Experiencia testigo

A la salida de la pandemia, el turismo de naturaleza tuvo un resurgimiento en Uruguay. Los motivos son elocuentes: esta crisis mundial marcó un punto de inflexión en la psicología del viajero y en la reconfiguración de la demanda turística a nivel mundial.
Así, lo que comenzó como una respuesta inmediata al confinamiento se configuró como un cambio en las preferencias de viaje, basado en la búsqueda de bienestar y del aire libre. El confinamiento aumentó el interés por los espacios abiertos y la desconexión del estrés urbano; comenzó a desarrollarse la tendencia hacia destinos no masificados y cobró fuerza el turismo de cercanía y los modelos que combinan el trabajo remoto con el ocio en entornos naturales.

En ese momento histórico, Uruguay ya contaba con algunas ventajas para atraer turistas con este perfil o interesar al turismo interno y regional. Entre ellas, la diversidad de entornos y paisajes en distancias cortas —que permite conectar en pocas horas la costa atlántica con humedales, sierras o monte nativo—, el impulso al turismo rural y en áreas protegidas, y la seguridad y calidad de vida, atractivos tanto para el turista regional como para visitantes de larga distancia.

Sin embargo, el crecimiento del turismo de naturaleza trae consigo una serie de advertencias a tener en cuenta. En primer lugar, si no se gestiona de forma responsable, la sobrecarga de visitantes puede destruir el recurso, por lo que es necesario adoptar con responsabilidad el principio de bajo impacto.

En la faja atlántica y del Río de la Plata esto implica prohibir la circulación de vehículos sobre las dunas para evitar la erosión y la destrucción de la fauna nativa; en los humedales y montes nativos como el Queguay o Santa Lucía, el desafío pasa por el manejo estricto de los residuos, la prevención de incendios, el cese de la caza ilegal de especies protegidas y el respeto a las comunidades locales.

Los ecosistemas prestan servicios vitales e intangibles —como la purificación del agua, la fijación de carbono, la contención de inundaciones y la recarga de acuíferos— que no pueden ponerse en riesgo por la imprudencia del turismo descuidado. Por otra parte, la arquitectura inclusiva, como las pasarelas accesibles recientemente inauguradas en el Queguay, no solo democratiza el disfrute para adultos mayores y personas con movilidad reducida, sino que encauza el paso del visitante protegiendo el suelo de la erosión.

Durante décadas, la relación entre desarrollo económico y conservación ambiental en el Uruguay profundo estuvo atravesada por la idea de que proteger el patrimonio natural implicaba ponerle un candado al territorio y frenar la producción. Esa visión resulta inviable ante las urgencias de la actualidad. En un contexto mundial y nacional marcado por la pérdida acelerada de biodiversidad, la contaminación de cuencas y el impacto del cambio climático, proteger la naturaleza ya no es un lujo sino una estrategia de supervivencia ecológica y, puede ser también, una herramienta para la resiliencia productiva y el desarrollo social.

En este escenario, el departamento de Paysandú tiene una propuesta de turismo de naturaleza que puede considerarse una experiencia testigo a escala nacional: el Área Protegida con Recursos Manejados Montes del Queguay. Con sus más de 20.000 hectáreas situadas en la confluencia de los ríos Queguay Grande y Queguay Chico, este ecosistema de montes ribereños, abras basálticas y humedales se ha convertido en un caso de laboratorio para la gestión ambiental.
Las recientes mejoras en el entorno de Paso de Andrés Pérez —de las cuales hemos dado cuenta en ediciones anteriores y que incluyen un mirador de aves panorámico, pasarelas accesibles, el pórtico de acceso en el kilómetro 402 de la ruta 4 construido con madera y piedra local y la renovación interpretativa del Centro de Visitantes— pueden considerarse una prueba de gobernanza participativa y de que la educación técnica y el turismo de bajo impacto pueden conciliar el cuidado del medio ambiente con el bienestar de las comunidades.

Seguramente estos avances tengan que ver también con la génesis de Montes del Queguay, ya que, a diferencia de decisiones tomadas desde escritorios de la capital, la protección del Rincón de Pérez nació del empeño de la propia comunidad de Guichón: desde colectivos como “Creativos” y organizaciones sociales, hasta concretar su ingreso al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) en 2014. Las acciones que a lo largo del tiempo desarrollan la Dirección del Área Protegida, el Club Queguay Canoas, los guías locales de Guichón y los estudiantes del curso de Guardaparques del Polo Tecnológico de Paysandú (UTU) están en consonancia con esa lógica que ha acompañado el desarrollo del proyecto y constituyen la columna vertebral de lo que podríamos llamar una verdadera gobernanza ambiental. Además, la incorporación de piezas de carga simbólica —como la escultura “La Tuna”, en memoria de José Artigas y Melchora Cuenca, o la réplica de petroglifos locales— demuestra que la conservación tampoco está disociada de la historia, y que la biodiversidad también puede tender puentes para dialogar con la memoria del pueblo charrúa, la gesta artiguista y la identidad del monte.

Volviendo al turismo interno, los datos de esta área protegida revelan una dinámica que se consolidó tras la pandemia: el 80% de los visitantes proviene del sur de Uruguay, un 15% de la región y un 5% son turistas internacionales.

Este flujo masivo del sur claramente responde a la búsqueda de alternativas al turismo costero tradicional de sol y playa. Y en este sentido es que Paysandú debería leer los números que están aportando las estadísticas del área protegida como contribución al ecoturismo en el corredor del litoral. La cercanía del Parque Nacional Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay —con su puerta de entrada en San Javier, proyectada internacionalmente por la Organización Mundial del Turismo en el marco del Best Tourism Villages— y la reciente incorporación al SNAP de Islas del Queguay abren una gran oportunidad para posicionar el litoral oeste como polo de ecoturismo de estándares internacionales. Las mejoras en el entorno de Paso de Andrés Pérez en Montes del Queguay son un motivo de legítimo orgullo para la comunidad de Guichón y para todo Paysandú. El reto hacia el futuro es asegurar que todo este potencial no quede relegado por falta de recursos o indiferencia estatal.

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