Activismo que va contra la equidad deportiva

Sophie Cunningham representa una figura cada vez más escasa en el deporte profesional contemporáneo: se trata de una atleta estadounidense que es figura en el club Indiana Fever de la WNBA —la NBA del básquetbol femenino— y que agrega, a su despliegue de calidad y vitalidad contagiosa en la cancha de juego, posturas en las que fustiga los intentos de incluir a mujeres trans en las competencias deportivas femeninas, como si se tratara de congéneres en condiciones de competir en igualdad con mujeres biológicamente “nativas”.
La jugadora no intenta agradar a todos, y se expone con una dosis siempre latente de incorrección política. Su personalidad desafiante, su tendencia a involucrarse en cada conflicto y su disposición para asumir posiciones polémicas la convirtieron en mucho más que una simple jugadora de rol dentro de Indiana Fever. Para algunos es una líder valiente. Para otros, una provocadora.
Fuera de la cancha, Cunningham también quedó en el centro del debate estadounidense por sus declaraciones sobre la participación de atletas transgénero en el deporte femenino: “Quiero proteger a las niñas jóvenes en el vestuario o en el deporte, que no deberían tener que enfrentarse a hombres biológicos”, expresó en una entrevista con ESPN en julio de este año, que recoge el diario bonaerense La Razón en un artículo.
Días después ratificó públicamente esas afirmaciones y aseguró que seguía pensando exactamente lo mismo. “Recibí muchas críticas por supuestamente odiar a las personas trans. Y yo digo: ‘Nunca dije eso’. Creo que estoy aquí para extender amor. Pero también creo que con ese amor viene la verdad, la honestidad. Dije lo que dije, creo que es de sentido común, siempre creeré en eso, es realmente importante proteger a los niños, y eso incluye a las niñas pequeñas”, remarcó la jugadora. Por sus dichos recibió el apodo de “MAGA Barbie”, asociado al lema “Make America Great Again” de Donald Trump.
Más allá de las consabidas polémicas que a menudo la rodean, es pertinente señalar que el deporte de competencia se basa en un principio elemental: que quienes participan lo hagan en condiciones lo más equitativas posible en cuanto a las condiciones y requisitos a respetar. Por esa razón existen categorías por edad, peso, discapacidad y sexo. No se trata de discriminar, sino de reconocer diferencias físicas que pueden resultar decisivas para el rendimiento deportivo.
En ese contexto, la participación de mujeres transgénero que atravesaron la pubertad masculina en competiciones femeninas ha generado un debate cada vez más intenso. La evidencia disponible indica que, en numerosas disciplinas, esas deportistas conservan ventajas fisiológicas relevantes en aspectos como la estatura, la densidad ósea, la longitud de las extremidades, la capacidad pulmonar y, en muchos casos, la fuerza y la potencia muscular. Si el objetivo del deporte femenino es garantizar una competencia justa entre mujeres, ignorar esas diferencias significa poner en riesgo el fundamento mismo de esa categoría.
Los ejemplos abundan. La nadadora Lia Thomas ganó el campeonato universitario estadounidense de 500 yardas libres en la NCAA en 2022, tras haber competido anteriormente en la categoría masculina. En ciclismo, la británica Emily Bridges fue excluida de una competencia femenina tras la revisión de los criterios de elegibilidad. En halterofilia, Laurel Hubbard se convirtió en la primera atleta trans en competir en unos Juegos Olímpicos. Más allá de las circunstancias particulares de cada caso, en general se trató de actuaciones de primer nivel en categorías femeninas, cuando habían sido mediocres en la masculina, y estos episodios impulsaron a numerosas federaciones deportivas a revisar sus reglamentos.
De hecho, organizaciones como World Athletics, World Aquatics y otras federaciones internacionales han establecido restricciones para la participación de mujeres trans que hayan pasado por la pubertad masculina en pruebas de élite. Estas decisiones no fueron adoptadas por razones ideológicas, sino tras evaluar la literatura científica disponible y escuchar a especialistas en medicina deportiva, fisiología y rendimiento atlético, más allá del sentido común, que se ha perdido en la sociedad.
Sin embargo, el debate público parece muchas veces desconectado de esta evolución institucional. Aunque distintas encuestas realizadas en varios países muestran un apoyo considerable a mantener la categoría femenina reservada para personas nacidas biológicamente mujeres en el deporte de alto rendimiento, la discusión pública suele estar dominada por organizaciones activistas que sostienen la postura contraria. Su capacidad de movilización, su presencia en los medios de comunicación y su influencia en determinados ámbitos políticos y legislativos generan con frecuencia la impresión de representar una posición social mucho más amplia de la que reflejan algunas mediciones de opinión.
Esto no significa descalificar el activismo ni negar la dignidad o los derechos de las personas transgénero. Toda persona merece igualdad ante la ley, protección contra la discriminación y respeto a su identidad. Pero esos principios no eliminan la necesidad de preservar la equidad en las competiciones deportivas cuando existen diferencias biológicas capaces de alterar el resultado.
La política debería evitar transformar esta cuestión en un enfrentamiento cultural. El objetivo no debería ser decidir quién tiene razón desde una perspectiva ideológica, sino encontrar un equilibrio entre inclusión y justicia competitiva. Si las categorías deportivas existen para compensar diferencias físicas objetivas, cualquier modificación de sus reglas debería sustentarse en evidencia científica sólida y no en la presión de grupos de interés, por más influyentes —y a menudo intolerantes— que sean.
El desafío consiste en proteger simultáneamente la dignidad de todas las personas y la integridad del deporte femenino. Negar cualquiera de esas dos dimensiones solo profundiza la polarización y dificulta alcanzar soluciones razonables. Una de ellas, por sentido común, podría ser habilitar universalmente una categoría exclusiva para personas trans, aunque tampoco esta alternativa logre conformar a quienes, escudados en la inclusión, no vacilan en desvirtuar la esencia de las competencias deportivas femeninas con tal de defender sus banderas a capa y espada, descalificando a quienes no opinan lo mismo.

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