Con el maestro Juan Faccio; el amor intacto por la educación especial y su comunidad educativa


El maestro Juan sonríe siempre. Es que, a pesar de las vicisitudes de la vida, Juan Bautista Faccio Acosta, siguió su vocación de maestro y hoy es reconocido por alumnos y compañeros, con quienes compartió jornadas de clase y vivencias que recuerda con cariño. Nació en Nuevo Berlín el 29 de diciembre de 1941 y es el mayor de tres varones. Pero enseguida aclara: “soy nacido en Río Negro pero me siento sanducero por adopción. Mi padre era un excombatiente de 1904, había nacido en 1879 y era sargento distinguido del ejército de Aparicio Saravia, veterano de Masoller. Casado en segundas nupcias con Elsa Acosta, mi madre, que quedó viuda joven y tuvo que enfrentar sola la vida. Una mujer excepcional que falleció hace dos años con 102 años de edad”.
Faccio, una vez finalizado el liceo, hizo cursos de contabilidad y dactilografía hasta que uno de sus hermanos finalizó la Secundaria. Resolvieron venir a Paysandú a estudiar Magisterio en el Instituto Ercilia Guidali de Pisano.
“Mi primer año de trabajo como maestro fue en el paraje Cañada de las Llovedoras, de Young hacia adelante. Fue el único año que trabajé en una escuela rural, porque me presenté a concurso para saber cómo era. Era mi primer concurso y saqué puntaje de efectividad. Al año siguiente elegí la escuela Nº52 de Young. Estuve dos años allí. Tuve alumnos que hoy son profesionales y me recuerdan con cariño. Gracias a Dios”, dice a Pasividades.
Después de dos años, retornó a Nuevo Berlín. “Estuve un año en la escuela Nº8 y en ese tiempo conocí a mi primera esposa, la madre de mis hijos, Ana María Rezzano. Nos presentamos a las becas nacionales en Montevideo, ella por preescolar y yo por educación especial. Ambos salvamos y nos fuimos a estudiar. Después nos casamos y tuvimos a Carolina y Mauricio”.
Con sucesivos traslados nacionales y departamentales llegó a la escuela 88 de educación especial, en Paysandú. “Estuve desde 1973 hasta que me retiré, 23 años después. Casi toda mi carrera la hice en educación especial, con excelentes compañeros. En mi formación tuve a referentes de la educación como Elsa Morales de Benítez o Idalia Nardini, que es una referente a nivel nacional. Y en enseñanza especial, a una maestra como Estela Gago, muy respetada en la materia”.

Experiencias

Juan explica que “siempre fui gremialista y me gustó defender al docente. Fui delegado a los congresos y por esa actividad estuve bastante postergado durante el ‘período oscuro’ del Uruguay. No fui destituido, pero no sé por qué. Tuve suerte”.
Durante ese período, “no pude hacer concursos y recién en 1987, se encontraron todos los postergados en Montevideo para hacer el curso de directores y ahí fuimos con Ana María. Ella enfermó a mediados de 1988 y falleció a comienzos de 1989 de una enfermedad terminal, antes de cumplir 47 años. Mis hijos estaban estudiando y hubo que apechugar. Con mi ayuda y la autogestión de ellos mismos, fueron a estudiar a Montevideo. Hoy, Carolina es nurse y Mauricio es ingeniero electrónico”. Recuerda que era efectivo en Primaria desde aquel primer concurso. Sin embargo, “cuando fui a averiguar, me dijeron que la efectividad se la habían dado a otro docente. Ese fue un lugar que me gané por derecho y me sacaron sin avisarme. Eran cosas que ocurrían en aquellas épocas”.
Cuando llamaron a concursos para proveer cargos en enseñanza especial, “no nos respetaron a quienes hicimos dos años de muy buena especialización y llamaron a un concurso abierto. Es decir, se presentaron personas que no hicieron cursos. Nosotros, en protesta, dimos un concurso totalmente de oposición. Es decir, no presentamos carpetas. A pesar de todo, nos fue bien, pero las injusticias nos dan bronca”.
Pero siguió trabajando y consiguió la efectividad en la escuela 88. “Siempre fui defensor de los concursos y en toda mi carrera puedo decir que nadie me colocó a dedo. En todos los lugares estuve por la capacidad que demostré al dar la prueba”.
Por eso, un nuevo concurso lo llevó a presentarse en Colonia y fue el primero efectuado para directores. “Fuimos junto a mi compañero Leopoldo Tarrech y ambos logramos el puntaje de efectividad. Justo había fallecido Ana María y mis hijos estaban prontos para ir a estudiar. En los concursos daban tres años para elegir, pero ese año era uno solo. Yo no elegí y tendría que haber elegido la escuela de Guichón. Eso me costó que, cuando salió el concurso de inspectores, yo no era director efectivo. Leopoldo, con quien somos muy amigos, había elegido Young y pudo presentarse”. En julio 1991, “fuimos a los Juegos Paralímpicos en Minnesota, Estados Unidos. Paysandú se ganó el derecho de ir a jugar al fútbol donde salimos vicecampeones mundiales, porque nos ganó Kenia. Compañías multinacionales estadounidenses solventaban los gastos de más de 7.000 atletas de todo el mundo. Fue una semana inolvidable”, asegura.

