El COVID persistente: atrofia y cambios estructurales en el cerebro

Ahora que parece que la pandemia del coronavirus es algo del pasado, la llamada COVID persistente, caracterizada por síntomas persistentes tras una infección por SARS-CoV-2, se ha convertido en un problema acuciante de salud mundial.

Se estima que entre el 10% y un tercio de las personas infectadas continúan experimentando síntomas tras recuperarse de la COVID-19. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la COVID persistente como una afección caracterizada por síntomas que afectan la vida diaria, como fatiga, dificultad para respirar y disfunción cognitiva, que se presentan tras un historial de infección probable o confirmada por SARS-CoV-2 (OMS, 2021).

Los síntomas notificados son diversos y con frecuencia incluyen fatiga, disnea, dolor muscular, pérdida de memoria, déficit de atención, problemas de memoria y disminución del rendimiento psicofísico.
Los síntomas neurológicos se encuentran entre los notificados con mayor frecuencia en los casos de COVID prolongada, aunque a menudo se basan en descripciones notificadas por los pacientes. La evidencia emergente sugiere que algunos de los pacientes con COVID prolongada sufren no solo de síntomas cognitivos, sino también deterioro cognitivo, en particular en las funciones ejecutivas.

Si bien los síntomas cognitivos se refieren a experiencias subjetivas, el deterioro cognitivo puede evaluarse objetivamente a través de pruebas cognitivas. Por ejemplo, Douaud et al. encontraron que los pacientes que tuvieron una infección por COVID-19 mostraron deterioro cognitivo, medido por el tiempo de finalización del Trail Making Test A y B, en promedio 141 días después de la infección. Otro estudio informó que el 26% de los pacientes exhibieron deterioro cognitivo leve nueve meses después de la infección. Además, una revisión sistemática de Crivelli et al. mostró que los pacientes recuperados de COVID-19 tuvieron un rendimiento inferior en las tareas de cognición general en comparación con los controles sanos hasta siete meses después de la infección.

Las hipótesis

Se han propuesto varias hipótesis sobre los mecanismos de la COVID prolongada en el cerebro. En primer lugar, la COVID-19 puede dañar directamente las neuronas y otras células cerebrales, ya que es capaz de cruzar la barrera hematoencefálica y llegar al Sistema Nervioso Central. Al infectar neuronas, astrocitos y células endoteliales vasculares en el cerebro, la COVID-19 puede dañar las neuronas en el hipocampo y otras estructuras cerebrales, e interrumpir las conexiones de la red neuronal, lo que podría explicar los síntomas relacionados con la memoria y la cognición. En segundo lugar, las infecciones por COVID-19 pueden desencadenar una tormenta de citocinas y una neuroinflamación generalizada, dañando neuronas, sinapsis y conexiones de la red cognitiva. Otras hipótesis incluyen un intercambio de oxígeno reducido debido a microcoágulos de hipercoagulación e hiperactivación de plaquetas inducida por COVID-19, así como disfunción metabólica y mitocondrial.

Uno de los primeros estudios de neuroimagen sobre la COVID prolongada mostró cambios estructurales en el cerebro (mayor reducción del grosor de la materia gris y del tamaño global del cerebro) en 785 participantes del Biobanco del Reino Unido, de entre 51 y 81 años, que se sometieron a exploraciones de resonancia magnética (RM) antes y, en promedio, 141 días después de una infección por COVID, en tanto algunos pacientes pueden experimentar una mejoría con el tiempo.

En ese trabajo, se estudió el impacto neurocognitivo de la COVID-19 persistente tres años después de la aparición de las infecciones por COVID-19. El objetivo es evaluar cuantitativamente la atrofia cerebral, el rendimiento cognitivo en un subconjunto de funciones ejecutivas y la calidad de vida relacionada con la salud en pacientes que han presentado síntomas de COVID-19 persistente durante más de dos años en promedio. Para ello, se reclutó una cohorte de pacientes con síntomas de COVID-19 persistente residentes en las afueras de Buenos Aires, Argentina. Estos participantes se sometieron a resonancia magnética, evaluaciones cognitivas y completaron un cuestionario estructurado.

Resultados

Los pacientes con COVID persistente informaron síntomas cognitivos persistentes, como problemas de memoria y confusión mental, con mayores niveles de fatiga y una calidad de vida reducida en comparación con los controles. A pesar de las quejas cognitivas subjetivas, las pruebas cognitivas no revelaron diferencias significativas entre los grupos.

Conclusiones

Este estudio destaca el impacto duradero de la COVID persistente en la calidad de vida y la actividad física, con cambios estructurales cerebrales específicos identificados dos años después de la infección. Si bien las pruebas cognitivas no mostraron un deterioro claro, la atrofia cerebral observada y la reducción significativa de la calidad de vida enfatizan la necesidad de intervenciones integrales y estudios longitudinales adicionales para comprender los efectos a largo plazo de la COVID persistente en la cognición y la salud cerebral.