El libro para colorear, en Netflix

Las historias centradas en las relaciones paternofiliales que llegan del cine norteamericano casi siempre tienen un exceso de búsqueda de la emoción que las hacen parecer más a una telenovela que a una película. Aunque estén protagonizadas por un elenco importante, no siempre es grato ver cómo se esfuerzan por querer conquistar el corazón del público.
Es decir, cuando eso se nota, es porque la película está en problemas. Entonces, ver una como El libro para colorear, que es el debut en la dirección de David Fortune, es un motivo para seguir creyendo en el cine como auténtico arte de emociones reales.
Un hombre que ha perdido recientemente a su esposa en un accidente automovilístico tiene la idea de llevar a su hijo con síndrome de Down a ver su primer partido de béisbol. Como sabemos, ese deporte en Estados Unidos es una pasión como aquí es el fútbol, con el agregado de que además de los propios partidos se hace una verdadera fiesta en los estadios que cualquier aficionado disfruta como nadie. Así que llevar a un hijo a ver ese primer partido es ya una experiencia en sí misma.
Si ese hijo tiene síndrome de Down, el padre es un viudo reciente y para llegar al estadio tienen que hacer cientos de kilómetros, bueno, el asunto se convierte en una historia épica. Cotidiana pero épica. Y el realizador Fortune la presenta de esa forma pero desde el lado más íntimo posible.
La hermosísima fotografía en blanco y negro del alemán Nikolaus Summerer hace que la experiencia de los personajes sea tan cercana al espectador que, en vez de alejarlo de una manera “artística” –como muchas veces se busca hacer con el blanco y negro–, los acerque. Algo de eso hay también en la banda sonora de Dabney Morris, que en ningún momento recarga las tintas para indicar qué debe sentir el público, sino que acompaña las imágenes de una forma tan humilde que parece contagiada de todo el espíritu del filme, y viceversa.
Por supuesto que mucho del notable y conmovedor resultado de lo que es El libro para colorear cae sobre la pareja que hacen William Catlett y Jeremiah Alexander Daniels como padre e hijo. Catlett es un actor relativamente conocido más por sus papeles de duro o en películas de terror (lo próximo que veremos con él es una serie sobre la saga de Martes 13), que aquí entrega una interpretación a la vez controlada y sensible que no podría decirse que abre totalmente la puerta al espectador para desnudar sus sentimientos, sino que apenas abre una rendija por la que, lentamente, vamos conociendo a su personaje hasta que, al final, parece que hemos compartido toda la vida con él.
Obviamente lo de Daniels hay que verlo de otra manera, ya que realmente tiene síndrome de Down, por lo que se supondría que su futura carrera estaría atada a un solo personaje, aunque eso mismo se ha dicho de otros actores con otras características. Dejando eso de lado, su trabajo es tan excelente como el de su compañero de reparto.
Cuando ya en el final el libro del título tiene un peso particular en todo lo que hemos visto, entendemos el por qué de esos colores que en la película nunca se ven, solo se pueden imaginar en un plano existencial y, sobre todo, emocional que películas como esta saben reflejar tan bien.
Mientras muchas películas producidas por Netflix en otros géneros, como la acción o la ciencia ficción adolecen de varios defectos que las hacen algo así como parientes menores de lo que son esos géneros en otras productoras, es aquí, en esos pequeños grandes dramas donde la plataforma de la N roja se vuelve tan o más fuerte que cualquiera de sus competidoras.
Fabio Penas Díaz

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