Capacitación para la prevención de fiebre aftosa, una decisión oportuna en estos tiempos

Las recientes Jornadas Uruguayas de Buiatría volvieron a poner sobre la mesa un tema que, para muchos uruguayos, parecía haber quedado definitivamente atrás: la fiebre aftosa. Sin embargo, detrás de las exposiciones técnicas, los modelos epidemiológicos y las herramientas de evaluación de riesgo presentadas por especialistas del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y de la Facultad de Veterinaria, subyace una realidad ineludible: Uruguay sigue conviviendo con la amenaza de una de las enfermedades animales más devastadoras para cualquier país productor de carne.
La discusión no es meramente veterinaria. Tampoco se limita al ámbito de la producción ganadera. En Uruguay, donde la carne vacuna constituye uno de los pilares históricos de la economía, la fiebre aftosa representa un asunto estratégico de alcance nacional. Está en juego la estabilidad de una de las principales cadenas exportadoras del país, el acceso a mercados internacionales de alto valor y, en definitiva, una parte sustancial de la reputación sanitaria construida durante décadas.
Los avances alcanzados en América del Sur son indudables. En el Cono Sur, los países reconocidos oficialmente como libres de fiebre aftosa sin vacunación en todo su territorio son Chile, Bolivia y Brasil. Adicionalmente, Argentina cuenta con zonas reconocidas como libres sin vacunación, como la región de la Patagonia. Precisamente, nuestra vecina Argentina posee estatus mixto: mientras que la región norte mantiene la vacunación, zonas específicas como la Patagonia son reconocidas como libres sin vacunación, según el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa). A la vez, Uruguay mantiene el estatus de país libre de fiebre aftosa con vacunación, apoyado por el MGAP, al igual que otras zonas de Sudamérica. Uruguay continúa sosteniendo esta condición en una estrategia que ha demostrado eficacia y que sigue siendo defendida por las autoridades sanitarias.
Sin embargo, el debate adquiere mayor complejidad cuando se observa el escenario internacional. El virus continúa circulando en extensas regiones de África, Asia y Medio Oriente. Los movimientos comerciales, el tránsito de personas y mercancías, así como la creciente interconexión global, hacen que ningún país pueda considerarse completamente inmune. La sanidad animal ya no depende únicamente de las fronteras geográficas; depende de sistemas de vigilancia sofisticados, capacidad de respuesta inmediata y cooperación internacional.
Precisamente por eso resulta relevante el trabajo presentado durante las 53.ª Jornadas de Buiatría. El desarrollo de modelos epidemiológicos y análisis de riesgo cuantitativos constituye una evolución necesaria para anticipar escenarios, identificar vulnerabilidades y fortalecer la preparación ante eventuales emergencias. La incorporación de Uruguay al Banco Regional de Vacunas y Antígenos contra la fiebre aftosa y la realización de un simulacro nacional previsto para este año apuntan en la misma dirección: prepararse antes de que ocurra una crisis. Pero hay una razón aún más poderosa para mantener la guardia alta: Uruguay ya vivió una tragedia sanitaria de enormes proporciones entre 2001 y 2002. Aquel episodio marcó un antes y un después para la ganadería nacional. El brote de fiebre aftosa obligó a declarar la emergencia sanitaria, paralizó exportaciones, cerró mercados internacionales y generó pérdidas económicas multimillonarias en momentos en que el país atravesaba además una de las crisis económicas más profundas de su historia reciente.
La imagen de miles de productores enfrentando incertidumbre, restricciones de movimiento y desplome de precios todavía permanece en el recuerdo de quienes atravesaron aquella situación. El impacto no se limitó al sector agropecuario. La caída de ingresos por exportaciones afectó a transportistas, frigoríficos, comerciantes y numerosas actividades vinculadas a la cadena cárnica. En un país donde la ganadería tiene un peso económico, social y cultural tan significativo, la aftosa se transformó en un problema nacional.
Aquella experiencia dejó varias lecciones. La primera es que la sanidad animal constituye un activo económico tan valioso como cualquier infraestructura física. La segunda es que la prevención resulta infinitamente menos costosa que la recuperación. Y la tercera, quizás la más importante, es que el éxito sanitario puede generar una riesgosa sensación de seguridad.
Han transcurrido más de dos décadas desde aquellos brotes. Muchos de los técnicos y funcionarios que hoy integran los servicios veterinarios oficiales no vivieron directamente aquella emergencia. Por eso resulta acertada la preocupación expresada por las autoridades respecto a la capacitación permanente y los ejercicios de simulación. La experiencia acumulada no puede perderse con el paso de las generaciones. Existe además un elemento geopolítico que merece atención. Mientras algunos países avanzan hacia esquemas sin vacunación, Uruguay debe evaluar cuidadosamente cada paso. La decisión no puede estar guiada únicamente por aspiraciones comerciales o por tendencias regionales. Debe sustentarse en evidencia científica, análisis de riesgo y una valoración realista de las amenazas existentes. La historia demuestra que recuperar un estatus sanitario perdido demanda años de esfuerzo y enormes costos económicos. La fiebre aftosa ya no ocupa los titulares con la frecuencia de otras épocas, pero eso no significa que haya desaparecido como amenaza. Al contrario: su bajo perfil actual es, precisamente, el resultado de décadas de inversión, vigilancia y compromiso sanitario.
Las Jornadas de Buiatría dejaron un mensaje claro: Uruguay está fortaleciendo sus herramientas de prevención y respuesta. Es una señal positiva. Pero también constituyen un recordatorio oportuno de que la memoria sanitaria es tan importante como la tecnología. Porque los países que olvidan sus crisis suelen estar condenados a repetirlas.
Y Uruguay, después de lo ocurrido entre 2001 y 2002, sabe perfectamente cuánto puede costar una nueva incursión de la fiebre aftosa.