Escribe la Lic. Ps. Yasmín Buono La serenidad interior: cómo la vida espiritual organiza las emociones

Estimado lector, este artículo es una continuación del sábado anterior en el que había mencionado que escribo de la espiritualidad como dimensión humana, no desde un enfoque religioso.

El caos emocional cotidiano

Si el primer paso para una vida espiritual es mirar hacia adentro, el segundo paso, expresa el neurocientífico y doctor en psicólogía Carlos Bautista, es ordenar lo que allí habita.

Nuestra vida emocional, suele estar llena de contradicciones: amamos y tememos, deseamos y rechazamos, nos sentimos plenos y vacíos al mismo tiempo en algunas ocasiones. Estas tensiones no son un error, forman parte de la condición humana. Pero cuando las emociones se desbordan, terminan dominando nuestra mente. Jon Kabat-Zinn, creador del enfoque de mindfulness, señala que “no podemos detener las olas pero sí, aprender a surfearlas”.

La espiritualidad, entendida como conciencia plena, nos enseña justamente eso: a no quedar atrapados en cada oleaje emocional reaccionando y luego arrepintiéndonos por no haber podido manejar el impulso.

La energía que ordena

Cuando la persona se desconecta de su dimensión espiritual, la vida afectiva se desorganiza. La mente se llena de pensamientos repetitivos, rumiantes, aparecen los estados de estrés o ansiedad amplificados y el cuerpo lo siente.

En cambio, cuando existe un espacio interior de silencio y conexión, las emociones encuentran su cauce.
La energía espiritual –ese sentido de plenitud que no depende de lo externo– actúa como un centro de gravedad interior. Nos brinda una sensación de coherencia y propósito que reorganiza a la persona desde adentro hacia afuera.

Equilibrio; no perfección

Vivir espiritualmente no significa no sufrir, sino hacerlo con sentido. Frankl afirmaba que “el dolor deja de serlo cuando encuentra un propósito”. Desde esta mirada, los problemas se convierten en nuevos aprendizajes y oportunidades para comprendernos mejor. El objetivo, como expresa Bautista, no es eliminar las contradicciones, sino integrarlas. Jung llamó a esto el proceso de individuación: el camino hacia una personalidad más completa; donde la luz y la sombra conviven sin destruirse.

La plenitud es posible hoy

La vida espiritual no es algo abstracto ni reservado a unos pocos elegidos. Es una experiencia concreta que puede cultivarse a través de prácticas simples: respirar conscientemente para lograr estados de serenidad, agradecer diariamente aquí y ahora, meditar, dedicar unos minutos al silencio diario o la contemplación consciente.

Encontrar la presencia interior nos devuelve la sensación de totalidad, actuando con serenidad en medio del caos, comprender sin juzgar, amar sin poseer.

En un mundo hiperconectado, en cerebros hiperestimulados, el ser humano se encuentra en muchas situaciones emocionalmente alterado, desordenado, disperso.

Es entonces donde la vida espiritual se presenta como la herramienta más humana para reencontrarnos con lo esencial de nosotros mismos.

No se trata de escapar de la realidad, sino de estar en ella con una mirada más calma y profunda. (097352937).