Recientes declaraciones del decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, Juan Cristina, confirman la existencia de una realidad que desde hace años se viene constatando en prácticamente todos los ámbitos de la enseñanza y que repercute sobre todo en la llegada de los estudiantes al nivel terciario, donde ya no es posible, como en los ciclos anteriores, seguir pateando la pelota hacia adelante, porque llega la hora de la verdad en la formación profesional: una parte muy significativa de los jóvenes ingresa a la universidad sin la formación básica necesaria para afrontar con éxito una carrera de nivel superior.
No se trata de una opinión aislada ni de una crítica dirigida exclusivamente a la enseñanza media, porque este ciclo es a su vez receptor del déficit que proviene desde la niñez. El propio Cristina aclara, en entrevista concedida a Montevideo Portal, que se trata de un fenómeno “multifactorial y muy complejo”, en el que intervienen cambios culturales, tecnológicos y sociales.
Destaca en este sentido que “evidentemente, la formación que traen de la enseñanza media —pruebas que hacemos nosotros nos lo indican— no es una formación básica para una carrera. Esto no es para echarle la culpa a la ANEP ni a nadie, es una cuestión multifactorial y muy compleja, pero es la realidad”.
Advierte que “yo creo que hay un cambio civilizatorio entre mi generación y la de ellos. Nosotros éramos una generación que teníamos otros referentes que hoy no existen. Había referentes familiares, sociales, políticos, religiosos, y hoy esas estructuras no juegan el papel que jugaban antes. Hoy las redes sociales juegan un rol en cómo la gente se relaciona y también en cómo aprende y estudia. No digo que las tecnologías sean malas, sino que el problema es el uso que se les da. Se le presenta a los jóvenes una sociedad ideal donde no van a haber dificultades. No vamos al médico y le preguntamos a la inteligencia artificial como si eso fuera lo mismo que estudiar 14 años. No creo que ninguna generación desde Artigas hasta acá se la haya llevado de arriba. Son distintos, pero no quiere decir que vaya a haber problemas. Incluso desde el punto de vista neurobiológico, todas las pantallas nos afectan, incluso el aprendizaje”.
Es inevitable ensayar un diagnóstico, por más que seguramente falten elementos a tener en cuenta. Si desde las propias facultades se realizan evaluaciones que muestran carencias importantes en comprensión, razonamiento, escritura y conocimientos fundamentales, es evidente que el sistema educativo enfrenta un problema estructural que se viene agravando desde hace décadas, acompañando los cambios en la sociedad, sobre todo en cuanto a valores.
Lo más preocupante es que esta realidad no parece limitarse a una disciplina en particular. Desde hace tiempo, docentes de distintas carreras universitarias y terciarias advierten que deben dedicar los primeros años a suplir déficits que deberían haber sido resueltos durante la educación media. Ese tiempo perdido termina afectando la calidad de la formación profesional, incrementa la deserción y posterga el verdadero aprendizaje especializado.
Naturalmente, la respuesta a una realidad que depende de factores múltiples no consiste en buscar culpables. Como sostiene el propio decano, sería simplista atribuir toda la responsabilidad a la ANEP o a los docentes. Los cambios en los hábitos de estudio, la influencia de las redes sociales, la disminución de la lectura, la reducción del vocabulario y las nuevas formas de acceder a la información son factores que también inciden sobre las capacidades de los jóvenes. Pero reconocer la complejidad del problema no puede transformarse en una excusa para evitar las reformas necesarias.
En ese sentido, también corresponde revisar críticamente la propia educación terciaria. Durante décadas se han ido acumulando planes de estudio con una cantidad creciente de asignaturas —también en otras áreas de la enseñanza, como el nivel secundario—, muchas de ellas de carácter tangencial respecto de la actividad profesional que finalmente desarrollarán los egresados. Es razonable promover una formación integral, pero cuando esa aspiración deriva en currículas excesivamente extensas, con materias que poco aportan a las competencias específicas, el resultado suele ser una mayor duración de las carreras, mayores índices de abandono y profesionales que ingresan tardíamente al mercado laboral.
La universidad debe contribuir a formar ciudadanos íntegros y con una perspectiva que trascienda su área de estudio específica, pero sobre todo profesionales competentes. Ambas metas son compatibles siempre que exista un adecuado equilibrio entre la formación general y las competencias propias de cada profesión.
El desafío impostergable pasa por revisar con seriedad qué conocimientos son verdaderamente esenciales para cada carrera y cuáles responden más a tradiciones académicas que a las necesidades actuales de la sociedad. Al mismo tiempo, resulta indispensable fortalecer las competencias básicas desde la educación media: comprensión lectora, escritura, razonamiento lógico, capacidad de análisis y hábitos de estudio. Sin esos cimientos, cualquier formación superior se vuelve mucho más difícil.
Y en un país con rezago en empleo y en dotación de valor agregado, la educación no puede perder de vista uno de sus principales objetivos: preparar a las personas para su inserción en el mundo del trabajo. Ello no implica reducir la enseñanza a una lógica meramente utilitaria, sino reconocer que el desarrollo personal y el crecimiento del país dependen, en buena medida, de contar con egresados capaces de incorporarse rápidamente a actividades productivas, científicas, tecnológicas y profesionales.Las palabras del decano Juan Cristina constituyen una nueva oportunidad para abrir un debate impostergable. La educación uruguaya necesita menos discusiones ideológicas y más decisiones orientadas a garantizar que los jóvenes lleguen preparados a la universidad y que la universidad, a su vez, los prepare eficazmente para los desafíos del siglo XXI y para un mercado laboral cada vez más exigente.
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