El racismo no es broma en Brasil

Nordelta, el racismo en el paraíso.

(Por Horacio R. Brum)

Usualmente se circunscribe el Sitio de Paysandú a las luchas partidistas del siglo XIX, pero ese episodio heroico fue el prólogo de una gran tragedia americana: la guerra del Paraguay o de la Triple Alianza. Cuando el caudillo colorado Venancio Flores se alzó contra el gobierno constitucional uruguayo, con el apoyo militar de Brasil y las simpatías de Argentina –que le permitió organizar en su territorio la expedición de los insurrectos–, el dictador paraguayo Francisco Solano López resolvió intervenir en favor de Uruguay, para mantener el equilibrio geopolítico en la región platense. López aspiraba a convertir a su país en una potencia regional, algo que los gobiernos de Buenos Aires y Río de Janeiro no estaban dispuestos a permitir. Cuando los brasileños invadieron el territorio oriental, el gobernante paraguayo mandó tropas contra la provincia de Mato Grosso y solicitó al presidente argentino Bartolomé Mitre el permiso para enviar un ejército a Uruguay, a través de la provincia de Corrientes. Ante la negativa de Mitre, Corrientes fue ocupada por los paraguayos y los acontecimientos posteriores condujeron a una guerra en la cual Flores, ya apoderado del gobierno, comprometió a nuestro país, en agradecimiento por el apoyo de Brasil y Argentina.

Desde el comienzo, la Triple Alianza se propuso eliminar a López; el conflicto duró cinco años (1865-1870) y Paraguay fue sometido a una destrucción como no se había producido nunca antes en un país latinoamericano. Nueve de cada diez hombres adultos perecieron, Argentina y Brasil se apoderaron de trozos de Paraguay y Uruguay se quedó… con la gloria de los 200 soldados que sobrevivieron, de una brigada de más de 2000 efectivos. Al menos, en este país se reconoció pronto que la guerra contra la nación que dio refugio a Artigas había sido casi un genocidio y 15 años más tarde fueron devueltos los trofeos obtenidos en los campos de batalla.

Como en toda guerra, la denigración del enemigo es parte de la propaganda que anima a los combatientes y de la Guerra del Paraguay ha llegado hasta nuestros días una palabra que forma parte del léxico racista: macaco. De origen portugués, el término se aplica a los monos y los soldados paraguayos lo emplearon para insultar a las tropas brasileñas, en las que abundaban los elementos negros, afroamericanos en el lenguaje de nuestra época. Los argentinos y los uruguayos, siempre creídos de ser más “europeos” que otros latinoamericanos, adoptaron la palabreja, que llegó hasta ahora con el mismo contenido insultante y suele aparecer en los partidos de fútbol.

En abril del año pasado, durante un partido entre el Internacional de Porto Alegre y Nacional, un relator de Pasión Tricolor, el programa de los hinchas del cuadro uruguayo, trató de macaco a un partidario del cuadro brasileño, que se acercó a su cabina a gritarle un gol en la cara. Consciente de la seriedad con que se tratan en Brasil los insultos racistas, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) canceló la acreditación del periodista por tiempo indeterminado. Poco antes, había sido un turista argentino el protagonista de un incidente racista, al emplear la misma palabra contra una mujer que supuestamente le molestaba con su mochila en un ómnibus de Río. El hombre fue detenido por la policía, porque las expresiones racistas son un delito en Brasil.

En febrero, una argentina comprobó a su pesar la eficacia y seriedad del actuar de la justicia brasileña en la aplicación de las leyes antiracismo. Por una discusión sobre el importe de la consumición en un bar de Ipanema, la mujer agravió a los mozos con la imitación de un chimpancé; tras ser denunciada, fue llevada a juicio, se le prohibió salir del país mientras duraban los procedimientos legales y se le colocó una tobillera electrónica, para evitar su fuga. La fiscalía pidió una pena de cárcel, que podía superar los cinco años, y una compensación económica para los empleados del bar. Después de dos meses en detención domiciliaria, la turista pudo volver a su país, previo pago de una fianza de 20.000 dólares y la garantía de la Cancillería de Buenos Aires de que se presentará en Brasil si la justicia lo exige para cerrar definitivamente el caso.

