Roger Waters y su despedida no pasaron desapercibidos

Roger Waters, viejo líder de la mítica Pink Floyd, estuvo lejos de pasar desapercibido por Montevideo, el viernes en el Estadio Centenario. Y no solo por la polémica que despierta con cada una de sus declaraciones que, por cierto, no lo hacen pasar nada bien. Las últimas, en las que puso en duda el ataque de Hamás a Israel, le han hecho pasar por más de un dolor de cabeza.
Pero el hombre piensa como piensa y es de respeto. Se puede estar de acuerdo o no, pero lo que no está discusión es lo que ofrece arriba del escenario. Que es, ni más ni menos, lo que lo lleva a copar estadios.
Eso sí: el británico está lejos de dejar de lado su postura política, sea arriba o debajo de las tablas. Que es conocida, compartida y no tanto, y también odiada. Pero ahí, en esas tablas interminables, la deja chiquitita. “No entiendo por qué todas las canciones tienen a la política en el medio”, dijo una veinteañera en la Tribuna Olímpica mientras las enormes pantallas gigantes mostraban explosiones, historias trágicas, muerte; o se catalogaba de asesinos a diferentes presidentes estadounidenses como Ronald Reagan, los Bush, Obama y al ruso Vladimir Putin; o helaba la sangre de los presentes con el video que se filtró hace algunos años de soldados estadounidenses acribillando en medio oriente a gente supuestamente armada, aunque en realidad eran un par de periodistas y civiles.

Pero el tipo es sincero. Dice lo que piensa. No se guarda nada. Pero también avisa: antes de comenzar el show, la pantalla gigante lo dice claro, y lo repite una voz en off: “Si usted está acá porque le gustan las canciones de Pink Floyd pero no le gusta la política de Roger, puede irse a la mierda o al bar más cercano”. Sin vueltas. Por eso nadie puede sentirse traicionado. Y menos cuando el show visual comenzó y los primeros acordes de “Comfortably numb” invadieron el Estadio Centenario, con Waters todo vestido de blanco, sentado en una silla en medio del escenario. Así se puso en marcha la gira de despedida del británico de 80 años, que luce mejor que nunca.

Todo explotó, literalmente, cuando sonó “Another brick in the wall”. Un clásico entre los clásicos de Pink Floyd que hizo saltar y cantar a las 25 mil personas que llegaron al escenario. Los fuegos artificiales de color rojo (color que inundó el show junto con el blanco y negro, y luego el verde) le dieron a la noche la espectacularidad extra a la que de por sí genera tener a tremenda figura arriba del escenario. Y a una banda que suena a la perfección.

La lluvia jugó su papel, pero no pudo impedir que la fiesta siguiera. El espectáculo fue acompañado desde el principio por relámpagos que parecían ser parte de lo planificado para sorprender al público, pero fue la lluvia –intensa por cierto– la que llevó a que se suspendiera la presentación durante unos 15 minutos.
Lo insólito fue que cuando cedió el agua, el cielo se abrió y la Luna asomó arriba del escenario, donde Waters y los suyos siguieron arrasando cual topadora. Las canciones siguieron, acompañadas por las historias en las pantallas. No faltaron “¿Is this the life we really want?”, tampoco “Us and them” o “The Bar”. Y menos todavía el “fuck you” y el dedo arriba destinado al presidente del Comité Central Israelita del Uruguay, Roby Schindler, quien con su carta a uno de los grandes hoteles de la capital, alertando sobre las ideas y postura política de Waters, llevó a que varios hoteles le negaran alojamiento al artista. Lo mismo sucede en Buenos Aires, al punto que el hombre estableció su base de operaciones en Brasil, desde donde se traslada a diferentes puntos de América.

Pero esa es otra historia. Tras más de una hora y media de espectáculo llegó a un alto el fuego. Fue un receso corto, tras el que Roger Waters apareció en silla de ruedas y camisa de fuerza. Siguieron más éxitos y canciones introspectivas que llamaron a plantarse contra el capitalismo, la guerra, el fascismo, y a alzar las banderas a favor de las minorías y los derechos en general; y lógicamente los de los palestinos. Siempre con Waters enseñando arriba su puño cerrado en señal de resistencia, otra palabra repetida en las pantallas.

“Wish you were here”, “Money”, “Shine on you crazy diamond” y muchos más inundaron la segunda parte del show. Que terminó con una actuación íntima, acústica, con Waters en el piano, por el que también se paseó al igual que con la guitarra y su instrumento natural, el bajo.
Fue rodeado por sus músicos, luego de brindar con una bebida fuerte. Así fue la despedida, luego de que Dave Kilminste hiciera de goma la guitarra a lo largo de las prácticamente tres horas de presentación, y que Seamus Blake la rompiera con el saxo. Jon Carin, Gus Seyffert, Robert Walter, Joey Waronker y las enormes voces de Shanay Johnson y Amanda Belair completaron a la perfección una banda firme, sin fisuras, a la que Waters hace sentir protagonista.

No faltó nada. Ni los clásicos esperados, ni las luces hipnotizadoras, ni el sonido espectacular, y tampoco la postura política del británico, que cuenta con toda la parafernalia necesaria para apoyarse e intentar explicar y convencer en todo momento.La gira “This is not a drill” (Esto no es un simulacro), la que supuestamente servirá como despedida de Roger Waters de los escenarios, pasó por Montevideo. Y no pasó precisamente desapercibida. En todo sentido.
Es que con Rogelio hay tres caminos a tomar. Se lo toma, se lo deja o se cierran inevitablemente los ojos para dejarse llevar con esos clásicos que durarán por siempre.