Bye bye, birdie

¿Ya empezaron a ver aglomeración de golondrinas? ¿Escuchan un pajarito llamado Benteveo real –parecido al benteveo común— que posado en las alturas solito emite un silbido casi constante? ¿Han visto a la Tijereta recientemente?

Lo cierto, amigos, es que estamos en época de despedidas y no precisamente las de fiestas entre humanos con música y bebidas. Se trata de la época de migración de aves. Sí, aquellas que residen en nuestro país durante el verano para reproducirse, nidificar y preparar a sus crías para volver con ellas, y otras que vienen simplemente de visita a descansar un poquito y alimentarse, emprenden la retirada un poco antes del inicio del otoño del hemisferio sur. Algunas se van un poco más cerca, pero también hay de las que vuelan miles y miles de kilómetros. ¡Admirable!
Quinto Día también migró, pero hasta Salto para pedirle a Pedro Rinaldi –veterinario, de los principales conocedores de las aves de nuestro país— que nos cuente un poco más de estas cosas tan interesantes que tiene nuestra avifauna.

“El 35% de nuestras aves son migratorias”

Una aclaración importante es que el hecho de que un ave sea migratoria no significa que no sea autóctona. “El 35% de nuestras aves son migratorias. Mucha gente piensa que por ser migratorias no son autóctonas. Sí lo son, aunque no están presentes durante todo el año. Las que están presentes todo el año se llaman ‘residentes permanentes’”.
Se pueden dividir entre estivales e invernales. Las estivales son aquellas que pasan la primavera y verano en nuestro país, mientras que las migratorias invernales son aquellas que vienen en invierno, “básicamente las del sur del continente americano –de la Patagonia–, como es el caso los pingüinos, algunas golondrinas y algunos dormilones (Dormilón patagónico). Se pone tan frío allá que suben algunos kilómetros y lo pasan en nuestro territorio”, explica detalladamente Pedro.

Las que llegaron en agosto y setiembre

Las estivales, que ya se están preparando para partir, llegaron entre agosto y setiembre. Algo importante que Pedro explica es que, además las migratorias estivales, se pueden dividir entre “residentes y visitantes estivales. Las residentes son las que se reproducen aquí en verano y luego se vuelven a ir los padres y los pichones hacia el norte. Las visitantes vienen de visita, no se reproducen y sí se reproducen en el hemisferio norte. El caso más típico es el de los chorlos y playeros –que son esos parecidos a los teros, pero más chicos que vemos en las playas o en los tajamares. La mayoría de ellos se reproduce en el ártico canadiense. Cuando vienen los fríos, emprenden largas migraciones; se atraviesan todo el norte, Centroamérica y todo sur, llegando hasta nuestras latitudes y hasta la Patagonia, donde solamente hibernan. Pasan la parte de invernada que se dice; los adultos y pichones que nacieron allá comen moluscos y a finales del verano los vamos a ver agrupándose en grandes bandadas para retornar a sus zonas de reproducción, que son en el hemisferio norte”.
Los estivales residentes en cambio, “son los que se reproducen acá”.

Las golondrinas vuelven al lugar donde nacieron

Dentro de las migratorias estivales residentes, se encuentran las más conocidas por nosotros que son las golondrinas, tanto en la ciudad como en el campo. La particularidad de estas aves que nos cuenta Pedro es que cuando vuelven en primavera, “llegan al mismo lugar donde nacieron. Muchas veces vienen derecho a meterse en un cielorraso a nidificar de nuevo. Tienen sus pichones, los alimentan y le enseñan a volar.

En estos días están permanentemente comiendo a mucha altura. Comen insectos que los transforman en grasa que va a ser su combustible para la vuelta. Abandonan Uruguay casi con 40 gramos, de los cuales cerca de la mitad van a ser el combustible para esa larga migración en la que llegarán hasta Panamá.

Tijereta

“Las tijeretas tienen el mismo comportamiento que las golondrinas, si bien no pertenecen a la misma familia”. Su nombre científico es Tyrannus savana y son muy fáciles de identificar por todos por su cola larga y ahorquillada que, en el caso de los ejemplares juveniles, es más corta. La tijereta usa esa larga cola para hacer despliegues nupciales en la etapa de reproducción. El macho usa esas pinzas curvas para cortejar a la hembra y competir con otros machos. Estas aves son muy defensoras de sus nidos y es muy común verlas persiguiendo aves rapaces de mucho mayor porte para salir en defensa de sus nidos.

