“No hay cosa que me parezca más performática que leer en el subte”. Esta, que es una publicación original en la red X —adaptada al idioma español— por una usuaria argentina, despertó un montón de reacciones, entre ellas un chiste con el mismo texto acompañado de una foto de la recientemente fallecida crítica literaria Beatriz Sarlo, leyendo en el Subte, que volvió a despertar todo tipo de reacciones de usuarios que no entendieron el chiste, quizás porque no conocían a Sarlo y no habían visto la publicación original y no captaron la ironía.
Las estimaciones más optimistas dicen que en nuestro país la cantidad de usuarios de esa red es de unas 700.000 personas, y ahí hay de todo: están quienes publican análisis y comentarios serios, quienes ejercitan sus dotes de humoristas voluntarios y quienes solamente se dedican a seguir las novedades sin publicar nada. Y como es de esperarse buena parte del contenido se relaciona con las tendencias futbolísticas del momento. Esa cantidad de usuarios está muy lejos de la estimada para la red social más exitosa de por acá, que es Instagram, con algo más de 2.200.000 usuarios. Es justamente esta red, que comenzó asociándose más al mundo de la fotografía —hasta que la compró Facebook—, hoy más asociada a los videos cortos, donde se recomienda, porque así lo va a priorizar el algoritmo, la publicación de “contenidos” que no superen los 90 segundos. En Tik Tok, en cambio, los videos más efectivos duran entre 15 y 60 segundos.
Nicholas Carr es un escritor estadounidense que hace ya unos cuantos años, por 2011, planteó la pregunta retórica de si “¿Nos está volviendo Google más estúpidos?” En ese momento las redes sociales no tenían la penetración actual. En 2021, diez años después de aquella afirmación, en una entrevista con BBC Mundo, Carr aseguró que “Nos estamos volviendo menos inteligentes, más cerrados de mente e intelectualmente limitados por la tecnología”. Su libro “Superficiales: lo que internet está haciendo con nuestras mentes” (el título original en inglés es The shallows: what the Internet is doing to our brains), se tradujo a 25 idiomas y lo posicionó como el principal crítico del rumbo que tomó Internet y del efecto que ha ocasionado en la humanidad. Según el autor, los celulares debilitan nuestra forma de pensar, incluso cuando están apagados. “En estos 10 años he analizado interesantes y a la vez aterradoras investigaciones que muestran que, cuando tenemos cerca el teléfono (incluso aunque esté apagado), nuestra capacidad para resolver problemas, concentrarnos e incluso tener conversaciones profundas disminuye. Nos volvemos tan absortos con la información que nos ofrece el celular que hasta cuando no lo usamos estamos pensando en hacerlo. El uso de esta tecnología tiene grandes repercusiones mentales porque que nos roba nuestra atención, y eso hace que pensemos más deficientemente”, planteó.
Un artículo en la página de El País de Madrid, de diciembre del año pasado, daba cuenta de algunos de estos estudios referidos por Carr. “En los últimos 10 años, la ciencia ha sido capaz de demostrar que el consumo excesivo de contenidos basura en internet —sensacionalismo, conspiración, vacío— está modificando nuestros cerebros”. Se ha evidenciado “que las redes sociales están reduciendo la materia gris, acortando la capacidad de atención, debilitando la memoria y distorsionando procesos cognitivos fundamentales, según publicó el diario británico The Guardian con citas a un gran número de investigaciones académicas de instituciones como la facultad de medicina de Harvard, la Universidad de Oxford y el King’s College de Londres”.
Una de estas investigaciones, publicada en 2023, demostró que la adicción a internet provoca cambios estructurales en el cerebro y que ello repercute de manera directa en el comportamiento y las capacidades de un individuo. “Michoel Moshel, investigador de la Escuela de Ciencias Psicológicas de la Universidad de Macquarie (Australia) y coautor del estudio, explica que el consumo compulsivo de contenidos en redes sociales —que denomina como doomscrolling— ‘aprovecha la tendencia natural de nuestro cerebro a buscar novedades, especialmente cuando se trata de información potencialmente dañina o alarmante, un rasgo que en su momento nos ayudó a sobrevivir’. A la vez que destacó que funciones como el ‘desplazamiento infinito’, que fueron diseñadas para mantenerte enganchado al móvil, las personas, más que nada jóvenes, pueden quedar atrapadas en un ciclo de consumo de contenido durante horas”.
Este comportamiento “puede afectar gravemente la atención y las funciones ejecutivas al saturar nuestro enfoque y alterar la forma en que percibimos y reaccionamos ante el mundo”, planteó Moshel. En sus informes menciona un estudio que revisó 27 investigaciones de neuroimagen y encontró que el consumo desmedido de internet está relacionado con una reducción en el volumen de materia gris en regiones del cerebro involucradas en el procesamiento de recompensas, el control de impulsos y la toma de decisiones. “Estos cambios reflejan patrones observados en las adicciones a sustancias”, asegura Moshel, como las metanfetaminas y el alcohol, lo que de alguna forma certifica el planteo de Carr, de que nos hace menos inteligentes.
En cualquier sala de espera, donde solían encontrarse montañas de revistas destinadas a matar el tiempo, hoy el rey es el celular. Lo mismo ocurre en el transporte público donde encontrar alguien leyendo un libro ha pasado a ser una rareza, lo único que faltaba es que, encima, empiece a ser objeto de alguna forma de señalamiento o discriminación. Mucho antes que Carr, esto ya lo había anticipado Discépolo, hace más de 90 años.

