Rosa Machado: del escritorio al taller, un espacio para enseñar, compartir y seguir haciendo

Rosa Machado Blanco, tiene 68 años, tras trabajar durante más de cuatro décadas en comercios y empresas sanduceras, se jubiló hace 7 años, pero su vida dista mucho de la pasividad. Por el contrario, hoy forma parte de un espacio de talleres y enseñanza textil, donde encontró una forma de seguir activa y compartir con otras mujeres.

En la entrevista que mantuvo con Pasividades, en el confortable living de su casa, Rosa contó que nació en 1957 y vivió toda su vida en Paysandú, donde creció en una familia con afecto y estabilidad. Su padre, Robertino, trabajaba en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, mientras que su madre, Rosa, se ocupaba de la casa y además tejía, cosía y bordaba.

Cursó Educación Inicial, Primaria y Ciclo Básico en el Colegio del Huerto hasta los 16 años y luego hizo el Bachillerato en el Liceo 1. Habló de esa etapa como una infancia tranquila y muy acompañada por amigas con las que todavía mantiene contacto. “Mi infancia fue divina, hermosa, llena de compañeras que hasta el día de hoy nos mantenemos en contacto. Era la época que el colegio no era mixto, era solo de niñas. La verdad que tengo un recuerdo precioso. Hasta el día de hoy seguimos en comunicación; tenemos un grupo y salimos por lo menos dos veces al año”, contó

Además de estudiar, participó en distintas actividades, como inglés, francés, dibujo y cerámica. “No me arrepiento de haber hecho de todo porque todo te deja algo”, aseguró.

Al terminar sexto de liceo decidió no continuar estudiando y la respuesta de su madre fue directa: “Si no vas a estudiar más, mañana tenés que trabajar”.

Según contó, consiguió empleo rápidamente. “Era otra época, salí a buscar trabajo y enseguida conseguí. Mi primer empleo fue en la talabartería Masseilot --que funcionaba en 18 de Julio y Montevideo--, un recuerdo precioso también. En esa época había que hacer DGI, Intendencia, bancos, y había que ir personalmente. Yo me ocupaba de eso, hablar no me costaba y hacerlo me encantaba”, recordó.

Al mismo tiempo, en la tarde trabajaba en la Confitería las Familias, una experiencia que recuerda especialmente porque supuso un cambio brusco entre la vida estudiantil y jornadas laborales extensas. “Yo supe armar Chajá, trabajé la zafra, pero fue agotador pasar de no hacer nada, estudiar solamente, a estar toda la mañana en la calle y entrar a las 2 de la tarde y a veces eran las 12 de la noche y seguíamos armando Chajá, pero no me arrepiento”, expresó.

Después, “trabajé en tienda Soler 2 años y después en la Farmacia Galaxia 8 años”, agregó. Concursó para ingresar a Azucarlito y obtuvo el cargo. Ese ingreso marcó el comienzo de la etapa laboral más extensa de su vida, que continuaría en Azucitrus. “Me jubilé en el 2018, hace 7 años, a los 61 años. Fue preciosa experiencia, todas, no me arrepiento de ninguna. Trabajé 37 años en esas empresas. Nunca dejé de trabajar”, señaló.

Rosa destacó que su último tramo laboral estuvo atravesado por una transformación profunda en la forma de trabajar y comunicarse. “Pasé por todas las etapas, desde el teléfono de disco hasta ir a aprender computación”, afirmó.

Recordó algunos momentos que daban cuenta de los avances tecnológicos y que surgían como novedades, como “cuando nos parábamos en EL TELEGRAFO a mirar cómo salía el fax”. O escenas que hoy parecen tan lejanas, cuando la comunicación entre el campo y la ciudad dependía de cadenas de llamadas entre teléfono, radio y oficinas. En este sentido, recordó mientras trabajaba tanto en Azucarlito como en Azucitrus, “la gente llamaba del campo al teléfono, del teléfono lo pasábamos a la radio y de ahí llamábamos al hijo que estaba estudiando en Montevideo para comunicarlos. Y hoy estamos con un aparatito de 10 cm hablando y viéndonos”, señaló, en referencia a los celulares y las videollamadas.

