Árboles y humanos

Árboles y bosques forman parte de nuestra esencia ancestral y dan cuenta de nuestro paso por el mundo.
Mitologías, religiones, literatura y cine están repletos de referencias a estos gigantes naturales, proveedores de oxígeno, sombra, frescor y hermosura. Desde tiempos ancestrales los árboles han simbolizado el ciclo de la existencia y el poder de la naturaleza.
La comparación entre un árbol y un ser humano abarca desde sorprendentes similitudes biológicas hasta profundas metáforas sobre la vida y la resistencia.
Ambos poseen una estructura vertical, tienen sistemas internos semejantes, los bronquios tienen un crecimiento semejante al de las ramas de un árbol. Ambos tienen sistemas circulatorios, de la sangre y de la savia, respectivamente, para transportar los nutrientes y el agua, ambos tienen los finísimos vasos capilares por donde llega el agua a todas las partes del cuerpo humano y del árbol.
Ambos tienen una identidad única. Las huellas dactilares del humano, los anillos del tronco y los patrones de las ramas, con irrepetibles.

La corteza del árbol, como la piel humana, tienen una función protectora, de intercambio de información, con el ambiente y los demás seres.
Ambos tienen diferencias fundamentales, pero que se complementan, se necesitan el uno al otro. Mientras el árbol es autótrofo, se alimenta a sí mismo mediante la fotosíntesis, el humano es heterótrofo, necesita de otros seres vivos. Las células del árbol tienen una pared rígida, por eso no tiene movilidad, mientras las humanas no tienen pared, por eso se mueven. El árbol inhala dióxido de carbono y exhala oxígeno; el humano, al revés.

Lo más importante, entre árbol y humano hay una conexión simbólica y emocional. Los árboles sobreviven a tormentas y sequías, simbolizando la capacidad humana de superar desafíos.
Estudios científicos indican que los árboles se comunican y se ayudan a través de redes subterráneas, similar a como los humanos cooperan entre sí, es decir, forman comunidades. De ahí la importancia de los bosques, así como la necesidad humana de socializar y ser compasivos con el prójimo.
El árbol está arraigado a la tierra, como los humanos a la familia, la cultura y la comunidad. (O deberíamos estar). ¡Tenemos mucho que aprender de los árboles!
“El árbol es mucho más parecido al ser humano de lo que se piensa”, dice el científico doctor Sebastián Pfautsch, de una universidad australiana.

En estos tiempos navideños, no puedo dejar de reflexionar acerca de la importancia de Árbol de Navidad, el pino.
Ese árbol, siempre verde sin importar la estación, nos da un mensaje de perseverancia en medio de las dificultades y los sufrimientos de la vida. Nos enseña que las penalidades y los obstáculos, los desafíos superados, nos hacen más fuertes, resilientes. Aunque tengamos sufrimientos y dificultades, podemos estar alegres, podemos ser felices, porque tenemos el poder de superar el problema del sufrimiento. Seamos cristianos o no, siempre se puede, siempre. La felicidad se encuentra en la humildad, en la generosidad, en el olvido de sí mismo, en la capacidad de aceptar nuestro sufrimiento y enfrentar los desafíos de la vida con fe en que nos suceden para hacernos mejores personas.
Me parece importante repetir las palabras de Eduardo Galeano, aunque él no hable de árboles, pero lo que dice tiene alguna relación con el tema de la perseverancia que nos enseña el Árbol de Navidad:
“Que estas fiestas no vengan envueltas sólo en luces, sino también en tiempo. Tiempo para mirarnos, para decir gracias, para abrazar sin apuros.

Que el año nuevo no nos prometa milagros, sino coraje: coraje para elegir lo simple, para cuidar lo que importa, para no olvidar a nadie en el camino. Brindemos por la memoria que nos sostiene, por los sueños que todavía resisten, y por la esperanza, esa terca costumbre de creer que mañana puede ser un poco más justo, un poco más nuestro”.
Tía Nilda

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*