Cómo vivieron los sanduceros el fin de 2025 y el arranque de 2026

Fuegos en el cielo y mirada arriba, las luces de Año Nuevo recortan la noche con el Edificio de la Defensa como testigo, bien en el corazón de Paysandú.

El cambio de año en Paysandú tuvo esa mezcla tan nuestra de ritual y sorpresa. La mesa que se estira “un ratito más”, el mensaje que llega justo antes de las doce, el abrazo que se guarda para cuando por fin se afloja el nudo del cansancio. En muchos hogares la noche fue parecida: comida compartida, algún chiste repetido, música de fondo y esa cuenta regresiva que, aunque sepamos de memoria, siempre consigue un pequeño silencio cuando faltan segundos. Hubo brindis en familia, reuniones con amigos y encuentros que se arman casi sin plan, “paso un rato”, “caigo después”, “vamos a ver los fuegos artificiales” y termina siendo una madrugada más larga de lo previsto. Algunos eligieron salir a dar una vuelta para bajar la cena y encontrarse con otros, en la calle, en la costanera, en la puerta de algún vecino o en esos puntos que, sin decirlo, se vuelven de todos cuando el calendario cambia. Otros se quedaron en casa, con plan tranquilo, charla, un poco de música, una película a medias, y la satisfacción de que lo simple, bien hecho, alcanza.

Como siempre, el fin de año trae su balance, aunque nadie lo llame así. Entre plato y plato, o en el grupo de WhatsApp, aparecieron frases que se repiten cada diciembre porque siguen siendo verdad. “Fue un año intenso”, “costó”, “por suerte salimos”, “qué rápido pasó”. Muchos se quedaron pensando en lo que funcionó y en lo que no, el trabajo, la salud, la economía de todos los días, los vínculos que se fortalecieron y los que se enfriaron, la gente que faltó en la mesa y se hizo notar sin necesidad de nombrarla. También hubo lugar para esa evaluación más personal que aparece cuando la noche baja un cambio, un agradecimiento por estar, por haber podido sostener, por haber llegado hasta acá. En varias familias se escuchó lo mismo con distintas palabras. Que el año tuvo golpes, pero también aprendizajes; que se perdió tiempo en cosas que no valían tanto; que se recuperaron ganas en otras; que en medio del ruido hubo momentos buenos que conviene cuidar. Y cuando el calendario dio vuelta, llegaron los objetivos para 2026. No siempre grandes promesas, más bien esas metas que suenan modestas pero son enormes. Cuidarse un poco más, dormir mejor, volver al deporte o empezar caminando, ordenar cuentas, ahorrar aunque sea de a poco, terminar un estudio, animarse a un proyecto, retomar un hobby, viajar aunque sea cerca, dedicarle más horas a la familia y menos al teléfono. En el fondo, casi todos apuntan a lo mismo: vivir con más calma, con más presencia y con menos desgaste. El primero de enero, con el sol más temprano de lo esperado y el barrio volviendo de a poco a su ritmo, fue para muchos un día de pausa. Se vieron calles más silenciosas, mates largos, sobremesas que se retomaron sin apuro y mensajes de “¿cómo pasaste?” que siguen llegando incluso cuando ya es tarde. Algunos aprovecharon para ordenar la casa y la cabeza; otros, para dormir lo que faltaba; otros, para hacerse una escapada corta y estirar el aire de verano. Así empezó 2026 en Paysandú. Sin grandes discursos, pero con esa esperanza práctica –bien sanducera– de que lo que viene se construye de a días, con lo que hay y con quienes están. Y con una idea que vuelve cada enero, como una promesa sencilla: que este año nos encuentre más unidos, con salud, y con motivos de sobra para brindar.

Brindis al paso, encuentro de esquina. Frente al Monumento a la Bandera, un grupo se junta a celebrar, con alguna bebida en mano y la alegría compartida sin mucho protocolo.
El héroe silencioso de cada fin de año. Mientras otros brindan, Jorge Macchine cuida la parrilla familiar. Porque no hay Año Nuevo completo sin alguien que se quede “un ratito más” al lado del fuego.
Cuando amanece y la fiesta sigue. En la costanera, cerca de las 6, la madrugada se estira entre charlas, risas y ese aire fresco que avisa que el año ya empezó.

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