Cuba se queda sin muletas

A partir de la “extracción” del dictador Nicolás Maduro, y la sucesión de los hechos posteriores que se han ido registrando –más los que vendrán, seguramente– se ha mencionado como un dato casi marginal la participación cubana en Venezuela, hasta que por el episodio apuntado se “descubrió” –reconocido por el propio gobierno de Miguel Díaz Canel– que el dictador que ahora compare ante la Justicia de Estados Unidos, estaba rodeado por un séquito de élite, constituido por guardaespaldas cubanos, una especie de “guardia pretoriana” de la isla caribeña, compuesta por 32 de los denominados “avispas negras”.

Si bien estos militares “premium” cayeron en el operativo relámpago y sorpresivo de las fuerzas militares estadounidenses, y su misión era defender al tirano de operativos como el que se concretó exitosamente, hay analistas militares internacionales que han acotado que la sorpresa y la eficacia del operativo fue tal, que impidió a estos militares cubanos cumplir un objetivo siguiente en caso de que no pudieran evitar la extracción, y era el de eliminar al propio líder chavista para que no cayera vivo en poder de los norteamericanos debido a la enorme cantidad de datos y secretos que ligan a Cuba –y varios países de Latinoamérica– con la tiranía venezolano, incluyendo naturalmente a los aliados como Rusia, Irán, China, Corea del Norte, entre otros.

El gobierno cubano tuvo que reconocer la presencia de sus militares, lo que da la pauta de que la “intervención” militar no solo fue de parte de los militares enviados por Donald Trump, sino que hay cubanos en lugares estratégicos, como así también efectivos y personeros de los regímenes de las naciones mencionadas, lo que confirma que Venezuela es una base estratégica de un eje internacional que opera en la región, donde trata de tener creciente influencia.

Cuba y Venezuela, por afinidad ideológica, mantienen desde 2000 un convenio integral de cooperación que permite a miles de médicos cubanos, profesionales de la educación, el deporte y otras esferas, desenvolverse en Venezuela.

Díaz Canel dijo que los cubanos “cumplían misiones en representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, a solicitud de órganos homólogos de ese país”, y subrayó que murieron tras “férrea resistencia, en combate directo contra los atacantes o como resultado del bombardeo a las instalaciones” durante la captura de Maduro y su esposa.

Pero volvamos a Cuba, que es la gran derrotada en este proceso que pone a Maduro ante los tribunales en el país del norte, porque todo indica que se quedará sin el petróleo venezolano, el que le salía casi gratis –unos 30.000 barriles diarios, la mitad del consumo en la isla– y que intercambiaba por algunos servicios, caso de los militares de élite adjuntos al exhombre fuerte venezolano y prestaciones de asistencia médica, entre otros.

El punto es que estos hechos coinciden con la mayor crisis que ha padecido históricamente el régimen creado y potenciado por Fidel Castro, y según coinciden todos los analistas –y se puede ver en las infinitas publicaciones hechas por ciudadanos cubanos en redes sociales, donde muestran un país en ruinas–, Cuba está atravesando el peor momento económico en los 67 años de historia de su revolución comunista.

Si bien es conocido que a lo largo de las décadas la isla ha tenido emigración masiva, escasez de alimentos y malestar social, nunca antes los cubanos han experimentado un colapso tan grave y generalizado desde el punto de vista social.

Así y todo, Cuba se beneficiaba hasta hace pocos días de la relación con Maduro y dependía del petróleo que enviaba, mientras por otro lado la población padece constantes apagones por la crisis de generación, de diez y hasta quince horas por día. En los últimos años, los cubanos se han quejado porque las asignaciones mensuales de arroz, porotos y otros alimentos básicos que recibían de las tarjetas de racionamiento del gobierno solo duraban diez días, pero ahora, las tarjetas son prácticamente inútiles porque rara vez hay comida disponible en las tiendas de racionamiento del gobierno.

A la vez, es casi imposible encontrar medicamentos sin tener que apelar a familiares en el extranjero que los envíen, y el escenario ha ido en creciente deterioro desde mediados de la década de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética y el resto de los países del denominado “socialismo real”.

El gobierno cubano ha atribuido constantemente sus dificultades económicas a un embargo comercial estadounidense que, según afirma, limita su capacidad para operar en el mercado mundial y obtener los ingresos que tanto necesita, pero la realidad indica que el problema radica en su propia incapacidad interna, por el régimen socialista de propiedad colectiva estatal, de no poder autoabastecerse hasta de los alimentos más esenciales, incluso de aquellos en los que tiene enormes ventajas comparativas por suelo y clima para producir.

El propio presidente Miguel Díaz Canel ha reconocido días pasados que se está librando en ese país “una batalla concreta por la estabilidad en la vida cotidiana, para que los salarios sean suficientes, para que haya comida en la mesa, para que terminen los apagones, para que se reactive el transporte, para que las escuelas, los hospitales y los servicios básicos funcionen con la calidad que merecemos”.

Es que el final del año pasado, el producto interno bruto del país había caído más de un 4%, según dijo el propio mandatario, con el agregado de que la inflación se estaba disparando y las entregas de alimentos racionados no se estaban cumpliendo.

Y además de este panorama desolador en Cuba, el futuro inmediato no promete nada mejor, sino al contrario: si se corta radicalmente el flujo de petróleo venezolano, que pasa a manos de Trump, el impacto sería devastador, con mayor escasez de combustible para transporte, alimentos y servicios básicos, aumento de la inflación y deterioro de bienes esenciales, además de colapso de servicios públicos.

Ello es posible porque las importaciones de crudo están en caída, la infraestructura energética es obsoleta, los equipos no se mantienen ni reponen, y el sector productivo resulta insuficiente para el autoabastecimiento y menos aún para generar divisas que permitan comprar petróleo en el mercado internacional, por lo que estamos ante una convergencia de crisis energética, económica y social, que tiene efecto-causa agravada en la pérdida del socio ideológico que era Nicolás Maduro. Incluso Turquía retiró la central eléctrica flotante más potente con que contaba el país por falta de pago, y solo queda una en funcionamiento de ocho que llegó a tener.

Es decir, que el régimen cubano ya caminaba con muletas, pero ahora trastabilla peligrosamente porque no está Maduro para darle una mano y no puede siquiera seguir transmitiendo una imagen engañosa ni a sus propios incondicionales ideológicos, que con poco entusiasmo todavía siguen agitando banderitas cubanas para engañar incautos, presentándolo como el paraíso –al que ellos no van, naturalmente, sino que van a refugiarse, a estudiar o buscar trabajo al “imperio” que rige Trump–.

Es que como bien expresa la histórica frase atribuida a Abraham Lincoln, “se puede engañar a algunos todo el tiempo, a todos algún tiempo, pero no a todos todo el tiempo”: la porfiada realidad termina por imponerse.