Hablan nuestros mayores: Diver Mazzilli, vocación de maestra y de servicio

“La vida da giros y esos giros te hacen crecer”, reflexionó Diver Alicia Mazzilli Smaldone quien, tras casi cuatro décadas de docencia, desde hace más de 5 años es voluntaria en Casa Madre. En una amena charla con Pasividades, Diver reconoció que ser partícipe en esta oenegé –que alberga a mamás, tías, abuelas del interior con niños internados en Hospital o Comepa–, permite también tomar conciencia que los problemas propios son mínimos frente a aquellos que enfrentan a diario otras personas.

“Nací en Mercedes, pero vine a Paysandú con 6 meses, pues mi padre con sus hermanos compraron un establecimiento en Araújo. Ahí nos criamos, en el medio rural y fuimos a la Escuela 78 de Queguayar. Crecimos juntos hermanos y primos, yo era la única nena, y viví la niñez más feliz en el campo”, aseguró. Luego se trasladaron a la ciudad y el último año de Primaria lo hizo en la Escuela 2. Tras cursar el Liceo y Magisterio, al igual que su madre, con unos veinte años inició su larga trayectoria docente. “En el Instituto, en la época nuestra, la formación era de 4 años y la práctica la hicimos en la Escuela 8 y en la Escuela 1 y 3. La carrera me encantó”, aseguró. “Ese año se recibieron 120 maestros, entonces nos repartimos por todo el país. Como mis tías vivían en Mercedes, di concurso ahí y comencé a trabajar en Rodó y luego en Dolores, en escuelas urbanas”, relató.

Esas primeras experiencias, “para mí fueron maravillosas y ahí te das cuenta que vas aprendiendo día a día. Tuve un grupo de compañeras maestras hermoso, te ayudaban muchísimo”, recordó.

UNA CARRERA EN EL MEDIO RURAL Y URBANO

“Después de 5 años me trasladé a Paysandú, pero estábamos en ese período –de la Dictadura– en que no había concursos, y se me asignó una escuela rural. Recuerdo que me decían ‘es el km 4-44’, y pensé ‘¿qué es esto?’, y en realidad era el kilómetro del tren, por Ruta 90 (a 37,5 kilómetros de Paysandú). Viajaba de madrugada, bajaba y quedaba en la casa de la auxiliar esperando hasta que saliera el sol. A la salida no teníamos ómnibus, entonces me venía con un señor muy mayor que traía la leche a Pili. A veces nos quedábamos toda la semana en la escuela”, contó. “La experiencia más linda fue para mí la escuela rural, pues era otro relacionamiento con la gente que colaboraba muchísimo, el respeto de los papás y de los niños hacia el maestro”, valoró. “Luego me trasladé a la Escuela 58 de Esperanza, donde estuve 5 años en la Dirección y éramos 3 maestras”, agregó.

En Paysandú ciudad optó por escuelas en turnos de la tarde, iniciando “en la Escuela 105, que en la mañana es la 89. Y en el año ’92 me trasladé en forma efectiva a la Escuela 107, que en la mañana es la 33, en la zona de Azucarlito. Era una escuela hermosa de padres colaboradores, todos eran obreros que trabajaban en Paycueros, Paylana y Azucarlito. Era un medio muy lindo. Luego estuve en la dirección de esa misma escuela”, comentó.

Al enviudar siendo muy joven y con dos hijos, Gabriel y Marianela, resolvió complementar sus ingresos con un nuevo trabajo. Es así que en el ‘95 “comencé en la mañana en el Colegio María Auxiliadora, en la época en que aún estaban las hermanas, y ahí trabajé 14 años. Me sirvió mucho trabajar en el colegio por la ayuda espiritual”, subrayó.

Trabajó en doble turno hasta que cumplidos 37 años en Primaria, se jubiló, y más tarde también se retiró del colegio, para así poder disponer de mayor tiempo para acompañar a sus padres que ya estaban mayores y con algunos problemas de salud. Pero no se retiró completamente de la actividad docente, ya que ingresó a trabajar en un centro de apoyo a niños con dificultad de aprendizaje. Tras 4 años, decidió que ya era momento de disfrutar plenamente de sus nietos y dar espacio a otras actividades.

“LLENARTE EL CORAZÓN”

Hace unos 3 años comenzó asistiendo a un taller de pintura, más recientemente inició en el taller de Arte y Patch, donde realiza macramé, costura creativa, crochet, y también concurre a clases de gimnasia correctiva. Además, desde hace más de 5 años colabora en Casa Madre. “Para mí es un llenarte el corazón y darte a otras personas”, aseguró al referirse a esta tarea voluntaria, agregando que “ahí te das cuenta que a veces lo que te pasa es tan pequeño frente a eso, más cuando son bebés”. Es conocer esas realidades de “grandes dificultades, de mamás que vienen de muy lejos, de Artigas, Tacuarembó, Rivera y tenés que darle apoyo. Somos un grupo de compañeras divinas”, subrayó.

Al mirar en una retrospectiva sobre lo que ha sido su transitar, reflexionó: “mi infancia fue muy feliz, mi adolescencia también. Las pérdidas de mi esposo y un hermano muy joven, te llevan a preguntar ‘Dios mío, ¿dónde estás?’, y luego te refugias en tus seres queridos y encontrás gente que te apoya. La vida da giros y esos giros te hacen crecer. Y pienso que por algo suceden las cosas”.

“Ahora soy feliz porque tengo a mis nietos, que siempre me rodean, mis hijos también. Tengo una familia hermosa. Pasé momentos muy difíciles pero siempre tuve el apoyo de mi familia y amistades. Lo que me ayudó a levantarme fue el tener a mis dos hijos y decir ‘la cabeza hay que levantarla y seguir adelante’”, cerró.