Nelson Aníbal Miños González, apodado Coco, tiene 74 años y una vida marcada por el trabajo, la familia y la solidaridad. Nació el 28 de mayo de 1951 en Pueblo Porvenir, en los viejos ranchos de paja, adobe y piso de tierra, hijo de una madre empleada doméstica y de un padre peón de albañil. Creció junto a siete hermanos. A los dos años la familia se instaló en Paysandú, en el barrio Colón primero y luego en el Olímpico, cuando esa zona todavía era campo abierto.
De aquellos años recuerda el baby fútbol y la vida sencilla de barrio. “Mi niñez fue en el barrio Colón, después nos mudamos al Olímpico, en calle General Luna. Todo era campo y yuyos. Recuerdo el baby fútbol en un club que se llamaba La Carreta, porque allí llegaban las carretas a traer cueros para procesar y estaba la vieja y querida aceitera”, contó.
Concurrió a la Escuela Nº 2 y luego ingresó a la UTU, donde estudió mecánica de tornería bajo la guía de Boris Terzief, recordado profesor y creador de repuestos para autos y motos cuando en Paysandú no se conseguían, según relató. Fue justamente él quien le abrió la primera puerta de trabajo, recomendándolo a un taller de motos en la zona de Colón y Varela. Allí trabajó unos 6 o 7 años antes de entrar a Paylana, la emblemática industria textil.
LA EXPERIENCIA EN PAYLANA Y EL VALOR DE LA VIVIENDA
Ingresó como operario común, pero gracias a su formación pasó pronto a mantenimiento. Trabajó en hilandería, luego en mecánica general y más tarde en tejeduría. Permaneció allí más de dos décadas, hasta que a los 45 años le tocó vivir la dura reestructura que achicó la plantilla de la empresa.
No se quedó quieto. Montó un pequeño taller de motos en su casa y colaboró en la creación de una cooperativa de pastas, que todavía existe. También se vinculó a la cooperativa de viviendas de ayuda mutua, convencido de que “si alguien tiene una vivienda, debe conservarla, porque lo primero para la familia es la casa”.
Más tarde trabajó en la desmotadora de algodón instalada en la ruta 3 y, con la llegada del gas natural, fundó junto a su hijo y un cuñado una pequeña empresa que realizaba instalaciones domiciliarias y comerciales para Conecta.
En 2008, cuando le faltaban tres años para jubilarse, volvió a Paylana como lubricador en hilandería y peinaduría. Se jubiló en mayo de 2011, con 60 años, apenas un mes antes del cierre definitivo de la fábrica.
SU PASIÓN POR EL FÚTBOL
El fútbol fue siempre una pasión. Tras esos primeros pasos en La Carreta, jugó en el baby fútbol del barrio Artigas y luego pasó a los mayores. Estuvo en la divisional B, jugó en River de Paysandú y en la selección sanducera, participando en campeonatos con otros clubes “River” de todo el país.Se retiró recién a los 39 años, en Olímpico, cumpliendo el deseo de su padre, que era utilero de ese club. “Terminé jugando en Olímpico porque mi padre era utilero allí. Jugué dos años y me retiré cumpliendo su deseo de defender ese cuadro”.
LA FAMILIA Y LOS RECUERDOS
Construyó su familia junto a su esposa, con quien compartió casi 48 años hasta su fallecimiento, hace dos años. La partida de su compañera marcó un antes y un después. “La vez que fuimos a Montevideo para una operación de ella nos levantamos a las seis y cuarto esperando la ambulancia, que llegó recién a las siete y media. Desde entonces siempre me despierto a esa hora. Es un recuerdo de ella”.
COMPROMISO COOPERATIVO Y MILITANCIA EN MOJUPEP
Su historia personal estuvo siempre ligada a la organización y la vida colectiva. Fue delegado de su cooperativa en la mesa departamental de Fucvam, delegado regional y también integró la dirección nacional de la federación. Trabajó en el Departamento de Apoyo Técnico, acompañando a cooperativas en construcción para evitar errores que otros ya habían cometido.
Ese espíritu solidario lo llevó, tras la jubilación, a sumarse al Movimiento de Jubilados y Pensionistas de Paysandú (Mojupep). Allí encontró un espacio de pertenencia en un momento de dolor personal. “Fue una ayuda en el sentido de seguir adelante con mi vida y principalmente ayudando a los demás, por el hecho de que el jubilado o el trabajador desconoce muchas leyes en cuanto a lo que tiene el BPS. Estamos en ese sentido de ayudar, ser la voz de los que menos tienen, de los que no tienen voz, como es el latiguillo que tenemos nosotros”.
Hoy se desempeña como secretario del movimiento y mantiene un fuerte compromiso con sus compañeros. “Es estar con iguales que piensan lo mismo, tener empatía en relación a otro ser humano, porque todos somos iguales, somos personas”, subrayó.
EL PRESENTE ACTIVO ENTRE GIMNASIA, FÚTBOL Y SOLIDARIDAD
Pese a las dificultades, Nelson se define como una persona positiva. La actividad física es parte de su rutina: participa en gimnasia recreativa tres veces por semana durante unos veinte minutos y luego junto a sus compañeros de grupo juegan al fútbol en el complejo Camandulli. “Eso también me mantiene activo, es otro grupo distinto pero también son excelentes personas”, contó con entusiasmo.
Además se ocupa de la casa, donde convive con dos de sus hijos. Y aunque alguna vez pensó en dedicar más tiempo a la pesca, ese reel comprado tras jubilarse todavía espera su momento.
BALANCE DE UNA VIDA SENCILLA Y FELIZ
Cuando se le pregunta si ha sido feliz, Nelson no duda. “Sí, fui feliz a pesar de la pobreza, fui feliz en todo sentido porque siempre traté de relacionarme con personas que eran iguales a mí y con personas que tenían el conocimiento, para absorber todo eso y salir adelante. Fuimos felices en familia a pesar de todo”.
Hace un repaso y reconoce que tal vez se hubiera esforzado más, pero no reniega de su camino. Se queda con los afectos, con las luchas compartidas y con el agradecimiento a quienes lo acompañan hoy. “Un agradecimiento a los compañeros que tengo ahora en Mojupep”.
De aquel niño que nació en un rancho de barro y paja al hombre solidario que sigue aportando desde su lugar, hay una coherencia marcada por el trabajo, el compromiso y la dignidad. Y sobre todo, por la convicción de que la vida siempre se construye junto a otros.