates que se desarrollan en este ámbito abordan temas tan diversos como las oportunidades e implicaciones de la IA, cómo salvar las nuevas brechas que genera, su gobernanza, la cooperación internacional y la necesidad de una supervisión humana sólida de los sistemas de inteligencia artificial para garantizar la seguridad de acuerdo al derecho internacional.
Este diálogo global no trata solo de regular la inteligencia artificial, sino que pretende llegar a una visión compartida en la que el progreso tecnológico no se separe de la dignidad humana. Algo bastante complicado de lograr cuando hasta ahora esta tecnología se encuentra casi exclusivamente en manos de gigantes tecnológicos que, al fin y al cabo, son empresas con intereses económicos.
Si bien es cierto que la IA ya está siendo regulada —por reglamentos nacionales, normas técnicas, marcos de contratación y acuerdos bilaterales—, este es un proceso que se está dando de manera desigual, ya que en general los marcos de gobernanza han sido creados fundamentalmente por países con sectores avanzados en IA, mientras que los países más expuestos a las consecuencias de esta tecnología han tenido menor voz en el diseño de dichos marcos.
Por otra parte, la gobernanza que propone la ONU y otros organismos multilaterales apunta a garantizar que las voces de los territorios menos representados tengan un lugar en la mesa donde se discute el futuro digital del planeta.
El titular de las Naciones Unidas ha realizado un llamado para que se establezcan controles de gran alcance mundial que tengan en cuenta el bienestar de las infancias y también el hecho de que la IA se ha ido incorporando a los campos de batalla, y los robots asesinos no son ya un invento de ciencia ficción.
En este marco, la ONU y la Unión Internacional de Telecomunicaciones crearon el pasado 1° de julio una comisión global que pretende conectar el desarrollo de la inteligencia artificial con la toma de decisiones al más alto nivel, reuniendo a líderes políticos, representantes de organismos multilaterales y directivos de grandes empresas tecnológicas.
La idea que subyace en esta convocatoria es que el progreso tecnológico no debe estar reñido con la protección de los derechos digitales. Asimismo, existe preocupación por las grandes interrogantes que plantea la IA respecto al sesgo en los datos, la difusión de desinformación y la ciberseguridad de infraestructuras críticas. Las implicaciones de riesgo que puede tener la IA en la vida cotidiana no son pocas. Una respuesta que aparece en forma repetida es que el despliegue de decisiones automatizadas en áreas sensibles —como la asignación de subsidios, la evaluación de créditos, los procesos de selección, la administración de justicia y el manejo de datos personales y de salud— está generando nuevas brechas que perpetúan y profundizan desigualdades históricas.
Una IA responsable no depende del diseño abstracto de un código informático, sino de personas reales que la entrenan, deciden qué datos incluir, definen perfiles de usuarios estándar o generan sesgos a partir de invisibilizar realidades complejas en cuestiones de género, pertenencia étnico-racial, comunidades rurales o sectores vulnerables. Hasta ahora los algoritmos continúan operando como cajas negras que muchas veces replican sesgos clasistas o machistas bajo una falsa fachada de neutralidad técnica. Es por eso que la gobernanza de la inteligencia artificial debe dejar el plano de las declaraciones abstractas de principios éticos para convertirse, además, en protocolos operativos rigurosos.
No podemos permitir que estas herramientas tecnológicas moldeen la opinión pública, y que la educación y el trabajo queden bajo el control exclusivo de un puñado de corporaciones tecnológicas de alcance global.
En este plano de pensamiento cabe preguntarse si uno de los más grandes desafíos de nuestra época no es descifrar qué tan inteligentes pueden llegar a ser las máquinas, sino asegurar que la tecnología no termine deshumanizando nuestras formas de convivir, educar y trabajar. Y es desde esta mirada donde hackear la IA puede significar la reivindicación de los espacios comunitarios, el valor de la lectura en papel y las bibliotecas físicas, el trabajo colectivo, el encuentro presencial y el derecho a la desconexión, no como un acto anacrónico sino como un ejercicio de resistencia y lucidez.
Frente a la inmediatez del algoritmo que todo clasifica y automatiza en fracción de segundos, la contraofensiva va por el fortalecimiento de los lazos humanos locales, la protección de las infancias frente a los entornos digitales desregulados y la valoración de la experiencia humana como saber que ninguna máquina podrá descargar. La IA no tiene el poder de cambiar lo que pensamos; es el poder que le otorgamos lo que nos lleva a cambiar y hasta perder habilidades que antes teníamos. Habrá que ver quién le pone el cascabel al gato, porque tampoco se trata de anclarnos al pasado, sino de que el progreso tecnológico vaya de la mano de la equidad y la dignidad humana.

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