Pescador por tradición familiar, el sanducero César Iturria lleva más de medio siglo viviendo junto al río Uruguay y prácticamente toda una vida dedicado a la pesca artesanal. Un mediodía de junio llegamos hasta su casa, ubicada en las inmediaciones de Playa Park, donde conversamos con él mientras los rayos del sol aliviaban por un rato el frío invernal. En el fondo de la escena, el río acompaña en silencio el relato de alguien que nació y creció a su lado, cuya historia refleja la persistencia de un oficio tan antiguo como sacrificado.
Vivir junto al río
César se define como pescador artesanal. Cuando le preguntamos cómo llegó al oficio, su respuesta remite a una historia familiar ligada a la pesca desde hace muchas décadas. “Llegué gracias a mis padres. Mi padre, mis tíos, eran todos pescadores. Tengo 56 años y debe hacer 55 que pesco. Nací en el río, prácticamente. Llevo toda una vida viviendo acá, pegado al río”. Su padre, José María Iturria —conocido como “el Mula”—, también fue pescador, al igual que sus tíos “Moquillo”, “Peca”, “Oreja” y Pedro Iturria. Hoy la tradición continúa, aunque de forma más reducida. “Está mi hermano, que pesca, y después mi primo. Somos tres pescadores en la familia”.
Esas circunstancias lo han llevado a conocer muy bien la zona donde siempre vivió y trabajó. En ocasiones, sins embargo, debió desplazarse en busca de mejores oportunidades de pesca. “También he pescado en Casa Blanca, donde estuve cuatro o cinco años. O en Río Negro, allá donde están los dos puentes, también anduve pescando. Cuando acá no hay hay que disparar para el otro lado, buscarle la vuelta”.
¿Cómo es una jornada de trabajo? “Me levanto a eso de las cinco y media, tomo mate, y a las seis y media o siete ya estoy en el río”. En verano comienza todavía más temprano. “A las cinco de la mañana ya estamos en el río, prácticamente”. Pero antes de pescar hay que conseguir la carnada. Durante los meses fríos, buena parte del trabajo consiste en recolectar isocas, una tarea que demanda varias horas diarias. “Ahora en invierno uno sale a juntar isocas a eso de las diez u once de la mañana. Estás tres o cuatro horas sacando isocas. Como ahora hay muchas viviendas por todo Paysandú, tenés que salir a hacer ruta para poder encarnar”.
La elección de la carnada no es un detalle menor. “El bagre blanco, el bagre amarillo y alguna velita salen prácticamente con isocas. Para el invierno es fundamental. Acá, donde pescamos nosotros, la isoca es fundamental”. En otros puntos del río la realidad es diferente. “Ahí en Casa Blanca pescan con carnada blanca; ahí arriba, en Número 9, también. Nosotros ya tenemos el pescado mal enseñado con isocas”, dice entre risas. Cuando era niño, recuerda, bastaba recorrer los alrededores de la costa para encontrarlas. “Me acuerdo que era un gurí chico y mis padres sacaban isocas ahí enfrente, atrás de los eucaliptos. Pero ahora no hay. Tenés que hacer ruta nomás”. Conseguirlas implica conocer bien dónde buscarlas. “Tenés que escarbar”. También existe la llamada “isoca brava”, que aparece después de las lluvias y exige un esfuerzo adicional. “Ahí sí que tenés que escarbar bastante, esforzarte un poco”.
En cuanto a la llamada carnada blanca, incluye pequeñas especies utilizadas como cebo natural. “Mojarritas, pejerrey, virolitos chicos…”. Durante el verano resulta más fácil conseguirla. “Tirás la red y sacás”. El invierno, en cambio, complica todo. “Te mata porque tenés que salir. Perdés tres o cuatro horas y a veces es lo único que tenés para encarnar”. La lombriz podría parecer una alternativa lógica, pero para César no ofrece los mismos resultados. Además, las características de la costa donde vive y trabaja dificultan cualquier intento de producirla en cantidad. “Acá no se puede hacer eso. El río llega a seis o siete metros, y tampoco podés plantar. Viene una creciente y te mata todo”. A ello se suma que su vivienda se encuentra en una zona próxima a los conductos por donde llegan al río efluentes industriales, un entorno que, según señala, tampoco favorece la cría de lombrices ni la disponibilidad de otros recursos que podrían utilizarse como carnada.
