Hace pocas horas la opinión pública argentina ha seguido con atención y polémica el “montaje” que efectuara nada menos que en el Congreso Nacional una diputada que presentó una “demostración” del supuesto efecto magnético de una vacuna contra la COVID-19, al mismo estilo del ridículo que hizo en nuestro país un exdiputado sanducero, con la prueba de los tenedores, las cucharas y las monedas que quedaban “pegadas” al cuerpo de personas vacunadas contra esta enfermedad virósica.
En aquella oportunidad, en nuestro país, el intento de deslegitimar y cuestionar las vacunas se hizo en medio de una pandemia devastadora, con el mensaje de que se estaba desenmascarando un engaño por el invento de una pandemia propiciado por los grandes laboratorios y corporaciones de la medicina, un concepto que está siempre en primer plano en la mente febril de los grupos negacionistas, que siempre han existido, y que se potencian puntualmente al transmitir sus delirios cuando se dan eventos que puedan fortalecer la repercusión popular de su pensamiento retrógado.
Bueno, también hay que asumir, porque es una realidad irrefutable, que desde siempre hay un reducto de personas dispuestas a creer en estos salvadores y mesías iluminadores que conocen “la verdad” que las grandes corporaciones e intereses oscuros intentan ocultar, pero por suerte están ellos, con su gran visión y percepción para desentrañar conspiraciones, para advertir a los comunes mortales que es lo que hay detrás de estas grandes organizaciones para usar a la humanidad como conejillo de indias.
En el caso que nos ocupa, el evento que generó controversia en el Congreso argentino el jueves se extendió por más de seis horas y fue organizado por la diputada por Chaco Marilú Quiroz. En uno de los paneles, Lorena Diblasi, que figura en el sitio web del Conicet como licenciada en Biotecnología, presentó a un hombre que exhibió una de las supuestas “secuelas” que, según dijo, le dejó la aplicación de dos dosis de la vacunas Covid-19 elaboradas por AstraZeneca.
“José Daniel Fabián” –así lo introdujo a la charla– mostró con el torso desnudo que los objetos metálicos “se le pegan” al cuerpo –tuvo varios intentos fallidos– y Diblasi sostuvo que se trata de una “magnetización”.
“Esto no es grasa en la piel, señoras y señores. A él no le sucedía esto. Y de esto no se habla. Me gustaría saber qué tienen para decir los médicos”, dijo la oradora ante la mirada del público.
Por su parte, el pediatra Oscar Botta vinculó el incremento de los casos de autismo con la aplicación de vacunas como la Triple Viral. Más tarde, el licenciado en Administración por la UBA Pablo Stolkiner afirmó que la pandemia fue “un invento” y que las vacunas se constituyeron como “un negociado”.
En tanto, la pediatra y neumóloga Lucía Langer sostuvo que las personas vacunadas presentan un “exceso de aluminio en sangre”. A su vez, Chinda Brandolino, médica clínica y homeópata, reiteró una supuesta relación entre autismo e inmunizaciones –al igual que Botta–, mientras que Viviana Lens, especialista en geriatría, habló de magnetismo, en línea con los planteos de Diblasi.
Es decir, entre los mismos profesionales, siempre hay algún disidente que “la tiene clara” y disiente con la opinión de sus colegas, pero en este caso el común denominador es un cúmulo de divagues con demostraciones que buscan efectismo en el público dispuesto a creer, que siempre encuentra eco en algún crédulo y los negacionistas de siempre, los que sostienen que no hubo pandemia, que el hombre no llegó a la Luna, que la tierra es plana, que los aviones comerciales nos fumigan para cambiar el clima, y que personas famosas fallecidos en realidad no habían muerto, sino que han estado ocultas en algún lugar remoto del mundo.
El punto es que no se trata solo de un tema para tomarlo en forma liviana o con jocosidad, porque se da por ejemplo en este caso en medio de un empuje de casos de sarampión en esta parte del subcontinente, como consecuencia paradojalmente de una baja cobertura en vacunación, pero que los antivacunas intentan explotar para llevar agua hacia su molino en base a la desconfianza de parte de la población hacia las vacunas, lo que pone en riesgo de contraer esta enfermedad a quienes no se vacunan en atención a estos cuestionamientos.
En realidad, y como ha quedado demostrado en infinidad de oportunidades y situaciones, las vacunas constituyen la intervención sanitaria más eficaz de la historia contra enfermedades infecciosas, en las antípodas del pensamiento y discursos antivacunas que hoy, lejos de limitarse a sectores marginales, se infiltran en instituciones públicas, como es este caso en la Argentina.
Utilizar al Parlamento como ámbito para difundir estos pensamientos delirantes es tan paradójico como sintomático de la pérdida de valores en la sociedad y de la ignorancia colectiva que ya no es sólo de quienes no pudieron acceder a la educación, porque hay gente dispuesta a creer y tomar como verdad absoluta lo que dicen los promotores de estas teorías sin fundamento técnico o claramente demostrado que es falso, o incluso cae por el absurdo, como en el caso del supuesto “magnetismo” de las vacunas. Y para muestra de lo estúpido del argumento, basta imaginar que el 80% de la población tiene más de 2 dosis de vacunas contra el COVID. Entonces, ¿qué pasaría se a un “vacunado” o “magnetizado” de esos se le practica una resonancia magnética? ¿Alguien sabe de algún paciente que se haya desintegrado del en resonador en los últimos 5 años en Comepa, por ejemplo?
Que no son cien por ciento inocuas, por supuesto, porque siempre ha existido determinado porcentaje de personas que experimentan reacciones adversas, como en toda medicación, debido a su propio metabolismo, pero ello no invalida el hecho de que se salven millones de vidas tanto de quienes se vacunan como de aquellos que no lo hacen pero que quedan protegidos en la inmunización de rebaño, al reducirse sustancialmente el riesgo de contagio por propagación.
Haciendo historia, tenemos que estimativamente las vacunas evitaron entre 2 y 3 millones de muertes por año durante la última década (OMS); la vacunación contra COVID-19 evitó 20 millones de muertes en su primer año (The Lancet Infectious Diseases, 2022); y la actual caída del índice de vacunación en otros países sudamericanos favorece la reaparición de enfermedades como sarampión, tos convulsa, hepatitis y poliomielitis, nada menos. ¿Cuál es el riesgo de contraer sarampión? Muchos preguntan eso, porque antes era bastante común. Y para la mayoría puede ser una enfermedad común, pero tiene complicaciones con alta mortalidad.
Y aún en medio del extraño atractivo que implica para algunos grupos las teorías conspirativas, con cierto manto de romanticismo y “heroísmo” para sus promotores, debe asumirse que las iniciativas antivacunas no son opiniones válidas, sino desinformación peligrosa que amenaza directamente la salud pública, cuando quien recibe el mensaje es receptivo a los argumentos de quienes abrazan el negacionismo científico.