El que veranea al rojo vivo

Otra de las migratorias que menciona Pedro es el Churrinche (Pyrocephalus rubinus), “lo van a ver llegar en agosto o setiembre con un color rojo vivo y cuando abandona nuestro país, ya hizo el recambio de plumaje post reproductivo y se va con un color rojo deslucido”. Su nombre científico casi que describe el plumaje del macho. Pyro (del griego): fuego; cephalus: cabeza; rub (del latín ruber) rojo; algo así como cabeza de fuego roja. La hembra de Churrinche en cambio es grisácea.

Ave de la Luna: el playero rojizo b95

En 1995, Patricia González, bióloga argentina perteneciente a la Fundación Inalafquen, anilló (pequeño anillo con un código que se coloca en la pata del ave para rastrear sus rutas) un playero rojizo macho (Caladriscanutus rufa) en Tierra del Fuego, Argentina, al que le llamó B95. Para ese entonces se estimaba que el ejemplar tendría por lo menos tres años de edad. Durante años se lo siguió registrando en sus paradas migratorias y para asombro de todos, B95 se fue haciendo famoso por su longevidad y resistencia. Con tan solo 200 gramos, recorría en su travesía anual una distancia de 32.000 kilómetros desde el Ártico canadiense hasta Tierra del Fuego. Para comparar, 384.400 son los kilómetros que separan a la Tierra de la Luna y 576.000 era la distancia que llevaba recorrida B95 en 19 años (el equivalente a 100 años nuestros aproximadamente). Por eso fue apodado “Moonbird” (ave de la Luna). (Datos de las fichas de “Fauna nativa que aún se puede ver” de Coendu).

¡Hasta pronto!

“En estos días lo que vamos a ver es una disminución de nuestro plantel de aves porque muchas ya han emprendido el regreso. Las tijeretas son de las primeras en irse; algunos picaflores también se van; las golondrinas demoran un poco más en irse; los capuchinos y gargantillos (semilleros: seed eaters), vienen en octubre, adornan nuestros caminos comiendo las semillas de los pastos nativos que tenemos y por lo tanto tenemos que cuidar, y hacia finales de verano se juntan en bandadas y van migrando hacia el norte. No en bandadas que surcan el cielo, sino que van corriéndose por las banquinas y los lugares de pasto de esa forma”.
Y cuando Pedro explicó el caso de las migratorias semilleras, como lo son los capuchinos, se nos viene al recuerdo haber fotografiado muchos de ellos prendidos de los altos pastos en las plantaciones y campos, pero también hemos podido observar aves –que quizás no es tan común en la ciudad— alimentándose de los pastizales nativos que tenemos en el paseo costero. Eso que mucha gente cataloga de “mugre” o “yuyos”, son pastos nativos cuyas semillas son el manjar de los dioses para estas pequeñas aves de picos cónicos y bellísimos colores.

De aquí concluimos en la importancia de generar ambientes propicios para nuestra fauna, ambientes que han ido perdiendo por la producción intensiva y el avance de las ciudades. Lo mismo sucede con las llamadas banquinas que son los bordes de los caminos arbolados y que según Pedro “son un ecosistema en sí” porque son fuente de alimento abundante e incluso abrigo para las aves. Las banquinas cada vez tienen menos vegetación porque incluso con árboles y plantas nativas, es mucha la gente que decide cortarlas y muchas veces con fines simplemente estéticos.

“El fenómeno de las migraciones no está absolutamente explicado. Se cree que son vestigios de las últimas glaciaciones, pero es sin dudas un aspecto que en lo personal determina que yo crea que las aves son superiores a los mamíferos. Tienen una autonomía muy superior. Pueden irse de un extremo al otro del mundo simplemente buscando las condiciones que a ellos les conviene. Las migraciones se explican fácilmente ya que son en latitud norte sur –no atraviesan el Atlántico, por ejemplo—, tienen tierra debajo casi siempre y se explican fácilmente porque ellas querrían –si razonaran como nosotros— vivir en una eterna primavera”, concluye el amigo Pedro que no puede disimular su adicción a la observación de aves, y que con sus amplios conocimientos que comparte con todos, busca –-y lo logra—acercarnos un poco más a la naturaleza y empatizar con los plumíferos y toda la biodiversidad que tanto nos urge proteger.