Del espinel a la mesa
Para salir a pescar César cuenta con una chalana “y un motorcito 3,3. Y ahí vamos todos los días, como dijo uno: a salirle duro nomás”. Amarra la embarcación en un punto situado entre Playa Park y el Club Remeros, y cada jornada debe trasladar el motor desde su casa hasta el río y viceversa. “No podés dejarlo. Cambió mucho todo”, explica. “Antes vos dejabas el motor, dejabas los remos, y no tocaban nada. Pero el año pasado me robaron dos pares de remos. ¿Y qué hice? Hice remos de caña, con unos palitos chicos. Y no me los roban”, cuenta entre risas.
Su principal herramienta son los espineles, “porque acá no se puede pescar con trasmallo ¿no? Por lo menos en esta zona, donde somos cuatro pescadores, entre Playa Park y el Remeros, pescamos todos con espinel”. La conversación deriva entonces hacia una realidad que conoce de primera mano: la presencia cada vez menor de los pescadores artesanales de la costa sanducera. Donde antes abundaban las embarcaciones, hoy quedan apenas unos pocos trabajadores. “En otras épocas habría treinta o cuarenta pescadores. Ahora, en la zona que yo conozco, desde el puente hasta Casa Blanca, seremos seis u ocho, reventando. Más de eso no son. Es lo que yo veo moverse en el río. Después, pescadores de orilla, hay cientos”.

Cuando se le pregunta qué le gustaría que supieran quienes consumen pescado de río, destaca la calidad del producto que obtiene diariamente. “Es pescado sano. Nosotros pescamos acá enfrente, que es todo un lugar limpio”. También considera que la calidad ambiental del río ha mejorado respecto a décadas pasadas. “Está mucho más limpia el agua. Pero ¿cuántas fábricas cerraron también?”, reflexiona.
En su caso, no le faltan compradores. “Clientes tengo. Vendo en la costa, y la gente ya me conoce, viene a buscar. Uno ya es conocido por la pesca, prácticamente desde la época en que estaban vivos mis padres y mis tíos. La gente sabe dónde venir a buscar pescado”. Durante el invierno las ventas disminuyen, aunque conserva una clientela estable. “Siempre tenés tus clientes. Pero en verano marcha más el pescado. Te digo la verdad: no te da el pescado que sacás para los clientes que hay”. La mayoría lo contacta directamente por teléfono o mensajes, y ya conoce las particularidades de una actividad cuyos horarios dependen de lo que ocurra en el río. “Les digo que me voy a las siete de la mañana, pero horario para volver no tengo. Puedo estar en casa a las nueve, o a las diez. Porque no sabés qué te puede pasar. A veces cortás un espinel y tenés que arreglarlo. Todo lleva tiempo”.
La explicación ayuda a comprender el trabajo que existe detrás de cada pescado que llega a la mesa. El espinel, que puede medir unos cien metros, requiere mantenimiento constante. Cada jornada implica revisar anzuelos, retirar las capturas, volver a encarnar y controlar que la creciente o la corriente no hayan dañado la línea. “Podés ganar como podés perder”, resume. Una vez obtenidas las piezas comienza otra tarea que también exige experiencia. “Los limpio allá en el río, los enjuago, los lavo de vuelta y fileteo todo sin espina. La gente se lleva los filetes sin espinas”.
Las señales del río
¿Existen secretos que un pescador conozca especialmente?, preguntamos. “Secretos no hay”, responde César. “Tenés que ir. A veces tirás los espineles en algún lado y el río no corre, o está muy playo, o bajó mucho. Hay que buscar más en lo hondo”. La pesca, explica, está lejos de ofrecer resultados seguros. “A veces pasás tres o cuatro días sin sacar nada. Sacás un bagre o dos, no sé, o un kilo de bife… Pero hay días que igual sacás cincuenta o sesenta bagres. La pesca es así. No es algo constante, que estés todos los días sacando muchos pescados”. Cuando le preguntamos por aspectos como el clima, las fases de la luna o el comportamiento de los peces, reconoce que también forman parte de los conocimientos que se adquieren con los años. “La Luna es brava, porque hay mucho descarne”. Durante determinadas fases, explica, aumenta el riesgo de que los peces capturados mueran o se deterioren antes de ser retirados de los espineles. “En verano te agarra la Luna y te mata el pescado. Vas al otro día, por más temprano que vayas, y ya está muerto”.
