María Mercedes Rodríguez, llamada por sus seres queridos “Mecha”, cumplió hace algunos meses 95 años y en diálogo con Pasividades nos contó acerca de sus primeros años en el interior profundo, su llegada a la ciudad con su aspiración de “estudiar y trabajar”, su dedicación a la enfermería y cómo transcurren sus días hoy, manteniendo la misma pasión de siempre por escribir poemas y la añoranza de algún día publicar un libro.
Atesora recuerdos entrañables de su mamá Guillerma Rodríguez y su abuela brasilera, quien vino de la localidad de Pelotas, a quienes recuerda permanentemente durante la charla con un gran cariño. El 24 de setiembre de 1928 nació en “la estancia La Palma, en Mataojo, que era de unos ingleses. Ya desde los 5 años andaba a caballo. Ahí fui a la escuela rural 53 de Arroyo Malo. Tenía compañeros que me llevaban en un charrete; íbamos a la escuela todos tapados con una frazada”, recordó.
Mientras desde la cocina proviene un sabroso aroma a comida de olla que inunda el comedor donde nos ha recibido, ya próximo al mediodía, nos solicita que abramos un poco la ventana y continúa su relato: “En campaña estuve hasta los 14 años, porque para alguien de esa edad no había nada que hacer. Entonces me vine a Paysandú a trabajar como cocinera a la casa de una señora Bercianos”. Conserva muy buenos recuerdos de su primera patrona, asegurando que era muy buena persona. “Estuve 7 años trabajando; ahí me enseñaron a cocinar”, pues por su corta edad llegó a la ciudad con nada en las manos, pero muchas ganas de aprender. Entre las muchas anécdotas de su juventud, recordó la gran satisfacción que fue el día que pudo comprar su primer saco en la tienda París Londres. “Yo ganaba 10 pesos de sueldo. Mi patrona me salió de garantía para que pudiera comprar un saco rojo precioso y me lo compré en cuatro pagos de 5 pesos cada uno”, nos contó.
“SIEMPRE QUISE ESTUDIAR Y TRABAJAR”
Siendo apenas una jovencita, “siempre quise estudiar y trabajar”, aseguró quien, con la determinación necesaria así lo hizo, y con esmero y dedicación logró una profesión. Primero debió asistir a la escuela nocturna para finalizar la Primaria, porque en aquellas épocas en la escuela rural sólo pudo cursar hasta tercero. Con los requisitos académicos requeridos, asistió algunos meses a la Escuela de Policía, y luego abandonó para optar por hacer “cursos de Enfermería en el Hospital Escuela del Litoral. Estuve 30 años trabajando en el Hospital, en los tiempos del Dr. Calegari. Pasaba muy bien en mi trabajo, yo quería mucho a los enfermos”, aseguró reflejando esa vocación de servicio a la que le dedicó casi la tercera parte de su vida. Resolvió jubilarse porque ya se sentía un poco cansada porque “me tenían siempre de noche”, admitió. “En aquel tiempo el hospital era muy distinto a lo que es ahora, era todo más chico. Los médicos y enfermeros eran muy compañeros. Me va quedando un compañero muy bueno que hasta ahora me visita, Jorge Armentano, es muy amigo mío”, contó.
En cada licencia aprovechaba su tiempo ocioso para disfrutar de viajes y conocer la región. “Fui a Brasil, a Torres, Florianópolis, Paraguay, a Chile dos veces, también a Argentina, conocí Córdoba. En realidad conozco más sitios afuera del país que acá”, aseguró.
Ya retirada de la actividad profesional, “empecé a ir al Centro Diurno de la Intendencia, participaba de las actividades, estuve en el coro e íbamos a todos lados; fui a muchas excursiones. También jugaba a la lotería, a las cartas. También iba a Ajupe, hasta que hace dos años me caí, me quebré la pierna y me colocaron dos tornillos”, relató. A raíz de ese accidente doméstico, ha visto limitada en alguna medida su movilidad, aunque igualmente se desplaza con la ayuda de un andador, asistida por su colaboradora aunque manteniendo su autonomía para su cuidado personal y las tareas cotidianas, según nos hace notar.
SU AMOR POR LA ESCRITURA
“Tengo escrito todo lo que fue mi vida”, aseguró durante la charla, contándonos que “siempre me gustó escribir, pero nunca pude. Después que me jubilé, como no tenía nada que hacer, me dediqué a escribir poemas de vivencias que he tenido, pero siempre cosas buenas”.
Extiende su mano para acercarnos un papel con el primer poema que escribió y que dice así: “Nací en la estancia ‘La Palma’/vecina de Santa Rita/Las Delicias, Arroyo Malo/puras estancias bonitas/Mi pequeño Mataojo/a poca distancia de Quebracho/éramos vecinos y amigos/y todos eran grandes muchachos/Cómo olvidarte un día/si tú me viste crecer/cómo olvidarte un día/si tú me diste de beber (…) Como a todos llega el destino/de Mataojo y Quebracho me tuve que apartar/aunque hayan pasado tantos años/yo no los puedo olvidar”.
“Cuando me quebré la pierna hace unos dos años dejé de escribir y ahora estoy empezando nuevamente. Me gusta mucho escribir; tengo cantidad de poemas escritos por mí y también conservo muchas fotos del hospital”, nos dice con la promesa de mostrarlos en una próxima visita.
“Gracias a Dios” reconoce que ha sido una mujer feliz. “Me casé dos veces, enviudé dos veces. Tuve un hijo (ya fallecido) del primer matrimonio, y después me casé con un señor muy bueno. Tengo 2 nietos y 5 bisnietos, pero están en Canelones. Vinieron a visitarme en Navidad”, lo que fue una muy linda sorpresa para esta mujer de mirada transparente y espíritu gentil.
Cuando mira hacia atrás, reconoce que “al principio vine ilusionada, pero pasé muchas cosas y desilusiones, como todos. La ciudad me gustó más que la campaña porque estudié y acá había trabajo. Siempre me gustó trabajar y estudiar”, reafirmó.
Cada pasaje de su vida y vaivenes los “he escrito” y “sí, he sido feliz” y “quisiera seguir viviendo. Lo principal es la mente”, sostiene para cerrar la entrevista compartiendo su sueño: “me gustaría escribir un libro”. Nos despedimos con la certeza de que nunca es tarde para hacer proyectos y concretar sueños, y Mecha es un ejemplo de ello.


