Planeta (2023)
Si Mario Benedetti recomienda a un poeta no tan conocido por aquí como el mexicano Jaime Sabines –cosa que ha hecho–, tal vez a cierta parte del público le interese. Si lo mismo sucede con el compatriota más ilustre en ese terreno de Sabines, o sea Octavio Paz, tal vez a otra importante parte del público le interese. Sabines, en medio de gustos “de izquierdas” o gustos “de derechas”, desde 1950 casi hasta su muerte en 1999 construyó una obra cuyo destinatario no era el ciudadano “comprometido”, sino el hombre (o la mujer) mismo.
No por dejar de ser todo lo comprometido que fue él mismo en su vida personal, incluso con una banca como diputado, pero desde el principio de su obra, publicada cuando tenía apenas 18 años, Sabines tuvo la lucidez de tener como objetivo la sencillez por un lado y la humanidad por el otro. Manteniendo un fino equilibrio entre lo universal y la trabajada arquitectura poética, consiguió ser un poeta popular, elogiado por los académicos y también seguido por las masas.
Algo que se puede llegar a decir con mucha facilidad, pero que logran solo algunos. Al ir pasando las décadas, ciertos poemas como “Los amorosos” (el amor es el silencio más fino/el más tembloroso/el más insoportable…) se volvieron también muy populares debido a que Sabines también tenía otra gran virtud; los leía como nadie.
Así, sus presentaciones en público se convirtieron en lo más parecido a conciertos de rock con el público recibiéndolo con gritos y vivas. Lo que pasaba era que este poeta era lo mismo que sus poemas, directos, honestos, sensibles.
Fue casi imposible encontrarle en su vida algún doblez, algún chanchullo, algún interés por el que cediera ante el poder o lo material. En suma, parecía un ser de otro mundo. Aunque quizás su secreto era el que otros artistas también practicaron; volcaba sus obsesiones y traumas en su escritura. Si en su vida era ese hombre sencillo y modesto que se presentaba ante multitudes que lo aclamaban, en su poesía parecía caber desde el amante más desesperado hasta el pobre más pobre.
No dejó por eso de ahondar en ciertas cuestiones a las que no cualquiera se atrevía, como la relación del hombre con Dios (Hágase la luz digo/y toda la luz se ilumina/¡Qué fácil es ser Dios!), o la muerte (una mariposa negra es el alma de un muerto), o el tiempo (Los árboles esperan, tú no esperes/este es el tiempo de vivir/el único).
Pero, al final del camino, siempre triunfa la sencillez. Los amorosos fue un hit porque enamoró a varias generaciones, otros poemas como La cojita (renguita) está embarazada, son demoledores en su emoción. Mientras que otros que escribieron poesía se refugiaron en la política o construyeron su torre de marfil lejos de la vista del mundo, Sabines vivirá para siempre en los sentimientos que todos experimentamos alguna vez.
Tanto en el amor como en el olvido, en la vida y en la muerte, Sabines es un poeta para todas las épocas, gustos y edades. La sencilla fórmula de la inmortalidad.
Fabio Penas Díaz

