Miguel Angel Palomeque: cuandola tierra se vuelve canción

Oriundo de Pueblo Beisso, Miguel Ángel Palomeque es uno de esos compositores que han sabido convertir la vida de campo en canciones. Desde el paisaje humano y natural que lo vio nacer, ha creado una obra que trasciende el ámbito local para incorporarse al repertorio de innumerables intérpretes, dentro y fuera de fronteras. Sus canciones, que brotan del paisaje y la memoria rural, se han sostenido en el tiempo y continúan naciendo. De todas estas cosas conversamos con Miguel, en una charla marcada por la sabiduría criolla y una mirada atenta sobre la naturaleza y el hombre de tierra dentro.

Vivencias que se vuelven música

Han pasado décadas desde que empezó a escribir canciones. Pero cuando le preguntamos cómo se define hoy, dice que no se considera poeta, ni músico ni cantor. “Yo me considero un observador, más bien, observador de la naturaleza, del hombre, de la idiosincrasia de nuestra patria uruguaya. Tal vez esa capacidad, vamos a llamarle, de observación, me ha llevado a plasmar todo eso en una canción. Pero no me considero ni poeta ni cantor. Yo digo que apenas soy hoy un coplero”.
Lo que sin duda determina la obra de Miguel es su propio origen. Nacido el 18 de octubre de 1949, creció y forjó su sensibilidad artística en su pueblo natal. “Vengo de un pueblito de 700 personas. Me crié en ese pueblito rural y salí a trabajar muy jovencito con mi padre, porque no tuve la chance de estudiar, y a los 13 años ya tuve que salir. Mi padre era alambrador, tenía una comparsa de alambradores. Entonces fui mamando eso desde muy gurí, conociendo el rigor y viendo también a mis semejantes, a los peones de campo, en ese tiempo, que no la pasaban muy lindo que se diga”. Por eso, suele decir que sus canciones “son vivencias musicalizadas. Cosas que vos observás en una persona, en un árbol, en el calor, en la seca, por decirte algo. A veces hasta sed tenía que pasar, porque en esos tiempos no te iban a llevar al trabajo una fuente con ensalada fría. Tenías que comer el guiso caliente a mediodía, y el puchero de noche. Y acá estamos, vivitos y coleando”.

La música no le llegó a través de una academia o un conservatorio, sino desde el boliche de campaña de su padre. “Era un boliche de esos —bolichín mismo, ¿viste?—, donde tenían casín, se jugaba al treinta y uno… Era el tiempo de la heladera a kerosén —porque en ese tiempo no había electricidad en Pueblo Beisso— y las conservadoras, para tener algo fresco para la paisanada que llegaba ahí. A mi padre siempre le gustó tener un acordeón y una guitarra en el boliche, porque siempre llegaba algún paisano, de esos que menos pensabas, y te salía con una polca de esas que se dejaban escuchar, bien del folclore galponero mismo, de tierra adentro, ¿no? Entonces sí, fui mamando de eso”.
Aprendió a tocar la guitarra con un compañero del pueblo, que le dibujaba en un cuaderno diagramas con las cuerdas de la guitarra y las posiciones de los dedos, “y con una vihuelita de esas que tenía mi padre ahí. Cuando él no estaba, yo me la chapaba y empezaba a hacer lo que me mostraba el pentagrama casero ese. Y ahí fui arrancando”. En aquellos tiempos, recuerda, en Paysandú “había un dúo que se llamaba De Tierra Adentro. Nosotros lo escuchábamos allá, desde Pueblo Beisso, y parecía que estábamos escuchando a un artista de Europa, ¿viste? Era todo muy limitado. Lo único que había para viajar era el ferrocarril. No existían los ómnibus, nada. Era un pueblo bien del Uruguay profundo”. Con el tiempo eso ha cambiado un poco, reconoce, “pero en esos años era así nomás”.

