Humanizar el trato hacia adultos mayores en los Elepem y hogares

Licenciado en sicología, Diego Velázquez.

La pandemia de COVID-19 visibilizó la situación de la población alojada en los establecimientos de larga estadía para personas mayores (Elepem) y a los residenciales propiamente dichos. En forma paralela, interpeló el relacionamiento de los adultos dentro de sus hogares y con familiares. La contingencia sanitaria permitió abrir las puertas para comprobar que existían situaciones de vulneración desde mucho antes, sólo que el coronavirus aceleró la mirada inquisitiva de la sociedad sobre cómo se trata a sus mayores.

El licenciado en sicología Diego Velázquez, reconoció a Pasividades que existe “un alto porcentaje de adultos mayores en casas de salud”. La soledad y el aislamiento necesario, por tratarse de una población de riesgo, “nos hace pensar que, en muchos casos, tiene que ver con el lugar que se le da a un adulto dentro del residencial”.

Explicó que son personas que atraviesan por “un cambio en su parte más identitaria y eso les genera una desidentificación y una desubjetivización. Es decir, no se toma la subjetividad e identidad de este adulto mayor y queda relegando a una visión puramente médica-clínica. Es la visión clásica de esa medicina paternalista que visualiza al adulto mayor como un reservorio de patologías y no como una persona con una identidad, una historia, un saber y un conocimiento”.

Velázquez aseguró que “en tanto no cambiemos esta perspectiva dentro de las casas de salud, los adultos mayores continuarán aburriéndose. Se da en muchos casos la alteración de orden anímico que le generan depresiones y consumos”.

Varias horas de ocio “los llevará al razonamiento de ‘ya me depositaron acá y paso a ser un cuerpo controlado, con la pérdida de autonomía’. Y no solo porque ya no puede hacer cosas, sino porque lo ven de otra forma”. Sin embargo, aclaró que “sin generalizar, es una postura que solemos tener, incluso desde el punto de vista profesional, cuando nos referimos a los residenciales con una perspectiva inquisidora. Vemos lo que hacen y lo que no pueden hacer por protocolos sanitarios que imposibilitan las actividades, más que antes”.
Los juegos y el relacionamiento social favorecen un tránsito por la vida más acorde y necesario, pero “se han dado estos cambios que relegan las cuestiones más subjetivas de las personas”.

En sus hogares

Las personas mayores no institucionalizadas y que residen en sus hogares junto a familiares de edades variadas, pueden atravesar por encrucijadas similares. “Hay hogares donde también pasa y desde el punto de vista técnico, hacemos énfasis en no desubjetivizar a las personas mayores. En otros, eso no ocurre y lo llevan de una forma diferente”.

Además de la coyuntura sanitaria, la pandemia trajo consigo costos sociales, laborales y económicos. “Ante las transformaciones sociales posibles, en los hogares se dan muchísimas situaciones, donde el adulto mayor aporta en lo económico o en lo afectivo. Y tampoco generalizamos porque en algunos casos, la persona mayor es un referente familiar”. No obstante, reconoció que “estamos todos en la misma y no hay un grupo etario que se haya salvado. Todos nos encontramos ante una necesidad de readaptación, porque en un hogar también se encuentran personas que pasaron de trabajar, a estar todo el día en sus casas”. Si bien en Uruguay el Poder Ejecutivo no resolvió cuarentenas obligatorias, la contingencia afectó las fuentes de empleo y presionó a un incremento en los envíos al Seguro de Desempleo. “Las distintas generaciones dentro de un mismo núcleo familiar pasaron a verse a diario. Allí se notan las diferencias hacia quienes conviven con una persona mayor que puede estar en buenas condiciones de salud, pero sufrir patologías mentales, como las demencias”.

Una persona

Ante el avance de estas patologías, “sobre todo en la parte inicial y media de la enfermedad, lo fundamental tiene que ver con la consideración de ese adulto como una persona y no como alguien demenciado. Hay personas que dicen ‘ya dejó de ser mi padre porque no recuerda o no conoce a sus hijos’. En realidad, esa persona le quita los elementos de identidad como abuelo o padre. Pero, a pesar de la pérdida de capacidades, continúa siendo el padre o el abuelo”.

Velázquez subrayó que “cuanto más sostengamos esta perspectiva, vamos a poder transitar los cambios como personas y lograr una buena adaptación a las situaciones de crisis”. Ejemplificó que “algo similar ocurre con una mudanza. Un integrante de la familia verá que la nueva casa le queda cerca de su trabajo y otro cerca de su centro de estudios. Es decir, para mejorar las relaciones intrafamiliares en pandemia, se deben considerar las características de cada uno de los integrante e incluir a quienes cursan las demencias o un síndrome cognitivo. Porque son personas con posibilidades. Solo hay que capitalizar lo que conserva y no enfocarnos en lo que perdió. Y esto es tanto desde el punto de vista social y comunitario, como familiar y médico”.

La distancia

El sicólogo consignó que “como personas, en todos los ámbitos, necesitamos que aquello en lo que vamos a pensar sea tangible y visible. Que lo podamos observar. Necesitamos que se materialice ese reconocimiento y que mi padre me reconozca, que sepa quién soy. Y cuando eso se pierde, empezamos a tomar distancia porque no vemos lo que creíamos o pensábamos. Se dificulta un relacionamiento de la misma forma que antes”.

Explicó que “en el caso de las demencias, la conexión con ese adulto no será solo desde el lado de lo tangible y visible. El relacionamiento será desde otro lugar y no será desde la razón, sino desde las nuevas simbolizaciones y desde el amor”.

Una comparación

El técnico reconoció que, en general, “solemos adoptar una posición inquisidora en el cuidado de un adulto mayor y no nos damos cuenta de lo tormentoso que puede llegar a ser la posesión del cuerpo, cuando se encuentran en dependencia leve o moderada”. Velázquez instó a que la población compare esta situación con las políticas sanitarias en tiempos de pandemia, con el fin de comprender lo que le ocurre a un mayor en tránsito hacia la demencia. Es como “la obligación de andar con la boca tapada, hisoparse en caso de tomar contacto con un positivo, permanecer aislado y esperar el resultado. Eso generó un malestar que ha aumentado en las personas y algo similar ocurre con las personas mayores”.

En su caso, “trabajamos con personas que resultaron positivos a la COVID-19 y se nota un aumento del malestar, porque sienten que son controlados en sus funciones más básicas. No está bueno el enojo porque bajo esas condiciones, se dificulta mucho más esta situación que transitamos. Y eso, se relaciona con la posición inquisidora de los familiares hacia los adultos que es cuando le dicen qué es lo que pueden hacer o no”.

La experiencia con estas personas, cambió posturas y formas de relacionamiento. Algo que, también, debe ocurrir hacia los mayores. “Desde el punto de vista técnico, este trabajo de rastreo de los positivos ameritó que tengamos una postura más conciliatoria, de entendimiento y compresión. Es la misma que debemos tener con los adultos mayores”.

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