El conocimiento aplicado, desafío para el despegue económico

Históricamente nuestro país ha padecido la ausencia de políticas de Estado, es decir de cursos de acción permanentes o semipermanentes, pasibles de correcciones de acuerdo a las circunstancias o coyunturas, pero que permitan definir un rumbo por encima de la rotación de partidos en el poder, de forma de generar esquemas estructurales que nos den solidez frente a los avatares y nos hagan más eficientes desde el punto de vista productivo y el tramado socioeconómico.
Notoriamente hay componentes de la ecuación que han cambiado con los tiempos y por ejemplo en esta era sería impensable aplicar un esquema proteccionista y de sustitución de importaciones como rigiera durante décadas, sobre todo para un país del tamaño y las condiciones de Uruguay.
El punto es que se ha optado por imponer medidas cortoplacistas e improvisaciones, salvo determinadas áreas específicas –muy pocas– en las que felizmente se ha seguido trabajando en la misma línea por encima del gobierno de turno, como es el caso de la reconversión energética, desarrollo del sector forestal y muy pocas cosas más que podrán definirse como un atisbo de políticas de Estado.
La constante, en cambio, ha sido que cada gobierno ha venido con su libreto debajo del brazo y tratado de dar su impronta, desestimando por regla general lo que intentara o haya comenzado a hacer el gobierno anterior, que a su vez actuó de la misma forma respecto al que lo antecedió y así sucesivamente.
Sin embargo, la evolución en la tecnología ha traído entre otras consecuencias el abrir campos muy promisorios para países como el Uruguay, cuyo peso muy relativo desde el punto de vista económico podría contrapesarse con el desarrollo en sectores específicos de la economía del conocimiento.
Un pincelazo sobre las perspectivas en esta problemática las aporta el Cr. Ricardo Pascale, economista, experto en finanzas, docente académico y expresidente del Banco Central del Uruguay durante el primer gobierno de Julio María Sanguinetti.
En entrevista con Montevideo Portal, Pascale expresa que no puede entender cómo Uruguay desde hace 70 años no tenga claro cuál es su rumbo económico, hacia dónde quiere ir, en tanto desde su punto de vista no hay dudas de que nuestro país debería ingresar en la economía del conocimiento, esto es, la aplicación económica del saber.
Argumenta que “tendríamos que tener muchas más start ups”, aludiendo a empresas emergentes con una fuerte relación laboral con la tecnología. “Israel es un buen ejemplo: tiene miles y miles de start ups. Sin llegar a esa vara tan alta, el proyecto en el que insistió Carlos Batthyany en el Institut Pasteur y ahora se concretó (Lab+ Venture Builder) es una buena medida. Si hubiera cientos como esos, los científicos se alinearían, la gente trabajaría mejor, ganaría mejor, tendríamos un futuro, otras posibilidades, y ahí sería más común innovar. Pero la innovación se debe empezar a enseñar con la creatividad. La innovación es hija del conocimiento y la creatividad. Si eso se enseña desde chicos y se tiene el apoyo del Estado, se ingresa a la economía del conocimiento”, señala.
Argumenta que “la tiranía del corto plazo nos va consumiendo. Las democracias, para poder seguirse desarrollando, tienen que tener una muy buena relación con el futuro, y saber bien para donde van. Mirar con respeto el pasado, tomar ese legado, mirar las prioridades del presente, y saber el rumbo futuro a la luz de ese contexto. Yo creo que en Uruguay el futuro no está en el debate”.
Y tiene razón. La visión cortoplacista que ha sido dominante históricamente conspira contra reglas de juego claras para alentar las inversiones, salvo excepciones como el acuerdo político para la Ley de Inversión Forestal, concebida con visión de décadas y que ha permitido grandes inversiones en el sector, pese a virtudes y falencias y el innegable déficit en la incorporación de valor agregado con actividades para explotar la materia prima.
Pascale trajo a colación que “cuando asumí estaba todo mal: la inflación andaba cerca del 100%, el salario real había caído 30 y pico por ciento, el PBI había bajado notoriamente, la deuda externa estaba altísima, se hizo una negociación muy corta esperando la democracia. Había un gran endeudamiento interno. Al haber habido una gran devaluación en noviembre del 82, cuando se rompió ‘la tablita’ (el dólar pasa de 14 a 30 y tantos pesos), nos encontramos con que las empresas estaban muy mal, en un quiebre generalizado. Era como una epidemia interna”.
Subrayó que “la estrategia económica fue mirar al exterior: la única salida que teníamos –con el estrangulamiento interno que teníamos– era tener más exportaciones. Allí inauguramos una política monetaria y cambiaria lo más adecuada para que el sector externo nos empezara a dar un respiro”.
Pero, como bien señala Uruguay, desde hace 70 años viene mostrando un crecimiento per cápita “muy bajo, muy bajo. Aproximadamente crecemos 1,1% PBI per cápita, en 70 años. Ese lento crecimiento llevó a una divergencia que nos fue separando de países que crecían mucho más. Hace 60 o 70 años nosotros teníamos mayor PBI per cápita que esos países. Hablo del PBI per cápita como una medida imperfecta del bienestar económico. Fuimos alejándonos”.
Destaca que si bien desde siempre se ha señalado desde la cátedra que un país podía crecer por el capital, por el trabajo, o por los recursos naturales, la experiencia indica que de lo que se trata es de la productividad total de los factores. “Sería todo aquello que hace crecer el PBI y no es explicado ni por el crecimiento del trabajo, ni por el capital ni por los recursos naturales”, sino que pasa “por la eficiencia con la que se utilizan otros recursos, el conocimiento aplicado que hay”.
A juicio de Pascale “es la innovación aplicada que hay. Entonces: la explicación por la cual nosotros (Uruguay) nos fuimos quedando es que ese residuo, productividad total de los factores, es muy pequeña o negativa en muchos períodos”.
“No hemos entrado en la economía del conocimiento, es la que hace crecer a aquella parte del PBI que no se debe ni al capital, ni al trabajo ni a los recursos humanos. Hoy día no hay ningún país que haya crecido sin haber ingresado en la economía del conocimiento”, reflexiona.
En realidad, algo se ha avanzado en esta dirección, pero no se ha dado sinergia suficiente, porque por un lado hay reservas para obtener la financiación y asumir la toma de riesgos. También hay un déficit en la formación de jóvenes para impulsarlos con mejores herramientas en la economía del conocimiento, y ello parte de la necesidad de promover la mejor capacitación en el ámbito educativo, con un aggiornamiento de los institutos técnicos.
Es decir que se debe apuntar a capacitar en el conocimiento aplicado, que repercute en la innovación, la que impacta en la productividad y en abatir costos hacia el exterior, con productos terminados para obtener mejores ingresos de divisas y mejorar la calidad de vida de la población, entre un sinnúmero de beneficios.

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