A la cabeza del consumo de drogas

Uruguay vuelve a situarse en una posición incómoda dentro del mapa regional del consumo de drogas. Esta vez, por la expansión de la ketamina, una sustancia que, lejos de limitarse a nichos marginales, ha permeado distintos estratos sociales y formas de ocio. El dato no surge de percepciones aisladas, sino de un informe reciente de la Organización de los Estados Americanos, que advierte sobre un cambio estructural en los patrones de consumo en las Américas entre 2019 y 2025. Ese cambio tiene un rasgo distintivo: la mezcla.

Ya no se trata únicamente de una droga, sino de combinaciones cada vez más complejas y difíciles de rastrear. Sustancias que se entrecruzan —estimulantes, opioides sintéticos, benzodiacepinas, sedantes veterinarios— y que generan un producto final de composición incierta y efectos potencialmente más dañinos. El informe regional es contundente: siete de cada diez alertas registradas en 2024 correspondieron a drogas con múltiples componentes. En otras palabras, el mercado ha mutado hacia una lógica más opaca, más dinámica y, sobre todo, más riesgosa.

En Uruguay, el fenómeno encuentra terreno fértil. No es nuevo que el país figure en posiciones elevadas en los rankings de consumo de distintas sustancias. Pero la ketamina introduce un matiz particular: su acceso relativamente sencillo. Aunque su uso recreativo no está habilitado, se trata de un anestésico de uso veterinario cuya circulación, bajo regulación del Ministerio de Salud Pública, no ha impedido desvíos hacia circuitos informales. Esa porosidad en el control abre una puerta que, en la práctica, resulta difícil de cerrar.

A ello se suma un perfil de consumidor que desafía ciertos estereotipos. No se trata, en su mayoría, de personas en situación de exclusión, sino de jóvenes y adultos jóvenes que estudian o trabajan, con ingresos propios y acceso a espacios recreativos donde estas sustancias circulan con naturalidad. Fiestas electrónicas, reuniones privadas, ámbitos donde el consumo se integra como una experiencia más, muchas veces bajo la idea de que se trata de una práctica controlada.

Sin embargo, esa percepción dista de la realidad. La ketamina es una droga psicoactiva con efectos que van desde la disociación hasta alteraciones cognitivas y físicas de consideración. Su combinación con otras sustancias potencia los riesgos: problemas digestivos severos, daños renales, afectaciones en la salud mental. Aun así, la percepción de peligro sigue siendo baja. Y allí radica uno de los núcleos más preocupantes del problema.

Los datos disponibles son elocuentes. Uno de cada tres consumidores manifiesta síntomas de adicción, aunque muchos se autoperciban como usuarios ocasionales. En paralelo, estudios en población adolescente revelan un desconocimiento significativo sobre los riesgos asociados al consumo, incluso en su fase experimental. Entre 2007 y 2021, la percepción de riesgo cayó de manera sostenida, mientras que la accesibilidad aumentó. La ecuación, conocida, no admite demasiadas sorpresas en sus resultados.
El fenómeno, por cierto, no es exclusivo de Uruguay. A nivel global, la ketamina se ha expandido con rapidez, incluso en contextos donde se exploran usos terapéuticos, como el tratamiento de la depresión. Esa dualidad —fármaco y droga recreativa— contribuye a diluir la percepción de daño y a reforzar la idea de que su consumo puede ser, en determinados marcos, inocuo. Pero la evidencia muestra que, fuera de contextos clínicos controlados, los riesgos son significativos.

En Europa, varios países ya consideran su consumo un problema emergente de salud pública, particularmente entre adolescentes y jóvenes. Las muertes asociadas a mezclas de sustancias refuerzan una tendencia que, lejos de atenuarse, se consolida. En América Latina, el cruce con opioides como el fentanilo agrega un componente adicional de gravedad.

En este escenario, Uruguay enfrenta un desafío que no admite dilaciones. La regulación vigente, si bien establece controles formales, no ha logrado impedir la circulación irregular de la sustancia. Tampoco las políticas de reducción de daños han conseguido revertir una tendencia al alza en el consumo. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué está fallando?

Parte de la respuesta puede encontrarse en la falta de visibilidad del problema. A diferencia de otras drogas con mayor presencia en el debate público, las sintéticas suelen transitar por circuitos menos expuestos, lo que dificulta su incorporación plena en la agenda. A ello se suma la velocidad con que evolucionan: cuando los sistemas de alerta identifican una sustancia, el mercado ya ha dado un paso más.
Pero también hay factores culturales y sociales que inciden. La búsqueda de experiencias, la naturalización del consumo en determinados entornos, la percepción de control individual frente a sustancias que, en realidad, escapan a ese dominio. Todo ello configura un escenario complejo, donde las respuestas simplistas resultan insuficientes.

Uruguay, además, arrastra un contexto más amplio, marcado por el incremento del tráfico de drogas y su vínculo con episodios de violencia. Si bien no se trata de fenómenos idénticos, comparten un trasfondo común: la expansión de un mercado que encuentra nuevas formas de adaptarse y crecer.
Frente a ello, la inacción no es una opción. Se impone una revisión de los mecanismos de control sobre la distribución de ketamina, así como un fortalecimiento de las estrategias de prevención, con foco en la información y la educación. No se trata únicamente de advertir sobre los riesgos, sino de generar conciencia en una población que, en muchos casos, subestima las consecuencias. El desafío es, en última instancia, político y social. Requiere coordinación institucional, actualización normativa y una mirada que trascienda lo inmediato. Porque, de lo contrario, el problema seguirá avanzando en silencio, hasta que sus efectos resulten imposibles de ignorar.

Uruguay ya ha demostrado, en otros ámbitos, capacidad para enfrentar debates complejos en torno a las drogas. Este caso no debería ser la excepción. Pero para ello es necesario reconocer que la ketamina —y, sobre todo, su mezcla con otras sustancias— no es una moda pasajera, sino un síntoma de transformaciones más profundas en los patrones de consumo.

El tiempo para actuar es ahora. Porque, como suele ocurrir en estos procesos, cuando las consecuencias se vuelven evidentes, las opciones de respuesta son más limitadas. Y el costo, tanto en términos individuales como colectivos, es mucho mayor.

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