Baja percepción ante los desastres climáticos

Durante el año pasado, el continente latinoamericano atravesó por desastres climáticos que batieron récords. El 2023 resultó ser el año más cálido del que se tenga registro en la región, y las precipitaciones fueron tan desiguales que al mismo tiempo que se registraban inundaciones o deslaves, ocurrían sequías e incendios forestales.

El fenómeno El Niño, que trae un mayor calentamiento de las aguas del Pacífico llega en condiciones alteradas y sus consecuencias quedan plasmadas en los números. Solo el año pasado se registraron 67 episodios de desastres climáticos y de ese total, el 77% se vincularon a tormentas e inundaciones. El relevamiento de la Organización Meteorológica Mundial destacó a Otis, el huracán que devastó Acapulco o la intensa sequía que prácticamente secó ríos como nunca antes en 120 años de mediciones.

Uruguay pudo dar cuenta de esa situación extrema, con el verano más seco de los últimos 42 años y una crítica falta de agua. Hace justamente un año, cerca de dos millones de personas que residen en Montevideo y la zona metropolitana racionaban el agua que OSE mezclaba –dulce con salada– porque el panorama era desalentador. Mientras que desde hace unas semanas el país atraviesa por alertas amarillas y naranjas ante la intensidad de las precipitaciones que generan graves daños al sector agropecuario, la caminería rural y la vialidad en general. De hecho, el año 2023 cerró con registros de lluvias sin precedentes, cuando meses antes resultaba imposible predecirlo.

Los acumulados históricos que documentó el Instituto Uruguayo de Meteorología entre 1980 y el año pasado, ubicaron a Quebracho en el primer lugar de un podio muy difícil de igualar con anomalías del 243,5% en aquella ciudad. Allí “en cuestión de horas”, el 6 de diciembre llovieron más de 70 milímetros entre las 6 y las 9 de la mañana.

El sur de Brasil está impactado por el temporal de las últimas semanas, donde continúan las precipitaciones y así seguirá hasta la próxima semana. Algo de ese aporte viene aguas abajo e incrementa el nivel del río Uruguay, con desplazamientos de personas que se repiten en pocos meses, teniendo en cuenta que las últimas inundaciones con evacuaciones ocurrieron en marzo pasado.

En medio de este panorama los planes de gestión actuales no son suficientes ante fenómenos que serán cada vez más asiduos y extremos.
Por el momento, Uruguay no cuenta con radares adecuados para pronosticar eventos climáticos extremos en áreas puntuales.
Igualmente, la tecnología existente tampoco es una solución cuando hay fenómenos que solo pueden preverse con una hora de anticipación. En general, los meteorólogos se refieren a este aspecto en los informativos cuando aseguran que los fenómenos van a ocurrir en “cortos períodos de tiempo”.
El Sistema Nacional de Emergencia, el Instituto Uruguayo de Meteorología y la Corporación Nacional para el Desarrollo lanzaron en marzo un llamado internacional para comprar tres radares del tipo Doppler, uno de ellos se instalará en Biassini –a 85 kilómetros de la ciudad de Salto– y permitirá la detección de tornados activos o en formación.
La apertura estaba anunciada para el 15 de abril y el pliego de condiciones establecía que dichos radares “son una herramienta esencial en los servicios meteorológicos de todos los países del mundo para la detección de convección húmeda profunda la cual puede conducir a episodios de alto impacto en la población”. Hasta el momento no se han difundido las propuestas recibidas o los resultados de dicho llamado internacional.
El objetivo, fijado en el pliego, busca “mejorar el tiempo de respuesta de la alerta, proveer información de calidad de los sensores remotos y pronósticos numéricos; promover el desarrollo de nuevas técnicas operacionales en el país, su implementación y entrenamiento de los recursos humanos a fin de mejorar la generación de alertas mejorando el tiempo de respuesta”.
En medio de estos fenómenos, resulta relevante considerar que la mitad de la población mundial no accede a las alertas meteorológicas tempranas tanto sea por la falta de fortalezas en los sistemas de mediciones, así como por la baja percepción de la población.
Si no es posible pronosticar un fenómeno que no se puede medir adecuadamente, tampoco será posible su comunicación.
Las estadísticas de personas afectadas en América Latina se incrementa año tras año. Sin embargo, tampoco es un tema resuelto en los países con tecnologías avanzadas.

Y los resultados sobre el planeta, también, son dispares. Si el continente sudamericano emite solamente el 9% de los gases de efecto invernadero, sin embargo se ha vuelto una de las regiones más vulnerables a sus consecuencias negativas.

Porque los eventos extremos llegaron para quedarse. En cuestión de un año, Uruguay atravesó una sequía severa e inundaciones así como en la región, países cercanos registraron olas de calor e incendios forestales que arrasaron con producciones enteras.

La percepción del riesgo es baja, pero es el resultado de mucho tiempo de minimizar situaciones de riesgo en una población que suele creer que los fenómenos de esas características ocurren en otras tierras. Uruguay tardó mucho tiempo en crear un sistema que, al menos por ahora, no incluye a actores no estatales que están especializados en la gestión de riesgos.

Es que, a veces, parece que en Uruguay nunca pasa nada. Hasta que pasa.