Trazos en forma de rizos en el cielo de Paysandú: ni misterio ni “chemtrails”, sino aviones en espera

El sábado 20 de junio, vecinos de Paysandú y Casa Blanca observaron hacia el sur extensos trazos curvos dejados por aviones a reacción a gran altura. El fenómeno, que suele alimentar teorías conspirativas, tiene una explicación concreta: las aeronaves debieron realizar maniobras de espera por la congestión en el sistema de control aéreo argentino. Los trazos son estelas de condensación, no sustancias químicas.
Numerosos vecinos de Paysandú observaron en el cielo, mirando hacia el sur, una serie de trazos blancos en forma de rizos y curvas dejados por aviones a reacción que volaban a gran altura. El fenómeno también fue visible desde la zona de Casa Blanca y llamó la atención por la forma poco habitual de las estelas, que en lugar de seguir una línea recta describían bucles.

La explicación combina dos elementos: por qué los aviones dibujaron esas curvas y por qué dejaron estelas visibles.

Por qué los aviones volaban en círculos

Los trazos curvos se deben a que las aeronaves estaban realizando maniobras de espera —conocidas en la jerga aeronáutica como “órbitas”— mientras aguardaban autorización para aterrizar en los aeropuertos de Buenos Aires. Esos patrones circulares son los que, vistos desde tierra y marcados por la estela, dibujan las formas de rizo que observaron los sanduceros.
El origen de la congestión está en la puesta en marcha de un nuevo sistema de gestión del tránsito aéreo por parte de la Empresa Argentina de Navegación Aérea (EANA), que reemplaza equipamiento con entre 11 y 19 años de antigüedad. Durante la fase de transición, la implementación generó congestión en las operaciones, y las torres de control debieron ordenar a los comandantes que iniciaran patrones de espera sobre distintos puntos del Gran Buenos Aires y zonas aledañas. El mismo fenómeno había generado desconcierto días atrás en la ciudad de La Plata, donde los vecinos vieron aviones dando vueltas durante horas y temieron una emergencia.

Qué son realmente las estelas

Las marcas blancas son estelas de condensación, un fenómeno físico bien documentado. Para entenderlo conviene recordar cómo funciona un motor a reacción: la turbina succiona toneladas de aire por segundo, lo comprime y lo expulsa hacia atrás a altísima temperatura y presión, y es ese chorro de gases el que impulsa la aeronave. Buena parte de la humedad que forma la estela proviene del propio aire atmosférico que el motor ingiere, a lo que se suma el vapor de agua generado por la combustión del queroseno. Según explica la propia EANA, los gases de escape de los motores contienen agua en estado vaporoso, y al salir de las cámaras de combustión a alta temperatura y mezclarse con el aire exterior a temperaturas bajo cero, ese vapor vuelve a condensarse y se hace visible. El espesor, la extensión y la duración de la estela dependen de la altitud, la temperatura del aire y la humedad ambiente.
Es el mismo principio por el cual una persona “ve” su respiración en una mañana fría de invierno: aire caliente y húmedo que se mezcla bruscamente con aire frío. Los aviones vuelan a entre 10 y 12 kilómetros de altura, en un entorno de temperaturas muy por debajo de cero, lo que favorece la formación de esas nubes lineales.

Por qué no son “chemtrails”

Trazos como los del sábado suelen ser interpretados por algunas personas como “chemtrails” o estelas químicas, en el marco de teorías conspirativas que sostienen que los aviones rociarían sustancias para modificar el clima, afectar la salud de la población o las cosechas. La comunidad científica descarta por completo esa teoría: no existe ninguna evidencia que la respalde. Un estudio publicado en 2016 por la Carnegie Institution for Science, la Universidad de California Irvine y la organización Near Zero, en el que participaron los principales expertos en ciencia atmosférica, concluyó que los chemtrails no son reales.
Por qué sería materialmente imposible

Más allá de la ausencia de evidencia, la propia logística vuelve inviable la idea de usar vuelos comerciales para fumigar la atmósfera. Los argumentos son contundentes.

El primero es de volumen. Un especialista en fumigación agrícola explicó que la pulverización aérea de cultivos se realiza a apenas 4 o 5 metros de altura, porque a partir de los 10 metros el producto ya se dispersa y se pierde antes de tocar el suelo.

Pretender que una sustancia lanzada desde 10.000 metros llegue de forma efectiva a la población es, en sus palabras, imposible. Las estelas que se ven en el cielo tienen kilómetros de longitud y un espesor muchas veces mayor que el propio avión, que a esa altura se ve como un punto: ninguna aeronave podría transportar el volumen de químico necesario para generar semejante rastro.

El segundo argumento es económico, y es quizás el más demoledor. En la aviación comercial, cada kilo de peso extra se traduce en mayor consumo de combustible y en costos directos. Por eso las aerolíneas calculan con precisión milimétrica la cantidad de combustible que cargan para cada vuelo, con un margen mínimo de seguridad, justamente para no transportar peso muerto. Un avión de línea que vuela diez o doce horas opera al límite de su eficiencia; cargarlo además con toneladas de productos químicos y con los tanques, bombas y sistemas de dispersión necesarios para esparcirlos sería ruinoso y, sobre todo, imposible de ocultar.

Y ahí aparece el tercer argumento: el secreto. Una operación de fumigación encubierta a escala global involucraría a decenas de miles de pilotos, mecánicos, despachantes, controladores y personal de tierra de cientos de aerolíneas de todo el mundo, todos guardando silencio durante décadas. La química, además, lo impide: estudios citados por organismos de verificación señalan que sería técnicamente imposible dispersar bario, aluminio o estroncio desde un avión debido a la insolubilidad de los compuestos que forman, y que aun pudiendo hacerlo, sería logísticamente inviable.

Un fenómeno tan viejo como la aviación

El argumento de que “ahora hay más estelas que antes” se explica simplemente por el aumento del tráfico aéreo en las últimas décadas y por la mayor eficiencia de los motores modernos, que expulsan el vapor a menor temperatura y favorecen la formación de estelas en condiciones donde antes no se producían. Las estelas de condensación se conocen desde los inicios mismos de la aviación.
En definitiva, lo que vieron los sanduceros el sábado no fue un experimento secreto ni una fumigación masiva, sino aviones comerciales esperando turno para aterrizar al otro lado del río, que dejaron en el cielo el rastro visible de su paciencia.

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