A sus 70 y tantos años, Juan Carlos Kulenich lleva apenas dos años retirado de la actividad que lo acompañó durante prácticamente toda su vida. Aunque se jubiló, sigue mirando los motores con la curiosidad de aquel gurí que, con sus pantalones cortos, empezó a pasar las tardes en el taller de su padre.
Nos recibió en su taller, entre diplomas, libros, publicaciones antiguas, repuestos y herramientas, donde recordó los comienzos de un oficio que cambió radicalmente con el paso del tiempo.
EL OFICIO COMENZÓ CON PANTALONES CORTOS
“Desde chiquito aprendí” este oficio, aseguró y relató que iba a la escuela al mediodía, salía a las cinco de la tarde y después tomaba el ómnibus rumbo al taller de su padre que en aquel entonces funcionaba en la calle Carreras --hoy Verocay-- casi Uruguay. Comenzó haciendo mandados, lavando piezas, observando y luego pasó a desarmar.
Entre tantas anécdotas, recordó una ocasión, cuando tenía unos diez años, en la que llegó al taller un hombre con el motor de un camión que otros mecánicos no habían logrado poner en marcha. Su padre le dijo que se ocupara del motor. El cliente desconfiaba de que aquel niño pudiera resolver lo que no habían podido solucionar hombres grandes. “Yo empecé, lo desarmé, le arreglé todas las cosas que estaban mal hechas, se lo armé y el hombre vino y lo llevó”, recordó. Cuatro o cinco días después, el hombre regresó con el camión funcionando.
Mientras concurría al Liceo 1, también conoció el trabajo de rectificado en el taller de don Nóbile, en la zona de Silván Fernández. “Cuando iba al liceo de paso llevaba alguna cosita que mi padre me mandaba a buscar y después ya me venía para el taller. Ahí yo iba mirando el asunto de los motores, cómo se hacía, cómo se preparaba”, señaló.
Todavía con pantalones cortos, empezó a trabajar con motores de tractores, especialmente aquellos Ferguson y Ford que utilizaban los pequeños chacreros de la zona durante las zafras de remolacha y trigo. Desarmaba, lavaba las piezas, las llevaba a rectificar, colocaba los repuestos nuevos y volvía a armar.
DE LOS LIBROS A LA ELECTRÓNICA
Junto a otros mecánicos y electricistas fue parte de los comienzos de Umepay, y de la mano de la institución también llegaron distintas instancias de capacitación. “En esos momentos se usaban libros para estudiar, después con el tiempo cambió todo porque apareció la nueva tecnología”, expresó. Aún conserva amontonados en el taller muchos de esos libros.
Con la aparición de la inyección electrónica cambió la forma de trabajar y los mecánicos tuvieron que capacitarse para adaptarse a los nuevos vehículos. El mecánico de la vieja escuela fue quedando más concentrado en aquello que seguía siendo la base: motores, cajas de cambio y mantenimiento, explicó.
También cambió el trabajo en el campo junto con la evolución de la maquinaria y se redujo buena parte de las tareas que antes exigían una atención constante de los tractores. “Entonces hubo que cambiar y al final hacer un mantenimiento de los vehículos, la base fundamental, hacerle una buena inspección cuando lo traen para cambiar aceite, cambio de filtro y todas esas cosas y asesorar al dueño”, subrayó.
Para Juan Carlos, la labor de un mecánico no debe limitarse a sólo cumplir con lo que pida el cliente, sino que hay que mirar el vehículo completo, detectar un desgaste, advertir si algo estaba mal y decirlo. La confianza se construía de esa manera.
“Yo aprendí de guri chico porque los clientes que teníamos nos exigían mucho”, destacó.
Al preguntarle qué era lo que más disfrutaba de su oficio, sin dudarlo respondió: “lo que más me gustaba era sentir los motores bien”.
MÁS QUE CAMBIAR PIEZAS
Juan Carlos recordó una época en la que atendía vehículos de estancias, camiones, tractores y máquinas de todo tipo, y la confianza llegaba a convertirse en muchas ocasiones en una relación que trascendía el taller. Contó por ejemplo la historia de uno de sus clientes, de la zona de Constancia, quien después de que Juan Carlos le revisara un tractor, comenzó a llevarle todos sus equipos. Con el tiempo, la confianza fue tal que aquel hombre lo invitaba a almorzar cuando iba a trabajar a la estancia, aun cuando Juan Carlos se resistía porque llevaba las alpargatas llenas de grasa, según nos confió entre risas.
A quienes comienzan en esta actividad, Juan Carlos les aconsejó: “que presten atención a lo que hacen y que cuando hacen un servicio le den una revisada al vehículo para darle tranquilidad al cliente”.
“Yo me crié de esa manera, por eso uno estuvo laburando toda la vida”, concluyó.
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