Sucede también que muchas veces la pesca depende de factores que escapan al control del pescador: el clima, las crecientes, el viento o la propia disponibilidad de peces. Con los años, César aprendió a interpretar muchas de las señales que ofrece el río, aunque reconoce que no siempre es posible elegir cuándo salir. “A veces hay tormenta y tenés que salir igual, porque necesitás salir igual. Estás jugando con la vida prácticamente. No sabés lo que te puede pasar, pero a veces tenés que salir porque no tenés solución, y de algún lado tenés que comer. Es como todo. A veces hay mucho viento, y bueno, tenés que aguantarte nomás, no podes entrar hasta el otro día. A veces uno tiene que resignarse y venirse para la casa, ¿y qué vas a hacer? Pero otras veces te metes igual, porque no tenés solución. Pasás cuatro o cinco días sin ir al río, y es brava esa. Y cuando hay poco pescado, es más difícil todavía”.
En invierno, las especies más frecuentes son el bagre amarillo y el bagre blanco. “En verano agarrás algún mandubí, algún manduvá, algún patí lindo. Agarrás eso en verano, con carnada blanca. Pero el pescado casi siempre es el mismo. A veces sale algún manguruyú lindo, de 4 kilos o 5 kilos. Pero no siempre. Es contado eso”. Su experiencia también le permite afirmar que el río Uruguay ha cambiado mucho en las últimas décadas. “Cambió un disparate”. Hace veinte o veinticinco años, recuerda, “se sacaba mucho más pescado. Había armado. Ahora sacás uno o dos, y son armados chicos. El surubí también. En 1985 salía surubí. Ahora, si sacás un surubí, sos Gardel. Porque no hay. Tirábamos espineles del muelle para abajo y había surubí. Ahora es contado”.
Más allá de las variaciones estacionales, las mayores dificultades suelen llegar de la mano del propio río. “Lo que afecta más, a veces, son las crecientes, porque vos perdés todo. El espinel lo perdés. Lo dejás, te aguantás, te aguantás, y cuando querés acordar, perdiste todo”. Cuando el agua sube demasiado, además, la actividad se vuelve prácticamente imposible. “Ya estás perdiendo el jornal”.
Recuerda que años atrás existió algún mecanismo de apoyo para los pescadores durante esos períodos en que el río impedía trabajar. Pero con el tiempo dejaron de funcionar. La preocupación por las condiciones de vida del sector llevó también a la creación de la Asociación de Pescadores del Litoral, de la que fue presidente entre 2016 y 2017. “Fueron cosas que venían lindas, pero no funcionaron”.
En su caso, de todas formas, siempre procuró mantenerse con sus propios medios, utilizando la chalana, el motor y los espineles que ya poseía. “No pedí nada”, afirma.
El Río es un lujo
Después de más de cinco décadas junto al río, tiene muchas anécdotas. Algunas son motivo de risa; otras no tanto. “Una vez fui a agarrar un bagre y me atravesó la mano de lado a lado”, cuenta mientras muestra la zona afectada. En otra oportunidad fue una chuza la que le dejó una dolorosa marca en el pie. Entre tantos recuerdos, sin embargo, hay uno que ocupa un lugar especial: la captura de un surubí de 53 kilos, en 2009. Recuerda que lo pesó en una leñería que funcionaba cerca de su casa “y vino mucha gente, que no sé cómo se enteró. Me acuerdo que lo colgué en un árbol que había ahí. Estaba lleno de personas sacándose fotos”. Aún hoy considera que aquella fue una de sus mejores jornadas de pesca y que desde entonces en Paysandú no ha vuelto a aparecer un ejemplar similar. “Hay que ver años atrás ¿no?”. Entonces surge el recuerdo de su tío Moquillo, famoso por su habilidad para capturar surubíes. “Él se dedicaba a eso nomás. Sacaba tres o cuatro por día”. Pero enseguida vuelve al presente: “Cuando había. Ahora, si te dedicás a sacar surubíes, te morís de hambre. ¡No sacás ni uno!”.
La vida de pescador exige muchos sacrificios, pero no la cambiaría por otra. “No es fácil, pero me gusta más pescar, porque trabajo a conciencia”, afirma. Complementa sus ingresos con changas y trabajos ocasionales, y través del tiempo ha pasado distintas actividades. Entre ellas la cosecha de citrus, en la que trabajó durante quince años. A medida que avanza la charla, queda claro que hay algo más profundo en su relación con el río. “Ver amanecer, o estar toda la noche a veces en el río, pescando, encarnando, yendo y viniendo…”, enumera mientras busca la manera de describir lo que siente. Finalmente encuentra las palabras justas: “El río, te voy a decir la verdad, para mí es un lujo”. “Si estás estresado, te cambia la vida. Estar del otro lado de la isla, en verano, cuando amanece… es una vida aparte, prácticamente. Te olvidás de todo”, dice, y habla del río como quien habla de un viejo amigo.


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