Uno de los rasgos más característicos de los ingleses es su inclinación por hablar en todo momento y ocasión sobre el clima de Inglaterra, uno de los más inhóspitos y cambiantes de Europa Occidental. En Uruguay, a juzgar por lo inusuales variantes de las condiciones meteorológicas en los últimos tiempos, parece que estamos asimilando la misma costumbre y ya no pasa un día en el que no comentemos con nuestros amigos, familiares o compañeros de estudio o de trabajo las constantes variaciones climáticas en lo que alguna vez fue un país con cuatro estaciones del año bien definidas.
Ante esta situación, los pronósticos emitidos por el Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet) han adquirido una especial relevancia y atención, lo que se ve facilitado por la posibilidad de acceder a los mismos a través de un celular.
En los últimos días nuestro país y la región han sido duramente castigados por fuertes tormentas y vientos con ráfagas que alcanzaron altas velocidades. En Argentina, por ejemplo, varias provincias han sido seriamente afectadas por estos graves fenómenos que han causado serios daños materiales y pérdidas humanas en todo su territorio. De acuerdo con lo informado por el portal de noticias CNN, “Una tormenta que azotó la ciudad de Bahía Blanca en la provincia de Buenos Aires, con vientos mayores a 150 kilómetros por hora, ha dejado al menos 13 muertos, según autoridades locales. Las agencias estatales de noticias dicen que varias personas resultaron con heridas, algunas de gravedad”. En el otro lado del planeta, más concretamente en el nordeste de Australia, el clima ha causado inundaciones que causaron corte de rutas y líneas ferroviarias, aislamiento de poblaciones y operaciones de evacuación de muchas de ellas. Fenómenos similares se vienen registrando en diversos lugares desde hace un buen tiempo y ello nos hace concluir que las condiciones meteorológicas han sufrido un cambio constante y que no se trata de algo pasajero sino de “nuevas reglas de juego” que los seres humanos debemos tener en cuenta para la organización de nuestro trabajo, nuestra vida social y nuestra existencia en general.
En este contexto, las advertencias meteorológicas no pueden ganarle al sentido común, el cual siempre, y por sobre todas las cosas debe primar a la hora de prevenir riesgos y desgracias que pueden o pudieron ser evitadas. Nuestras abuelas y abuelos no tenían celulares ni vivían pendientes de las redes sociales, pero su sentido común les indicaba que si había tormenta eléctrica cualquier persona debía alejarse de los alambrados, los postes de luz o las playas. No precisaban un Inumet que les “advirtiera” el peligro.
La trágica muerte de un niño de 8 años en un campamento ubicado en el departamento de Colonia trae no sólo dolor e incredulidad para toda la población, sino que además debe servirnos para evitar nuevos hechos de este tipo. En este caso, las advertencias del Inumet habían sido dadas oportunamente y por ello se requiere de la responsabilidad de todos para poder cuidarnos cada uno a sí mismo y a todos en comunidad, tomando consciencia de que la Naturaleza tiene sus ritmos y conductas que no son previsibles por más tecnología que posean las empresas o instituciones públicas dedicadas a temas meteorológicos.
Todos recordamos episodios en los cuales las alertas emitidas por Inumet o por la brasilera Metsul, por nombrar tan sólo dos, no dieron paso a ningún fenómeno meteorológico adverso o al menos no con la gravedad anunciada, aún cuando las imágenes de radares publicadas mostraban que una “tormenta monstruosa” estaba justo arriba nuestro. Al fin y al cabo, la meteorología se basa en predicciones de probabilidad, un porcentaje que varía de un mínimo a un máximo de gravedad y en ese rango es donde debe primar la responsabilidad de cada uno de nosotros. Tal vez deberíamos ir más profundo y pensar en las costumbres y preferencias que tenemos los habitantes de este país que pensamos primero en lo inmediato (tener la sombra reparadora de un árbol cerca de una cabaña) que en lo importante (evitar o minimizar factores de riesgo en caso de condiciones climáticas extremas, las cuales cada día son más comunes).
En una entrevista publicada el lunes pasado en La Diaria, el director del Sistema Nacional de Emergencias (Sinae), Santiago Caramés, advirtió sobre la baja percepción de riesgo ante alertas meteorológicas expresando que hay que “tomar más en serio los avisos”, ya que “una baja percepción de riesgo implica mayor vulnerabilidad” frente a los peligros de las tormentas fuertes, como las que ocurrieron el fin de semana”.
Recordemos que, en el mes de julio del año pasado, nuestro departamento sufrió una terrible turbonada que dejó atrás daños materiales y personales, con voladura de techos y caída de árboles en todo Paysandú, incluyendo el Balneario Municipal y la ruta 3 entre la ruta 90 y la Avenida de las Américas. También en el temporal de Paysandú se había emitido la alerta correspondiente, pero pocos la vieron a tiempo. Pero aún sabiendo que el fenómeno efectivamente se iba a producir, ¿qué medidas podrían haber tomado los damnificados? ¿Acaso hubiesen reforzado las estructuras de sus viviendas? ¿Habrían asegurado mejor los techos para que no se volaran? ¿Apuntalado los árboles para que no cayeran? Seguramente nada de eso.
Por ese motivo, es absurdo buscar culpables por el lado de “no me advirtieron correctamente”. Lo cierto es que aún cuando Inumet emita una alerta roja, la responsabilidad final termina siendo de la población en general, que tiene que tomar las medidas necesarias.
¿Se podría haber evitado la tragedia en el campamento de la ACJ? Posiblemente sí, si ese evento se hubiese suspendido tres días antes, cuando el jueves Inumet lanzó su primera “advertencia” –seguida por una segunda en la tarde del sábado– por la alta probabilidad de que ocurriera este fenómeno en todo el territorio nacional. Todos –padres incluidos– tenían esa información, que fue ampliamente difundida por todos los medios y redes sociales. Pero como la meteorología es una ciencia basada en probabilidades y estadísticas, y si se suspendía y al final no pasaba nada puntalmente en ese lugar seguramente se diría que cerrar el campamento fue una medida desproporcionada, exagerada. Y así fue que los niños fueron a dormir tranquilamente en cabañas de madera rodeadas de añejos pinos, que seguramente es uno de los grandes atractivos del lugar, como lo es en toda la costa donde la gente justamente busca construir sus viviendas de fin de semana entre los árboles.
Buscar culpables y hacer una caza de brujas no es el camino. Claramente este no es un caso de negligencia. E Inumet no es responsable por las tragedias que provoca el clima.
Si no existe una consciencia individual y real sobre los peligros que la Naturaleza puede reservarnos, mal podemos prepararnos para enfrentarlos. En este sentido, sí se debe revisar, actualizar y profundizar todos los manuales y protocolos en esta materia, así como la sensibilización y aprendizaje tanto a nivel escolar, liceal y comunitario en general para que podamos actuar en consecuencia.
El único camino posible es el de la responsabilidad para con cada uno de nosotros, nuestras familias y nuestros vecinos. Cuidarnos entre todos siempre constituye un imperativo social, usando en primer lugar el sentido común, pero tratándose de fenómenos meteorológicos esas obligaciones se acrecientan y demandan nuestra mayor responsabilidad.