Hace muchos años, cuando obtuve mi título de abogada, uno de los regalos que recibí, fue un perrito con toga y birrete. Hoy lo miré por casualidad y no pude dejar de sentir lo premonitorio de ese regalo. En ese entonces, en nuestro país, no se escuchaba hablar de derecho animal, menos aún de derechos de los animales. El cambio de paradigma en la relación humano-animal era muy incipiente por lo que la cultura de nuestra sociedad aun no recogía las normas legales, doctrina, jurisprudencia y movimientos mundiales en pos de los derechos de los animales.
Por suerte, desde hace ya varios años esa realidad se ha ido modificando, producto de un cambio cultural que es la sumatoria de sensibilidades diferentes hacia la misma cuestión. Es decir la relación con los animales siempre existió, pero ahora, para muchos, es diferente. Son varios los factores que han contribuido en tal sentido: los planteos filosóficos sobre quiénes son los seres dignos de reconocimiento moral abrieron el camino y son la base del planteo. Luego la ciencia, con sus comprobaciones acerca de la sintiencia animal, marca un hito, ya que estamos frente a datos incuestionables. Y la sociedad civil, con su lucha incansable, con su granito de arena siempre presente.
Sin embargo, y a pesar de todo esto, y aún en personas que tienen un grado de acercamiento y preocupación por el tema, la marca antropocentrista de nuestra cultura mantiene su fuerza supremacista. Y, en tiempo de elecciones, podemos verlo claramente reflejado. Ante cualquier planteo que uno haga, la respuesta más común es que “hay problemas humanos más urgentes”. Y es un tema de base, que no se soluciona con escribir cuatro líneas en un programa político sobre los perros y los gatos o con proponer sacarlos de la calle. Y es un tema por el que ninguno de los partidos “mayoritarios” quiere pagar costos electorales.
Porque el planteo que subyace a la cuestión de los derechos de los animales es revulsivo, es revolucionario, es impulsor de un nuevo sistema de convivencia con la naturaleza y los demás animales, es impulsor de un nuevo lugar de la humanidad, a la par y no sobre los demás. A la par entre seres humanos y a la par con otros animales no humanos. Y eso no significa que no haya diferencias que tienen que ver con las características de cada especie. Y tampoco implica que no nos ocupemos de las urgencias y necesidades humanas. Lo que se plantea es una nueva mirada global, que englobe a todos, que vele por todos.
Cuando el filósofo Giordano Bruno decidió defender el sistema heliocéntrico de Nicolás Copérnico, que planteó que el centro de nuestra galaxia era el Sol y no la Tierra, no creo imaginara la lección de humildad que implicaría para el “hombre”, desplazado, en su sentir, del centro del universo para ser un habitante de un planeta más. Esa defensa, junto a la defensa de otras ideas revolucionarias para el año 1600, le significó a Bruno morir en la hoguera de la inquisición.
Como el hombre ya no era el centro del universo, se erigió en centro de su propio universo, como centro y punta de pirámide de su propio planeta. La luminosa y fructífera etapa histórica del Renacimiento, con el humanismo como movimiento intelectual, resaltó las bondades del hombre, pero también lo terminó de elevar sobre los demás animales. Basado en una supuesta “supremacía” sostenida en características que nos “distinguían” de los demás animales y que hoy día han sido todas superadas, como “los animales no razonan”; “los animales no sienten”; “los animales no se comunican” o “los animales no viven en comunidad”, por nombrar algunas, nuestra sociedad creó un sistema de uso, abuso y opresión sobre los demás animales, que hoy es base de muchas economías mundiales. Incluyendo la nuestra.
Por supuesto que no es simple instrumentar las consecuencias que implicaría sacarse el velo y asumir el cambio de paradigma que se plantea, y nadie imagina que sea un proceso rápido ni fácil, pero es lo justo. Y lo justo siempre se abre paso entre las hogueras, la persecución, la burla y la incomprensión. También entre los intereses económicos. Pero en tiempo de elecciones, nadie quiere una hoguera.
Dra. Verónica Ortiz, Diplomada en Derecho Animal -UMSA

