A los 63 años, María Alejandra Pizzorno Margalef convirtió la bicicleta en su compañera de desafíos y descubrimientos. Profesora de inglés jubilada, nadadora desde niña y viajera incansable, sostiene que la edad no impone límites cuando la actitud se mantiene viva. “El deporte me ha salvado; ha curado heridas de la vida”, afirmó en diálogo con Pasividades.
Nació en Paysandú el 16 de agosto de 1962. Es la mayor de tres hermanas y se crió en la zona del Puerto, “de la Plaza Artigas para abajo” donde las crecientes del río eran parte del paisaje cotidiano. “Todos mis vecinos eran gente mayor y los sacaba en bote cuando subía el agua; el bote estaba siempre atado a la reja de mi casa en Don Bosco 525”, contó con una sonrisa.
INFANCIA JUNTO AL RÍO Y PRIMERAS BRAZADAS
Su infancia transcurrió entre el colegio María Auxiliadora, los días en el Club Remeros y los primeros viajes vinculados a la natación, que marcaron su amor por el deporte y por conocer otros lugares. “Empecé a competir siendo menor de ocho, y eso me hizo amar el viajar, el conocer otras culturas. Siempre me gustó comunicarme, ser una más del pueblo al que voy”, recordó.
A los 18 años ganó una beca de AFS y viajó a Estados Unidos, una experiencia que en 1980 no era común, menos aún para una mujer joven. “Fue complicado, pero tuve muchas predecesoras” que abrieron camino. Gracias a ellas, otras pudieron ver y hacer cosas distintas, reconoció. Ese espíritu inquieto la acompañó toda la vida.
ENTRE AULAS, FAMILIA Y DEPORTE
Profesora de inglés y archivista médica, trabajó durante años entre aulas y escritorios, sin dejar de lado el movimiento. Vivió un largo tiempo en Buenos Aires, donde nacieron sus hijas, María Victoria y Julieta. El fallecimiento de su madre, en 2017, marcó un antes y un después. “Fue quien me ayudó a criarlas porque yo trabajaba todo el día”, recordó. Ya con sus hijas adultas y con familias propias, decidió volcarse más a sí misma y a sus pasiones.
“Pese a mis obligaciones nunca dejé de hacer deporte, porque es lo que me ha salvado. Si tenés 60 años y no tenés ninguna cicatriz, es porque no viviste”, reflexionó. Dijo que no podría imaginarse viendo la vida pasar desde una pantalla. “No tengo tele, me he olvidado el celular tres días y me da igual. Pero eso no quiere decir que no esté informada”, apuntó.
LA BICICLETA COMO REFUGIO Y LIBERTAD
La bicicleta la acompaña desde siempre, aunque en los últimos años se convirtió en símbolo de libertad. “Ando en bicicleta desde que tengo tres años. La primera me la armaron mis tíos”, recordó. Durante la pandemia, encerrada por horas frente a la computadora dando clases virtuales, la bicicleta fue su salvación. “Vi la bici y salí a recorrer lo que viniera. No había piscinas abiertas, no había otra. Me moví, porque quedarse quieto es lo peor que te puede pasar”. Desde entonces, cada pedaleo se transformó en un desafío. Participó en pruebas de cicloturismo y competencias exigentes en distintos países, combinando deporte y viaje, dos pasiones inseparables. “El deporte lo uso como excusa para pasear, conocer gente y llevar una vida sana”, resumió.
DEL CAMINO DE SANTIAGO A LOS ANDES
En 2023 realizó una de sus mayores travesías: el Camino de Santiago, que recorrió desde Lisboa hasta Compostela en bicicleta, con la bandera uruguaya flameando. “Hice unos 700 kilómetros. Salí el 27 de noviembre, fecha del fallecimiento de mi madre, desde la catedral”. Fue un homenaje a ella y también un sueño cumplido, contó emocionada.
Cada etapa del camino la selló en la credencial del peregrino, como testimonio de su paso. “Desde chica tengo una lista de cosas para hacer, y a esa lista le voy poniendo un check”. Algunas son propias, otras las agregó pensando en lo que sus padres hubieran querido hacer, comentó.
María Alejandra no se detiene. Este año participó en la Machu Picchu Epic, una de las competencias de ciclismo más duras de Sudamérica, que reúne a corredores de todo el mundo en los alrededores de Cusco. Fue para ella una experiencia increíble, que la enorgullece. Ahora su mente está puesta en cruzar la cordillera de los Andes en bicicleta, un nuevo sueño que planea concretar en el próximo verano. “Si no se da con el grupo, lo haré sola”, señaló, pues para María Alejandra lo importante “es hacerlo”.
A lo largo de los años también recorrió caminos uruguayos y europeos: Valle Edén, el cerro Batoví, Alicante, Altea (donde trabajó como socorrista), Denia, el castillo de Guadalest y las costas del Mediterráneo. “No es la bicicleta ni el equipo, son las ganas que vos le ponés. El tema es salir, es hacerlo”, insistió.
Su vida es un testimonio de constancia y entusiasmo. Evita todo lo que la ate –ni siquiera se tiñe el cabello, dice riendo– y prefiere invertir su tiempo y su dinero en experiencias, no en objetos. “Cuando hay liquidaciones me pregunto: ¿lo preciso? No. ¿Preciso viajar? Sí. ¿Preciso despejarme, salir adelante? Sí”, resumió con convicción.
Activa, saludable, madrugadora y amante del sol, mantiene una rutina sencilla y vital. “No tomo pastillas, salvo un relajante muscular. Como sanísimo, no tomo alcohol salvo en algún cumpleaños. Toda la vida me levanté con el sol y me acosté temprano”, contó.
Su consejo es tan simple como profundo: moverse. “Hacé deporte, salí, caminá, tomá mate afuera. No te quedes, porque cuando querés acordar las paredes se te caen encima”, dijo.
“Que las mujeres salgan a defender y ampliar lo conseguido por generaciones de mujeres anteriores, que no se queden, no cedan espacios y menos volver atrás”, alentó.
Esa filosofía, que combina determinación y optimismo, es la que hoy la lleva por el mundo en dos ruedas, sumando kilómetros y experiencias a una vida que no conoce el freno.