El retiro

Finalmente, dio otro concurso en la capital del país que define como “el mejor concurso de mi vida”. Allí bajó “toda la experiencia de 30 años de docente, porque siempre vamos desprovisto de todo desde el Interior a la capital. Vamos solos y –como digo yo– con el diario bajo el brazo. En ese concurso salí quinto a nivel nacional y me sentí muy orgulloso”.
Por ese concurso resultó como director efectivo. “Pero los concursos para inspectores se fueron postergando y Leopoldo siempre me decía que esperara la oportunidad, porque era el director efectivo más veterano del litoral. Tenía muchos años en la educación especial y como tenemos dos por uno, fui al BPS. El funcionario me dijo ‘Juan, si querés te vas cuando quieras’. Estaba todavía vigente el Acto 9 y yo llegaba a 40 años de trabajo bonificado. Con la misma bonificación llegaba a 65 de edad”.
En ese momento “pensé para qué iba a esperar a llegar a inspector y me fui el 31 de agosto de 1995. Me jubilaron en junio de 1996, luego del prejubilatorio. De eso hace ya 25 años”.

Vicisitudes

Después de jubilado sufrió un accidente de tránsito en 1997, donde padeció desplazamiento del fémur. “Mi pierna era un desastre y me hicieron una prótesis, pero quedé con una discapacidad. En ese tiempo me llamaron como maestro de apoyo para un convenio con el Iname (hoy INAU) y me movilizaba con muletas. Me atendía con el traumatólogo quien me recomendó que era imposible continuar con esa actividad”.
Posteriormente, una junta médica nacional fue implacable y, luego de la colocación de una prótesis, fue llamado desde el BPS. “Como era un convenio entre el Iname y una sociedad civil, me jubilé por industria y comercio, por discapacidad. Pero mi pierna nunca quedó bien”.
Con el paso de los años conoció a María Celia Garmendía, con quien se casó en 2001. “Tuve la enorme suerte de tener dos mujeres excepcionales en mi vida. Excepcionales como seres humanos”, asegura.
Con su última experiencia como maestro, “cerré la carpeta del docente y ahora nos dedicamos a los nietos. Son cuatro de sangre, pero de corazón son muchos más. Somos el tata Juan y la mama Mary para todo el mundo. Vivimos para ellos y nos llevamos muy bien”. En 2013 “pasé por una circunstancia complicada de salud con un cáncer ubicado en el pasaje del esófago al estómago. Me sacaron totalmente el estómago y unieron el esófago al intestino. Hace 9 años de esa operación a cargo de una equipo sensacional comandado por los doctores Oddone, Hornos y Rocha. Sobreviví, y soy un afortunado. Muchas personas me preguntan cómo hago, pero la naturaleza es sabia”.
Muchos años en la zona del puerto junto a su experiencia como docente en educación especial, le permitieron ver las vulnerabilidades sociales y económicas desde cerca. Por eso, enfatiza que “los recursos para la educación siempre fueron escasos y siempre trataron de retacear. A partir del Impuesto de Primaria mejoraron los comedores y nosotros teníamos una partida para las escuelas especiales, por el horario de 9 a 15, donde obligatoriamente los chiquilines tenían que comer en la escuela. Los recursos llegaban en tiempo y forma una vez que se regularizó el impuesto. Pero había que ser medio contador para rendir recursos todos los meses, con pesos y centésimos, por un comedor que atendía a unos 200 alumnos”.
Opina que “a pesar de que las pruebas PISA no nos dan muy bien, sabemos que estamos mucho mejor que otros países, donde los niños no pueden acceder a la educación. La descentralización educativa fue una gran conquista que le permite a personas de medianos y escasos recursos acceder a una mejor preparación”.
Porque su vocación fue siempre la docencia y al maestro Juan se le nota. En la sonrisa que no se borra y en la emoción que despierta su relato.