Las expresiones del ministro de Ambiente, Edgardo Ortuño, en la reciente Expo Uruguay Sostenible dan cuenta de una innovación cultural de importancia que asignará un valor financiero directo a la entrega de residuos plásticos por parte de los consumidores.
Se trata del Plan Vale (Valorización de Envases) que llevará adelante este ministerio con la participación de la Cámara de Industrias del Uruguay (CIU) y más de 2.500 empresas. Será ni más ni menos que el primer sistema de depósito, devolución y reembolso a escala nacional de Latinoamérica.
De esta manera, el “use y tire” que atraviesa las prácticas cotidianas de gran parte de la población y convierte al consumo en un acto de un momento y a los residuos en una herencia que contamina cuencas, playas y periferias —por varias generaciones en el caso del plástico— podría tener una disminución importante a partir de un cambio de comportamiento sustentado en el incentivo económico.
El mecanismo introduce una premisa totalmente innovadora en la región pero ya utilizada en otras partes del mundo: asignar un valor financiero directo al residuo en su entrega. De esta manera, cuando el consumidor adquiera, por ejemplo, una bebida, pagará una fianza sobre el contenedor, dinero que le será devuelto de manera íntegra solamente cuando restituya el envase vacío en los puntos de recepción manual o automatizada que se colocarán en distintos lugares del territorio nacional.
Para un país que tiene una tasa de recuperación de envases de apenas el 5%, alcanzar la meta del 50% de valorización —esto es, retirar unas 50.000 toneladas anuales de materiales— es un gran desafío que, como enfatizó el ministro Ortuño, implica no solo una transición logística sino un cambio cultural profundo. El éxito del plan, que por mucho tiempo pareció una utopía, representaría un salto cualitativo que medirá si tenemos la madurez para transitar de la comodidad del descarte inmediato en cualquier lugar a la circularidad absoluta.
El andamiaje legal en el que se sustenta esta iniciativa, que se pretende instalar como política pública, es robusto.
El Plan Vale está creado por la resolución 271/2021, que obliga a desplegar un plan de gestión de envases en todo el territorio nacional, y está también alineado con la Ley 17.849 de promoción del reciclado de envases. Incluye alianzas con firmas de ingeniería local y gigantes tecnológicos globales expertos en logística inversa, que se encargarán del “cerebro” informático del sistema, el cual entrelazará los comercios, los reembolsos financieros y la trazabilidad física del material.
Por otra parte, el despliegue territorial del proyecto rompe el centralismo montevideano para llegar a las 19 capitales departamentales y a localidades de más de 5.000 habitantes. Se recibirá plástico PET, latas de aluminio, vidrio y envases multilaminados (tetra brik). Una vez limpios y clasificados, alimentarán un circuito cerrado de economía circular, suministrando materia prima secundaria de alta calidad a la industria nacional y reduciendo la huella de carbono en el proceso.
Según informó el ministro Ortuño, el cronograma del plan contempla que este año se inicien las obras de la planta de consolidación metropolitana para avanzar a partir de 2027 hacia la instalación de las terminales automáticas de recepción.
Más allá de los sistemas informáticos y las máquinas, la gran verdad es que el éxito del sistema se juega en las manos del consumidor, a quien se le reembolsará el dinero que se le cobró al comprar. Con esto el envase deja de ser basura para transformarse en un activo financiero latente. El incentivo está allí, pero también será necesario superar la inercia cotidiana para decidir llevar envases a los puestos de recepción. Es necesario pensar también en qué lugar del circuito quedan los clasificadores informales, para que el plan no lesione su medio de subsistencia a través de la recolección de PET y aluminio. En ese sentido, parece imperativo que el Plan Vale sea también una fuente de dignificación, transformando esa recolección marginal en un empleo “verde” bajo condiciones laborales formales.
La experiencia uruguaya, si bien será pionera en América Latina —lo cual se facilita también por nuestro reducido tamaño y escasa población—, no es una innovación total: existen experiencias en Europa que es necesario tener en cuenta y de las que conviene aprender de sus aciertos y errores.
Alemania, con un depósito de aproximadamente 25 centavos de euro para envases de un solo uso, alcanza una tasa de recuperación del 97%, habiendo erradicado el descarte en lugares públicos. Noruega aplica un impuesto ambiental a los productores que se reduce a cero si el sector supera el 95% de recuperación, alineando así los intereses corporativos con los objetivos del Estado. Lituania, por su parte, pasó de reciclar el 34% al 92% en dos años gracias a una agresiva campaña de concientización y accesibilidad total de las terminales de entrega. En este sentido, la experiencia internacional indica que se debe asegurar la proximidad de los puntos de entrega de envases para no ahuyentar al consumidor, además de contar con un etiquetado estricto que evite el fraude por envases provenientes del contrabando, por ejemplo.
El Plan Vale llega en un momento en que la marca “Uruguay Natural” se encuentra muy golpeada y debe dejar de ser un eslogan publicitario para insertarse en un orden mundial que exige certificaciones “verdes” estrictas. Para eso se necesitan métricas, planes y estrategias auditables.
Para un país agroexportador que aspira a mercados de alto valor no es nada bueno contar con apenas un 5% de posibilidad de reciclado de plásticos, porque todos sabemos que la contaminación por microplásticos afecta las cuencas de ríos y arroyos y amenaza la salud animal y humana. Si el Plan Vale funciona y puede retirar 50.000 toneladas de residuos, estará subsidiando nuestra resiliencia ambiental. Para esto también es imprescindible que los costos logísticos del sistema no se recarguen en el consumidor final, como forma de garantizar que el depósito sea financieramente neutro para el ciudadano responsable. Pero claro, esa es quizás la parte más difícil, porque si un producto se encarece, sea por la causa que sea, termina costando más caro al consumidor, porque la magia no existe y nadie produce un producto para perder plata.
Como ciudadanos, el plan nos enfrentará a un ejercicio de autodisciplina que, si somos capaces de gestionar y superar con éxito, significará una mejora sustancial para la calidad de vida ciudadana y una lección que este pequeño país podría dar al mundo: el paso de una utopía circular a una realidad que se niega al descarte. Y ese es un partido que recién empieza a jugarse.
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