Prueba de fuego

La visita apostólica del Papa León XIV a Paysandú en noviembre próximo marca un hito para el departamento y el litoral del país. Se trata de un acontecimiento de profunda trascendencia espiritual para la comunidad católica, y también de un evento de protocolo que representa el mayor desafío logístico, de seguridad, urbano y de servicios que haya enfrentado la capital sanducera en su historia contemporánea.

A casi dos meses de la llegada del pontífice, esta ciudad de tan solo cien mil habitantes se prepara para transformarse en el epicentro mediático y político de la región. El intendente Nicolás Olivera lo sintetizó con lucidez en la conferencia de prensa en la que se anunció la visita, al señalar que “los ojos del mundo van a estar puestos en Uruguay y en Paysandú” y que la elección de la capital sanducera como uno de los destinos de la visita papal es una oportunidad histórica para la cual los sanduceros tendremos que “estar a la altura”.

La oportunidad es innegable, pero para entender lo que se avecina no es necesario adivinar. Alcanza con mirar la historia reciente de ciudades intermedias de América Latina, como Temuco e Iquique en Chile (2018), Villavicencio en Colombia (2017) o Trujillo y Puerto Maldonado en Perú (2018), donde la experiencia de una visita de un pontífice dejó como lección indiscutible que la llegada de un papa provoca un shock de saturación instantáneo en la infraestructura urbana.
Para una experiencia más cercana a nuestra propia historia e idiosincrasia, hay que mirar al año 1988, cuando la segunda visita de Juan Pablo II llevó por primera vez la figura papal al Interior de Uruguay, llegando a Melo, Florida y la vecina ciudad de Salto. Se trató de una experiencia titánica para una época en que estas ciudades tenían hotelería apenas incipiente y telecomunicaciones analógicas.

En 1988 no existía la telefonía celular, la reserva en línea, ni la transmisión digital instantánea. Las ciudades tenían un parque hotelero sensiblemente menor al actual, pero se habilitaron campings improvisados en parques municipales o clubes deportivos con colaboración de la Fuerza Aérea y el Ejército. El parque automotor uruguayo era mucho menor y la masa de peregrinos se desplazaba fundamentalmente en tren o en ómnibus contratados. Fue un esfuerzo de organización titánico para la época, y Salto, Melo y Florida demostraron que el Interior uruguayo podía responder con calidez humana ante la escasez de recursos.
Sin embargo, los desafíos que hoy enfrenta Paysandú son superiores en escala y complejidad. En aquella época, la masa de visitantes aceptaba acampar en un parque o hacer filas de horas sin información previa. Hoy, los peregrinos exigirán conectividad 5G, reserva digital garantizada, oferta gastronómica diversificada y buenos servicios sanitarios. El riesgo reputacional es mayor: en 1988 una mala experiencia quedaba en el boca a boca; hoy la falta de provisiones de agua, un precio abusivo o el colapso de una terminal se viralizan globalmente en segundos por las redes sociales.

Por otra parte, también hay que considerar que los protocolos de la Gendarmería Vaticana y la inteligencia estatal son infinitamente más estrictos hoy que en la anterior visita papal a Uruguay. Contamos a favor con una buena red vial en las rutas 3 y 24, una zona termal desarrollada con capacidad de alojamiento, y herramientas de gestión digital que eran ciencia ficción en 1988.
A un par de meses de la fecha marcada para la visita, la realidad operativa local ya exhibe las primeras tensiones: las cerca de dos mil plazas hoteleras formales de Paysandú (sumando las de la capital y las termas de Guaviyú) ya se encuentran colmadas por reservas de comitivas oficiales, equipos de seguridad internacional, medios de prensa acreditados y peregrinos visitantes. Esta saturación prematura ya está generando un efecto rebote hacia ciudades vecinas, como Salto, Young y Colón.
La combinación de la extrema cercanía de Colón (Entre Ríos) y el uso del puente internacional General Artigas genera un cuello de botella geopolítico y fronterizo importante, dado que se estima que la afluencia de miles de argentinos superará con creces las presiones fronterizas de 1988. Se prevé un flujo masivo de peregrinos cruzando la frontera en forma simultánea, por lo que el Ministerio del Interior, la Dirección Nacional de Migraciones y sus contrapartes argentinas deberán implementar un operativo de seguridad y, a la vez, agilizar carriles extraordinarios para no dejar a miles de personas varadas en la zona del puente durante horas ni paralizar el tránsito comercial del Mercosur.

En la ciudad ya hay otros preparativos en marcha. Es destacable que la Terminal de Ómnibus ya haya iniciado los operativos de organización. Sin embargo, el desafío de la movilidad urbana va mucho más allá de la plataforma de la terminal. Los restaurantes locales son acotados para la escala de público proyectada, y sin una estrategia clara que combine la habilitación responsable de ferias gastronómicas temporales con un estricto control bromatológico, la escasez de insumos y el aumento de precios podrían ser inevitables.

Mencionar estas posibles dificultades no implica ignorar los extraordinarios dividendos que puede dejar este evento para el departamento. El impacto positivo más evidente es su proyección internacional: la presencia de cadenas de noticias globales colocará el nombre de Paysandú en la agenda del mundo, logrando una visibilidad mediática que la promoción turística tradicional jamás podría financiar.
En el plano económico, habrá una inyección directa de capital a través del comercio minorista, el transporte local, los servicios de logística y la red de alojamiento informal que inevitablemente surgirá en casas particulares. Por supuesto que no se pueden esperar milagros en un solo día.

La visita también será catalizadora de inversión pública, ya que es el momento para que el gobierno nacional y departamental aceleren las reparaciones viales, el alumbrado público, el embellecimiento del espacio urbano, entre otros.
Será importante que el gasto de logística, montajes y seguridad no sea asumido en forma desproporcionada por las arcas del gobierno departamental, detrayendo recursos de obras barriales, por ejemplo. La visita papal no puede ser tratada como un espectáculo pasajero ni como un cheque en blanco a la gestión pública. En este sentido, es de esperar que, mientras para algunos sectores el evento representa una vitrina para dinamizar la economía local, para diversos vecinos y agrupaciones locales el foco estará en evaluar el equilibrio entre la inversión requerida de fondos públicos y el impacto real que esta dejará en la infraestructura permanente del departamento.

Quienes residimos en Paysandú también debemos estar atentos a un trastorno severo de la rutina diaria, ya que es de esperar que los estrictos protocolos de seguridad vaticana e internacional impongan anillos de exclusión vehicular en zonas extensas de la ciudad.
La visita papal representa una prueba de alta ingeniería urbana y logística internacional que requiere una rigurosa planificación entre la Intendencia, el gobierno central y otras ciudades de la región, así como una comunicación clara hacia los vecinos sanduceros.
Es una oportunidad para demostrar que Paysandú está en condiciones de organizar grandes eventos a escala global manteniendo la calidad de servicios, la calidez de recepción y el respeto por la convivencia institucional. El reloj ya está corriendo.

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