Estatizando la alegría

Al menos en Uruguay, las campañas electorales suelen crear fuertes liderazgos políticos que trascienden sus momentos históricos. En todas las épocas hubo discursos de alto voltaje verbal, donde la vida o la muerte por las ideas no era una cuestión menor. Por eso iban a duelo e incluso participaban en escaramuzas o atentaban contra la vida del opositor que tenía mayor peso en su campaña.
Aunque hablamos del fanatismo de otros tiempos, conviene alertar por el alto nivel de intolerancia que se registra en este último tramo de una campaña que ha sido particularmente cruzada y generadora de divisiones entre uruguayos. Los agravios, cruces de fuertes declaraciones y la sensación de una continua falta de respeto ciudadana, cuando se requiere la calma y reflexión necesaria para una instancia crucial, es moneda corriente tanto en las giras de campaña como lo fue en el Parlamento nacional.
Incluso las argumentaciones de quienes están en el gobierno como si fuesen oposición y la oposición que busca nuevos flancos de ataques, como una forma de dar a conocer sus programas de gobierno, confunden a un electorado que cada vez más descree de sus representantes.
La instalación de noticias falsas por sectores que llevan adelante cualquier recurso con tal de mantenerse en el poder, resulta obsceno. Hay un clásico ejemplo de los “cucos” que alimentan y lo ubican en torno a los derechos ya adquiridos por las minorías diversas.
El matrimonio igualitario fue aprobado en la Cámara de Diputados por 71 votos de un total de 92 representantes presentes en sala. Es decir que también lo aprobó la oposición. Sin embargo, la propaganda de campaña dice que “los partidos de la oposición se opusieron –y se siguen oponiendo– al matrimonio igualitario. Como si el amor fuera un privilegio, uno de los tantos que le gustaría conservar”.
Entendemos claramente el mensaje y casi todos respetamos la diversidad. Lo que parece imperiosa es la necesidad de inventar brujas y cazadores. Ocurre que Uruguay tiene más personas tiradas en sus calles que durante la crisis del año 2002 y, seguramente no sea a causa del “contubernio rosado” que tanto denuncian desde hace 17 años. Porque están en el poder desde hace 15.
Y porque cuando quieren “defender la alegría”, solo hay que pensar en los médicos, enfermeros y taxistas que ya la perdieron porque no quieren entrar a determinados barrios. Y porque, muy probablemente, el más grande acto de amor, sea otorgarle a los sectores de menores recursos los medicamentos caros que necesitan para enfermedades raras o casos oncológicos y no tengan que judicializar su enfermedad, tal como ocurre con mayor asiduidad. Porque ya no sirve el argumento de “antes la gente se moría igual”, cuando en realidad todos ya conocen sus derechos y los hacen valer. Por la clara razón de que los tiempos cambian y las generaciones, también.
Porque defender la alegría y el amor, también significa alcanzar la tranquilidad de salir y volver a nuestras casas sin miedo y que no haga falta que expliquen, con elevado nivel de infantilismo, que el miedo es una percepción provocada por la repetición de las noticias en los medios de comunicación.
O cuando gustan compararse con el peor de la clase en la región para medir sus propios resultados. Tal y como si fueran oposición y no reconocer que el déficit fiscal llegó a casi 5% bajo sus administraciones. Sin dejar de mencionar, por supuesto, el engaño de campañas anteriores, cuando aseguraban que “no es necesario un ajuste”, o “no vamos a aumentar los impuestos”.
El ministro de Economía, Danilo Astori, reconoció en 2016 –tres años antes de la campaña– que el país tiene “un exceso de funcionarios públicos que hay que combatir y enfrentar”, como una forma de reducir el gasto.
Incluso reconoció que todos los gobiernos “hemos sido copartícipes de un manejo de esta situación que no ha sido buena”. Sin embargo el acto de sincericidio lo cometió al revelar que el gobierno logró frenar el incremento del gasto con respecto al producto bruto interno, por una “disminución de los ingresos” y no, por haber bajado ese gasto.
Allí mismo se refirió a la “consolidación fiscal” que venía al año siguiente porque era “un momento en que todos debemos contribuir con responsabilidad en función a nuestras capacidades. No le pedimos a nadie un esfuerzo que no sean capaces de encarar”. Y el incremento de las tarifas, entre otros insumos, se abrió paso bajo esa nueva definición: “consolidación fiscal”.
Hoy la discusión está trancada en la cantidad de funcionarios públicos y los contratos récord alcanzados en los últimos años. Son aproximadamente 313.000, o el 9% de la población, o 73.000 más desde que comenzó a gobernar el Frente Amplio. Es una proporción que supera a cualquier otro momento del país y cuando el tema se puso en la campaña, los sindicatos se afilaron los dientes y salieron a pegar dentelladas.
En el momento en que algunos líderes plantearon la reducción de funcionarios en áreas que no son imprescindibles, la clase dirigente hizo de esto una cuestión de Estado. Y claramente no hay quien cuestione sobre la necesidad de asignar cargos docentes, de especialidades médicas, técnicas o de efectivos policiales. Nadie atentaría contra esa realidad porque al día de hoy faltan especialistas en las áreas públicas cuando sobran cargos “administrativos” de dudoso contenido técnico, o coordinadores tan innecesarios en funciones municipales, que incrementan el listado de funcionarios y a menudo no sabemos la tarea que cumplen a lo largo del año. Porque los “coordinadores” aparecen en determinados momentos para anunciar eventos y después decaen, aunque cobran sueldo todo el año.
En América del Sur, Uruguay es el país con mayor cantidad de funcionarios públicos per cápita y es el 20% del total de los empleos formales. Es decir, no todos son maestros, profesores, cirujanos, enfermeros o policías. Pero, otra vez, el discurso infantilizado se posiciona desde ahí. Y no sale.
En una de sus editoriales, José Batlle y Ordóñez escribió en El Día en 1912: “La política no es ni puede ser un mero reparto. La conquista de los puestos públicos tiene otro fin más generoso: la realización del ideal. Lo que vincula a los hombres de un mismo partido no es el interés personal común, sino la comunidad del pensamiento”.
Pero eso está muy alejado de la realidad.