Escribe Ernesto Kreimerman: La captura del Estado y la concentración del poder

Hacia fines del siglo XX solía repetirse una pregunta que dividía aguas: “¿El crimen organizado secuestra las democracias en América Latina?”. Dentro de las respuestas posibles, me sumo a la más firme y contundente: “sí, sin ninguna duda”. Secuestro de la democracia o captura del estado, América Latina ya no tiene exclusividad en esta tragedia. Hoy, el caso más reciente y más dramático, está en el mundo desarrollado. En particular, en los Estados Unidos. Y podemos, como simplificación histórica, marcar este segundo gobierno de Trump como año zero.
Pero el fenómeno no se reduce a los EE.UU. También Europa enfrenta una ofensiva de la ultraderecha, donde también destacan Elon Musk y Mark Zuckerberg. La tercera pata, el apoyo discreto de Donald Trump. Cada uno con su impronta, ambos se valen de sus plataformas para influir en la política europea, multiplicar desinformación e imponer la agenda de la extrema derecha. Es que el tecnopopulismo busca la desestabilización política de Europa, que les ha fastidiado antes y ahora, salvaguardando altísimos rendimientos, abusivos, arropados en un ultraliberalismo que debilita los cimientos institucionales de la democracia.

Las centralizaciones…

Es necesario para la existencia del Estado, dos primeras condiciones: una, la centralización política, y dos, la centralización administrativa. El secuestro de la democracia, una metáfora innovadora, es consecuencia de una no-metáfora. De ambas, secuestro de la democracia y captura del estado surgen como condición necesaria para las funciones sustantivas: impartir justicia, recaudar impuestos e incluso monopolizar su propia tributación. Dejan espacio para el uso de la violencia con impunidad. No es necesario advertir, porque es una condición básica, que sin Estado no hay ni puede haber democracia.
Esta es una historia que comienza en los primeros años del siglo con el súper-ciclo de precios internacionales. La región encontró términos de intercambio sin precedentes. El boom de los commodities puso una descomunal cantidad de recursos a disposición del Estado, especialmente en aquellos exportadores de petróleo y minerales. También ese fenómeno de abundancia de dinero llegó a la política.

Cambios y conceptos…

También fue un período de redistribución de ingresos, de rescate y afianzamiento de unas nuevas clases medias. En general, como consecuencia de políticas procíclicas, dilapidando esa bonanza temporal, que tuvo una marcada tentación clientelar.
Durante muchos años, incluso ahora mismo, se ha cuestionado el estado actual de la administración de la cosa pública. Estas alegaciones las plantean quienes han estado estrechamente vinculados a la gestión del Estado y lanzan duras calificaciones a su situación actual sin revisar las políticas de los últimos 30 años para, por lo menos, describir el derrotero por el que han debido transitar las instituciones y los funcionarios, olvidando que los que ordenan y mandan son los que gobiernan, no los empleados públicos.
Pero a principios de los 2000, quizás inspirados en Carlos Marx y la breve insurrección que tomó el poder en París entre marzo y mayo de 1871: “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto”. O quizás se haya inspirado en las memorias de Irene Falcón, la secretaria de Pasionaria, a las que tituló “Asalto a los cielos”… más como una ironía. O también, vaya uno a saber, se le olvidó precisar aquello que la primera vez como tragedia, la segunda como farsa, y con ello hubiera vuelto a citar al alemán de la densa barba y autor de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.
Pero en estos tiempos necesitamos admitir un punto de partida: la democracia ya no es una cuestión irrenunciable para ciertos poderosos, que han concentrado como jamás antes capital y poder, pues su tentación y ambición ahora está en la “captura del Estado”, una construcción en transformación y síntesis de poder, riqueza, de la mano frágil de algún gobierno.
La captura del Estado se puede intuir como “el ejercicio de influencia abusiva por parte de élites económicas y políticas, para que las leyes y los gobiernos funcionen de acuerdo con sus intereses y prioridades, y en detrimento del interés general de la población”.
Pero por esas vías, la única consecuencia será la de ampliar la brecha de la desigualdad y la de elevar la tensión en la institucionalidad democrática. Hay una intensa retroalimentación entre desigualdad, captura y democracia. A mayor concentración de poder (que puede provenir de la riqueza, pero también de otras fuentes), mayor potencialidad de las élites para ajustar normas y leyes, generar políticas e instituciones para incrementar nuevos privilegios. Comprendiendo calidad democrática como garantía para la igualdad de derechos de todas las personas y la representación igualitaria de los diferentes intereses.

Burlar los límites

Si elevamos la mirada desde el siglo XX, veremos cómo distintos grupos de poder utilizaron al estado para satisfacer sus propios intereses particulares en menoscabo del interés general. Una escalada para burlar los límites de la ética y la legalidad.
Ahora bien, el concepto de la captura del Estado o la captura política refiere a la influencia decisiva del capital sobre el acumulado de la alta concentración económica y de recursos en contraposición de la expresión individual y atomizada del ciudadano, jugando un papel crucial en la formulación y ejecución de políticas públicas, en sus tres niveles de gobierno. Desde otro haz de luz, otros espacios de gestión del estado (el poder ejecutivo, el parlamento, el judicial, los organismos reguladores, e incluso las fuerzas de seguridad), todos ellos, juntos o solos, están abocados al secuestro de la democracia, al debilitamiento institucional y la concentración creciente de poder. Es el propósito de los “captores estatales”.
Al tiempo que las estructuras partidarias se han debilitado, se han enlentecido sus dinámicas de actuación, y reducido su producción propositiva y disminuido sus capacidades estratégicas, se instalaron nuevas formas de actuación como reflejo del poder concentrado que requería de un nuevo management político, de planificación ajedrecista y una lógica implacable, casi furiosa.
Para ello se inició un cambio de dinámica, abandonando aquella parsimoniosa actitud, recurriendo a todos los instrumentos disponibles. Vértigo, impaciencia, inexactitudes, mentiras y un ejército de trolls. Recordemos que un troll en línea es alguien que desde el anonimato publica deliberadamente mensajes provocativos e insultantes, en comunidades, en línea, en redes sociales o en foros, con la intención de causar interrupciones o erosionar el estado de ánimo, instalando la frustración. Quizás más preciso sería decir, distorsionar, enrarecer y desalentar el sano intercambio.

Es el fin del mundo preexistente

Hay que reinventar el universo tolerante de los espacios multilaterales, de cooperación y solidaridad. La alta concentración económica y de poder significa exactamente lo que la humanidad no precisa. Lo dramático de esta época es que las palabras parecen significar poco y que mucha cosa suena a marketing vacío de sentido.