Pretextos: Napoleón

Planeta (1906-1988)
Siempre que entramos en el tema de las biografías pensamos primero en la Historia y luego en la literatura. Como empujado por ciertos hechos que realmente ocurrieron, el biógrafo debe transitar un terreno que la misma vida de tal o cual personaje parece ya haber dejado en el trajín del mundo para que el escritor simplemente los desarrolle.
Eso, por supuesto, es una trampa en la que muchos biógrafos caen para tener como resultado algunos de los libros más aburridos que pueden llegar a leerse. Libros que pueden ser de mucha utilidad para la consulta histórica, pero que, en el aspecto literario no aportan ni al arte ni al entretenimiento.
Nada de eso ocurre en la biografía “Napoleón” del alemán Emil Ludwig, no solo un especialista en el género sino también uno de los precursores de lo que algunos dieron en llamar “biografía sicológica”.

Leyendo su Napoléon salta a la vista que tal denominación se debía a que, además de la Historia propiamente dicha, a Ludwig también le preocupaba el aspecto personal en los retratos de sus personajes. Lo que hace entonces, es caminar por una fina línea en la que a cada página puede caer del lado de la documentación fría o del de la novelización excesivamente personal. Pero no en vano Ludwig se ha ganado la fama de ser uno de los biógrafos más depurados de la Historia.
Como si de un malabarista se tratara, juega con los hechos puros a la vez que entra como pocos en la mente y el corazón de Napoleón. Frente a un personaje sobre el cual se han escrito tantas bibliotecas a favor y en contra, era una empresa difícil que el biógrafo bien podía haber convertido en una apología de su personaje o, por el contrario, en un relato demonizador que también hubiese caído bien a gran parte de sus lectores.

Sin embargo, Ludwig nos hace ver al dictador y al hombre, al usurpador y al ser que representó el futuro de Europa. Ángel y demonio según se lo mire, provocó tantas adhesiones pasionales como odios que pasaron de generación en generación.

Entonces, la paradoja del amor-odio que suscitó un personaje tal, es volcada en letras por Ludwig con una solidez literaria pocas veces vista. Militar audaz, emperador por su propia voluntad, conquistador, imbuído del espíritu de la Revolución Francesa pero convencido de que la “excesiva” libertad a los pueblos era perniciosa y, sobre todo eso, un ser que apenas tuvo vida propia por dedicarla a la causa en que creía, que no era otra que la del predominio de Francia sobre toda Europa.

Por supuesto, ante todo ese panorama se puede sospechar que el autor tiene mucho material entre manos con batallas, intrigas palaciegas, amores, líos familiares y la escena histórica de un cambio de época que marcó al mundo entero. Y es cierto. ¿Pero qué pasa cuando todo eso termina?
Porque la epopeya napoleónica que duró 20 años, terminó varios años antes mientras el hombre Napoleón siguió viviendo. Se trató de su destierro en la isla de Santa Elena en la que poco y nada ocurría. Y es aquí donde podemos ver la maestría de un escritor como Ludwig. Ya que, pudiendo ser la parte más árida de la biografía es, en realidad, la mejor.

Captar como un hombre que dominó medio mundo, en el ocaso de su vida se ve limitado a una pequeña isla vigilada a cada palmo por los ingleses, pero sin perder ni su seguridad ni su confianza, a pesar de las sucesivas enfermedades que lo atacaron, era aún más complicado y el biógrafo lo ejecuta de una manera harto brillante.

Como corolario, el final, cuando la madre vieja y ciega de Napoleón –que lo sobreviviera muchos años– recibe con un rayo de felicidad la noticia de que la estatua de su hijo ha vuelto a ser colocada en el centro de París, es un momento literario que difícilmente alguien que lo lea pueda olvidar.

Fabio Penas Díaz