Democracia musical y creación

Para canalizar su inspiración, Miguel recurrió a los ritmos que circulaban en aquel rincón del Uruguay profundo, como la milonga, la polca o la chamarrita, entre otros. “Era lo que más se escuchaba en el pueblo”. Más allá de esos géneros criollos por los que se lo identifica, como compositor ha incursionado también en muchos otros. “Tengo eso: soy muy democrático en la música”, afirma. “He compuesto chamarritas, milongas, tangos, alguna cumbia entreverada también”.
Compuso incluso dos villancicos, que formaron parte del disco Navidad desde el cielo de mi tierra, de Héctor Numa Moraes y Vera Sienra, con la participación de Miguel y de Mauricio Castro. Ha escrito además canciones de cuna y piezas dedicadas a su propia familia. “Tengo una canción, ‘Los guisitos de la abuela’, grabada por Omar Romano, que la compuse para mi nieta. Y otra que se llama ‘Canción para Benicio’ (dedicada a su nieto), cantada por Omar Pandolfo. Me gusta componer de todo”.
Esa apertura a distintos géneros se extiende a lo que escucha. “Me gusta el rock también”, afirma. “Me gusta La Vela Puerca, No Te Va Gustar, Cuatro Pesos de Propina… Por eso digo, soy muy democrático en la música”. Desde su experiencia como compositor de música criolla, no descalifica ni subestima a nadie. “Siempre digo otra cosa: cada cual hace lo que le gusta y lo que puede. Capaz que vos estás en un rubro, y no te aporta nada. Y todos necesitamos, todos tenemos que comer. Entonces, con la evolución de la música y el tiempo, uno trata de ponerse a tono. Pero sin desprenderse de las raíces, de nuestra idiosincrasia y de nuestros ancestros”.

Al preguntarle cómo nacen sus canciones, describe el proceso con la misma naturalidad con la que habla del campo. “A veces te tocó el duende de la inspiración, y te componés una canción en una hora igual. Como ser ‘Talón Chanfleao’, que la grabaron Los Hermanos Cuestas. Esa canción me llevó una hora. En una hora estaba pronta. Pero claro, estaba dentro de la caja craneana, ¿viste?, estaba preparada. Era solamente sacarla”.
Hay otras que le llevan más tiempo. “Hay canciones que se trancan, que vos les querés buscar la métrica y te ponen un palito en la rueda. Y si vos querés escribir a presión, me he dado cuenta de que no te sale bien. Tenés que dejarla que fluya, para que la canción busque la métrica que corresponde”.
Entre sus canciones, y regresando a lo que ya había comentado antes, prefiere las que parten de vivencias propias o de su entorno. Como ejemplos cita títulos como “Vaya con la diferencia”, “Charaboneando” o “Prosa con Doña María”, “que habla de las lavanderas que lavaban ropa para los estancieros, que tenían que ir al arroyo a doblar la columna para ganarse el sustento”.
Junto a la vida cotidiana, otra gran fuente de inspiración es la naturaleza. “Todo influye. Puede ser un caballo ahí atado, o una vaca, o un pájaro que está cantando. Cuando voy a mi pueblo a pasear, me encanta la música de las gallinas ponedoras a mediodía. Para mí es música en el oído. O el contrapunteo de los gallos de madrugada, esa sinfonía de música de los pájaros. Uno nació y se crió en eso, entonces son cosas que quedan como prendidas a uno”.

