Hasta los huesos, en Amazon

Antes que nada hay que reconocer el tesón de un director como el tano Luca Guadagnino. Desde sus comienzos al final de la década de los noventa hasta ahora le costó mucho que lo tomaran en serio.
Entre un videoclip y otro, entre una publicidad y un documental, Guadagnino también hacía películas.
Pero no fue hasta el éxito de Llámame por tu nombre, en 2017, que tanto del público como la crítica se dio cuenta que había en él un director de cine en serio.

Pero claro, como les pasó anteriormente a otros que sabían muy bien como filmar una relación homosexual, había que ver si Guadagnino también podía salirse del subgénero queer y tratar con el mismo rigor y naturalidad una relación hétero. No tenía porqué hacerlo por supuesto, pero dado que lo hizo y que lo hizo muy bien, aquí no la podemos dejar pasar.

Se trata de Hasta los huesos y bien que cualquiera podría engañarse al ver a sus jóvenes protagonistas muy enamorados en cualquier imagen de promoción. Es decir, son jóvenes es cierto y están enamorados también. Pero hay algo más. Porque Taylor Russell y Timothée Chamalet, por más jóvenes y enamorados que sean, también son caníbales. ¿Cómo? Sí, paren las rotativas. El enfermito (en el buen sentido) de Luca Guadagnino ha filmado una película que bien podría ser uno de los romances de la década, pero le ha adosado el tema del canibalismo.

Si vemos al filme de manera genérica, podría hablarse de vampirismo, ya que los personajes que vagan por un Estados Unidos empobrecido y en crisis, sufren los mismos dilemas y persecusiones que los viejos y queridos chupasangre, con la diferencia en que no se contentan con morder una yugular sino que quieren más, mucho más. El hambre insaciable que sienten solo puede aplacarse con la carne de sus congéneres de especie, aunque, por supuesto, no se morfan a quienes padecen lo mismo que ellos, solo a la gente “normal”.

Por supuesto que para muchos de los que estén leyendo esto les parecerá que hablo de una película de terror y así la verá quien piense que, ante cualquier escena fuerte y sangrienta (son pocas acá pero ahí están) se está viendo una película “de terror”.

Pero el tratamiento que Guadagnino le da a su historia y a sus personajes dista mucho de ser el de un filme de terror al uso.

Porque tan importante es el hambre por carne humana que sienten, como los sentimientos que despiertan entre ellos, los personajes que van econtrando en su peregrinar, el paisaje desolado del Estados Unidos de la época de Reagan (ubicada en la actualidad la película no sería lo mismo), los desencuentros, las traiciones y todo lo que conforma una buena película como es esta.

Para completar una idea prejuiciosa, hay que decir que la protagonista Taylor Russell se ha hecho famosa, precisamente, en películas de terror o, en segundo lugar, de ciencia ficción. Por lo que, quien la haya seguido mínimamente también supondrá que aquí fue elegida porque se trata de algo parecido. Pero no es así ni de casualidad. Ni la película es “de terror” ni ella está ahí porque le queda bien una trama bañanda de sangre.

Evidentemente Guadagnino la eligió porque es muy buena. La fragilidad de su personaje compra y enamora a cualquier que la vea y es el complemento perfecto para Chamalet, un actor joven ya consagrado que, de seguir por caminos alternativos a Hollywood como este, entre un éxito mainstream y otro, le espera una carrera de lo más interesante. Mark Rylance, el actor británico que acumulaba ya demasiados personajes “tiernos” en su filmografía se descuelga aquí con uno que es lo más peligroso y repelente que se pueda imaginar. Así que bien por él también, ya era hora de cortar con tanta dulzura. Al menos por un rato.

Fabio Penas Díaz