¿Cuándo se dejaron de hacer las buenas películas de acción en Hollywood? ¿Cuál fue la última? ¿Duro de matar? ¿Alguna de Schwarzenegger? ¿Stallone? Muchos dirán Punto de quiebre, la original por supuesto, aquella de los surfistas con Keanu Reeves y Patrick Swayze. O Fuego contra fuego, con el imbatible dúo Pacino y DeNiro.
Viniendo más acá los ejemplos empiezan a escasear. Es más difícil ver las sagas de, digamos Rápido y furioso, John Wick o Misión imposible como películas de acción. Son más una mezcolanza de muchas cosas, un supermercado de efectos y tramas imposibles con buenos actores pero cero de credibilidad.
¿Qué? ¿Tienen que ser “creíbles” las historias tan fantásticas con las que nos hemos entretenido durante toda nuestra vida? Claro que sí, al menos en parte, al menos por lo que dura la película. Porque ganar una carrera o que te maten el perro no creo que sea motivo suficiente para iniciar una saga, pero parece que ahora sí lo es, y con mucho éxito.
En fin, lo que quiero decir es que se perdió cierta capacidad de convencer de un compromiso con lo que se hacía cuando se pensaba en una película de este tipo. Por eso, Amenaza en el aire es, al menos, un reflejo de ese cine que se perdió y solo por eso vale la pena verla. Una agente del FBI tiene que trasladar a un testigo que puede hundir a un capomafioso de alto vuelo y lo debe hacer en un avión. El único que se consigue es un viejo Cessna Caravan pilotado por un excéntrico y chistoso personaje que interpreta con mucha cancha Mark Whalberg.
La agente es Michelle Dockery y el testigo que lleva es Topher Grace. Es decir, una mujer que enamora al público y un actor con un pasado de comediante. Un trío singular sin duda. A esto hay que agregar que el director no es otro que Mel Gibson, que, como director es capaz de cualquier cosa, en el sentido de que es un tipo al que las reglas le importan poco y, que si bien tiene talento, a veces piensa más en el “mensaje” que en el cine mismo. Pero como es capaz de cualquier cosa, también es capaz de hacer una película entretenida y hasta atrapante como es, a fin de cuentas Amenaza en el aire. Y lo es por al menos tres razones.
El elenco, como decía, se sobra para lo que tiene que hacer, cualquiera de ellos, la historia no se complica con subtramas que la distraigan de su objetivo y esa línea clara de principio a fin es sumamente efectiva y, en tercer lugar, todo ocurre en ese destartalado avión que, a tres mil pies de altura, en cierto momento no tiene piloto, sus pasajeros no saben adónde van y el combustible, bueno, no es infinito. Ahí es donde se ve la mano de Gibson para la dirección y se agradece mucho la economía de recursos y cómo logra sacar el jugo de un espacio y una situación aparentemente demasiado simple y reducida.
O sea, la vieja efectividad de Hollywood que ahora vemos mucho en otras filmografías como la coreana, la europea o incluso la latinoamericana, pero que escasea mucho en el cine de EE.UU., que fue, paradójicamente, donde se inventó todo eso. Ojo, no va a ser un clásico ni tampoco la película del año, pero es un muy bienvenido pasatiempo del tipo del que no se veía hace ya demasiados años.
Fabio Penas Díaz