Pertenece a una generación que tuvo que adaptarse sin alternativas. “Yo pasé todo eso. No estoy disconforme con la etapa que viví, me siento ahora medio perdida porque la tecnología avanza muy rápido. Había que ir a clases de computación para poder seguir trabajando. Y si no querías aprender, o no podías, te quedabas. Era muy desafiante la época, pero divina”, reflexionó.

SU VIDA FAMILIAR Y UN NUEVO EMPRENDIMIENTO

En 1980 se casó con Nelson Romeo, tras un año de noviazgo. “Hace 45 años que estamos juntos. Tenemos 2 hijos, Lucía, y Gonzalo, y 4 nietos, Dante, Sofía, Juana y Gerónimo. Hace 35 años que vivo en esta casa, así que mi vida ha sido muy tranquila”, comentó sonriente. Rosa definió esa etapa como una vida sencilla, compartida entre el trabajo y los proyectos familiares.

Sin embargo, mucho antes de jubilarse ya había empezado a abrir otro camino. Según relató, hace alrededor de catorce años una amiga la invitó a un encuentro donde iban a bordar. Aceptó más por el encuentro que por interés en la actividad: “pero a un té con amigas no le decís que no”, dijo. Había crecido viendo coser a su madre y nunca había pensado que ella terminaría dedicándose a eso. Empezó con bordado y después descubrió el patchwork. “Eso me enamoró, ahí me compré mi primera máquina y empecé a ir a los talleres, me enganché”, aseguró.

Con el tiempo comenzó a organizar encuentros en su propia casa. Se reunían a tomar té, coser y conversar. El grupo fue creciendo hasta trasladarse a un salón del barrio.

Después llegaron las ferias y, más adelante, la apertura de un local. “La gente empieza a decir me gusta esto, pero lo quiero de otro color, o me hacés esto en tal tamaño, entonces, dijimos ¿por qué no abrir algo? Así abrimos la tienda Arte y Pach, en Libertad y Florida, que hasta ahora sigue en el mismo lugar”, contó.

Al principio el espacio combinaba venta de productos hechos por ellas con talleres. Con el tiempo la enseñanza fue ocupando el lugar central. “Al día de hoy seguimos teniendo cosas para vender, hacemos por pedido, pero el fuerte es enseñar. Ahí nos juntamos, va a hacer 9 años en octubre y enseñamos a bordar, macramé, crochet, tejido 2 agujas, corte y confección, costura creativa, patchwork”, señaló.

“ES UNA TERAPIA”

Consultada sobre qué es lo que significa para ella este emprendimiento, lo resumió con una palabra: “todo”. Y agregó: “la verdad que es una terapia”. Y en ello, también coinciden las mujeres que asisten a este espacio, donde es mucho más que un lugar de aprendizaje, pues “nos reímos, conversamos, nos actualizamos”, e incluso el tiempo transcurre sin notarlo, ya que la duración del taller suele extenderse mucho más de las dos horas previstas.

UNA VIDA LINDA Y TRANQUILA

Cuando mira su vida en retrospectiva, describió un recorrido estable y tradicional, con una infancia sin grandes conflictos, de una familia de tres hermanos y de una vida adulta compartida con su esposo, ambos trabajando y construyendo en conjunto.

“Linda, tranquila, muy tradicional”, resumió sobre su historia.

Recordó con especial cariño su paso por la radio, una experiencia que vivió durante una década y que marcó otra faceta de su vida activa. “Me encantó hacerlo”, aseguró.

Al referirse a quienes llegan a la jubilación, consideró que no existen fórmulas únicas de cómo vivir esta etapa, sino que cada persona encuentra bienestar de una manera distinta. Hay quienes disfrutan de quedarse en casa, otros de salir, aprender o empezar algo nuevo. “Cada uno tiene que disfrutar lo que realmente le hace bien. Cada uno disfruta de la vida a su manera”, concluyó.

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