“Vidas encajonadas” se titula una exposición que el economista, abogado y experto en educación Claudio Rama no ha podido presentar al público en el Teatro Solís.
Se trata de representaciones de diversas actividades humanas, aunque no con figuras humanas, ni pintadas, ni fotografiadas, sino representadas con muñecos. Nunca llegan a ser muñecos muy grandes ya que Rama también recorre el camino del minimalismo. Y, para hacer todo más interesante, no hay realismo en su arte sino simbolismo, surrealismo y varios ismos más que los especialistas podrán describir mejor, si es que la muestra logra presentarse.
¿Por qué no se presenta? Pues porque desde el Solís y particularmente desde su directora, la cantante Malena Muyala, le exigieron que la muestra fuese “más inclusiva”. Las miniesculturas de Rama también van acompañadas de textos cortos que, por ejemplo, dicen “Por suerte están presentes gracias a estas fotos que aunque envejecen y se pierden entre cajones y armarios, son nuestras lupas a nosotros mismos. Son ventanas que iluminan nuestras historias y la defensa ante la edad las oscurecen y que difuminan esas experiencias y momentos. Esas imágenes nos recuerdan también con tristeza todas las ausencias y las muertes, pero que reviven en el papel entre nuestras manos. No podemos volver al pasado, pero esos tiempos reaparecen y están también aquí. Incluso aunque no queramos, aunque llegue la noche y no los recordemos, están bajo los ojos alimentando lágrimas y sonrisas”.
A medio camino entre la poesía y la crónica Rama acompaña sus obras con esos textos que pueden leerse en el diario La R. No son explicaciones sino complementos. Entonces, ¿cuál fue el problema para la Directiva del Solís? ¿Las obras o los textos? ¿O las dos cosas?
Así como uno no entiende, tampoco lo entendió el propio Rama que pidió explicaciones para, si era posible, modificar sus obras para que sean más “inclusivas”. Pero no recibió respuesta alguna, así que su muestra quedó en el limbo.
Ahora bien, este Rama no es ni un recién llegado ni un desconocido para el mundo de la cultura y el arte de la capital. Es hijo del crítico Ángel Rama y de la poetisa Ida Vitale. Si bien esa genética evidentemente se le pegó en lo cultural, Rama no ha tenido problemas en criticar organismos públicos como el canal 5, el Sodre y el Instituto del Libro.
“A mi padre lo echaron de Estados Unidos en la época de Reagan porque decían que era comunista y era él quien tenía que demostrar que no lo era. Ahora yo tengo que demostrar en mis textos que no hay nada que discrimine”, ha dicho recientemente.
Mientras desde el Solís Muyala sigue sin contestar, hay que recordar también que se trata de la famosa cantante de tangos que fue elegida como directora en 2020 directamente por Carolina Cosse, pasando por arriba de un concurso que descartó a todos los finalistas. Desde entonces Muyala ha mantenido un perfil bajo sin intervenciones en la prensa.
Claro, el de Rama es un caso y no se puede juzgar el trabajo de varios años por un caso, pero evidentemente llama la atención que una muestra por demás interesante, creada por un artista respetado y con el pedrigrí correspondiente –eso también pesa, sea correcto o no–, no solo no consiga presentar su trabajo, sino que tampoco obtenga ninguna respuesta de lo que puede hacer para, de alguna manera, reformarlo para que no moleste tanto a la mirada inclusiva tan de moda.
Pero después de todo no hay que asombrarse tanto y el título de la muestra “Vidas encajonadas” funciona como una metáfora del pensamiento “woke”, que viene a ser el pensamiento imperante actualmente en casi todo el mundo, según el cual y en nombre de los ismos aparentemente más “tolerantes”, se termina por apartar, amordazar, censurar y finalmente cancelar a cualquiera que disienta, a cualquiera que quiera criticar lo que bajo ningún concepto se puede criticar.
Es decir, todos tenemos que seguir el camino trazado por lo políticamente correcto y no nos podemos desviar un milímetro. En nombre de la libertad, gran parte de la sociedad y la política se está volviendo tan totalitaria como lo que ataca.
El caso de Rama es muy claro, bien sea por sus críticas a instituciones, por su “discriminación” o tal vez simplemente porque su arte no ataca ni defiende lo que la política cultural de la capital piensa que debe atacar o defender, es ninguneado, demorado sin explicaciones.
Tendrán alguna explicación? ¿Será solo ignorancia? ¿No encuentran qué decirle? Puede ser todo eso junto. Es que cuando se piensa solo dentro de la caja es muy complicado para los demás entrar y para quienes están ahí, salir.
Fabio Penas Díaz