Zitarrosa y otros intérpretes

De sus canciones, la primera que se conoció masivamente fue “Talón chanfleao”, grabada en 1986 por Los Hermanos Cuestas como premio por haber resultado ganadora en un concurso de chamarritas organizado por Radio Colonia en la localidad de Diamante, Entre Ríos. Después, otro gran impulso para que la obra de Miguel se proyectara se dio cuando Alfredo Zitarrosa escuchó algunas de sus composiciones y las incorporó a su repertorio. Después de una presentación de Zitarrosa en Guichón, el doctor Atilio Esquivel Gaona –un médico de origen paraguayo radicado en Guichón–, le entregó al mítico cantor un casete con dos canciones de Palomeque: “Vaya con la diferencia” y “Charaboneando”. Pocos días después, Miguel recibió una carta de Zitarrosa, acompañada de un casete con el registro del ensayo del cantor y sus guitarristas trabajando esas canciones. Aunque Zitarrosa no llegó a grabarlas en estudio, sí existen grabaciones en álbumes donde interpreta en vivo al menos una de ellas.
“Siempre agradezco al Dr. Atilio Esquivel Gaona, que fue el que le entregó un casetito, de los más berretas que había. ¡Nosotros andamos con lo justo siempre!”, dice Palomeque. “Y siempre digo que el maestro Alfredo Zitarrosa me abrió la puerta grande hacia el folclore. ¿Quién no se va a sentir motivado con eso? Aparte tengo esa carta, que cada tanto le hago una fotocopia porque está amarillita, de los años”. Por otra parte, le sorprende que una canción como “Vaya con la diferencia” se siga sosteniendo en el tiempo. “En Argentina es impresionante la cantidad de conjuntos que he encontrado que la han grabado”, dice. “Me asombra cómo se sostiene esa canción, que ya tiene más de medio siglo”, agrega, todavía sorprendido por la vigencia de aquella polca que cruzó fronteras.
Escuchar sus canciones en otras voces no le resulta indiferente. “A mí, como a todo autor, me llena de regocijo. Porque también pienso en la savia nueva, en esta savia nueva que ya está caminando, que ya va pisando firme en su caminito, que va naciendo camino, que me tengan en cuenta las canciones mías”. A través del tiempo, han sido muchísimas las voces que han interpretado sus letras y melodías. La lista incluye a Larbanois-Carrero, Tantomán, Turcatti-Pereira, Numa Moraes, Yamandú Palacios, Omar Romano, Los del Yerbal, Horacio Ponce de León, los bandoneonistas Óscar Ramírez y Óscar “Massita”, La Sinfónica de Tambores o el gripo floridense Pacha, que hace algunas semanas lanzó “Reunión Bichera”, canción con letra de Miguel. A esos nombres se suman generaciones más jóvenes, como los grupos Sin Estribos, Abriendo Camino, Marcelo Garay o el chileno Ivo-K (Iván Valenzuela Klagges). “Yo qué sé, a veces a uno se le pasa, son tantos… Gracias a Dios, son una cantidad. Y después otra cantidad que no han grabado, pero que cantan las canciones”. Por ejemplo, la banda sanducera La Rikardo, que hizo una versión roquera de uno de sus temas.

Discos y escenarios

Miguel también tiene su propia producción discográfica. Su primer álbum fue “Acordes de Tierra Adentro”, publicado en 2003. Más adelante grabó “Levantando Polvareda”, compartido con Óscar Ramírez, y participó en otros, como los dos volúmenes publicados en la década del 2000 por el colectivo Los Cantores de Paysandú. También fue parte del ciclo “Autores en Vivo” de Agadu, en la Sala Podestá, acompañado por Kiko Márquez, Sandalio Hernández y José César Fontoura. En cuanto a presentaciones, destaca las que realizó en Montevideo, en la Sala Zitarrosa, y en el Teatro Florencio Sánchez de Paysandú, donde presentó uno de sus discos acompañado por Mauricio Castro y Numa Moraes.
Hoy en día, ya jubilado, reparte sus días entre Paysandú y su pueblo natal, donde siguie encontrando refugio e inspiración. “Viste que acá en Paysandú no tengo mucho espacio como para hacer cosas. Entonces, a veces me voy a desasnarme un poco, a desestresarme allá en mi pueblo, ¿viste? A estar adentro de los árboles, con sombra natural, cerca de los animales y de la gente, que en esos pueblos chicos es como una familia grande. Todavía existe eso de que se puede dormir afuera o dormir con una ventana abierta. Todavía no ha llegado el disfrazado de perro ni de gato allá”. Mientras tanto todas esas canciones, nacidas de la tierra y del trabajo, de la memoria y del monte, continúan volando en el viento y encontrando nuevas voces que las hacen suyas.