Significativa fue la escasa condena social en Argentina a la actitud de la mujer, porque los principales medios de comunicación respaldaron el papel de víctima de un error y de un sistema legal draconiano que ella misma exhibió mediante las redes sociales. El diario Clarín mandó un enviado especial, quien durante varios días hizo despachos a toda página, sin entrevista alguna a los mozos insultados, pero con las frases con que la agresora dramatizaba su situación, como: “Si me mandan a la cárcel, me mato”. Por otra parte, el gobierno hizo que un cónsul la acompañara en las audiencias.

El artículo 25 de la Constitución Argentina, que fue reformada en 1994, todavía dice que el gobierno federal “fomentará la inmigración europea”. El ideólogo de esa carta magna fue Juan Bautista Alberdi, que opinaba así sobre sus compatriotas americanos: “Aunque pasen cien años, los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses… En vez de dejar esas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen, ¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?… ¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto?” A un siglo y medio de esas palabras de Alberdi, tanto ellas como el artículo de la Constitución sorprendieron al sociólogo Ricardo Greene, quien investigó los comportamientos de los habitantes del gigantesco barrio cerrado bonaerense Nordelta, para su libro Vivir en un barrio cerrado. Conversando con esa gente, Greene notó que “una palabra se repetía como un rumor de fondo en boca de los nordelteños: “negros”… cada vez que hablaban de quienes vivían extramuros, la utilizaban de manera despectiva, no como descripción de un rasgo individual –el color de piel no tiene tanta importancia– sino como un estigma colectivo”.

Tanto en Argentina como en Uruguay, esa palabra puede tener connotaciones cariñosas, ya sea entre las parejas o para apodar a personalidades de la música y la cultura, pero el uso peyorativo marca divisiones de clases y al otro lado del Plata se relaciona con una frase muy usada otrora por los porteños para denigrar a quienes venían a la capital desde la Argentina profunda: “cabecitas negras”, por el color de sus cabellos. Actualmente, también hay un repertorio de gentilicios despectivos para los inmigrantes; “bolitas” son los bolivianos y “paraguas” son los paraguayos, por ejemplo.

Los cánticos racistas y homofóbicos son comunes en los estadios, como parte de la violencia que plaga al fútbol argentino, y se los suele disculpar como “cosas del fútbol”. En cuanto a lo de creerse europeos, Alberto Fernández, el antecesor de Javier Milei, creó una situación embarazosa durante la visita de Estado, en 2021, del presidente del gobierno Español, Pedro Sánchez. Para resaltar los vínculos con España, Fernández expresó que los mexicanos salieron de los indios, los brasileros “salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos”. Aunque el mandatario dijo estar citando al gran escritor mexicano Octavio Paz, en realidad había tomado prestado un verso de una canción del rock nacional.
El presidente Milei, mediante su intenso uso de las redes sociales y los discursos ante auditorios cautivos o complacientes, ha dado a los insultos procaces una presencia pocas veces vista en la política nacional. “Mandriles” es su calificativo favorito para quienes lo critican o simplemente no comparten sus ideas. El término se refiere al trasero colorado de esos simios, en una interpretación demasiado obscena como para ser incluida en esta nota. Causó asombro y preocupación a este corresponsal el empleo de tal palabra para referirse a los kirchneristas por parte de una votante de Milei, profesional universitaria y buena católica.

En ese contexto, no es de extrañar el comportamiento racista en Río hacia unos trabajadores gastronómicos brasileños de una mujer que los medios nacionales, compasivos con ella, han descrito como “una joven abogada”. Además, el propio gobierno argentino respaldó su autoadjudicada condición de víctima, al ser recibida por la senadora y exministra de Seguridad Patricipa Bullrich y darle la bienvenida el presidente Milei en uno de sus mensajes por las redes sociales. Para confirmación del racismo que dio origen al caso, pocos días después, el padre de la turista fue filmado haciendo el mismo gesto simiesco, durante los festejos en bar por el regreso.

Ella, que no estaba presente, rechazó la acción, pero hasta ahora sigue dando entrevistas a los medios para justificarse.

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