Paysandú: paz, trabajo, progreso y narcotráfico

Tal como fuera informado por nuestro diario hace algunos días, “un avión monomotor no identificado fue encontrado incendiado  en las cercanías de la colonia de Colonización Aníbal Sampayo, en el kilómetro 78 de la Ruta 26, en la zona de Gallinal. La aeronave parece haber aterrizado en una larga recta del camino, ubicado entre montes de una zona forestal, y por lo que se apreció en las imágenes divulgadas habría logrado detenerse completamente sin daños estructurales visibles. Según pudo saber EL TELEGRAFO, el avión fue hallado sobre las 14 horas por un productor de la zona, que se sorprendió al encontrar la aeronave consumida por el fuego.  En tanto, Bomberos arribó al lugar sobre las 17 horas para inspeccionar el siniestro. En las inmediaciones no había personas que pudieran vincularse con el avión. Consultado por EL TELEGRAFO, un experto en aeronáutica indicó que por la forma del empenaje y características visibles la aeronave sería una Cessna 210, ampliamente utilizada por el narcotráfico en la región. El valor en el mercado de estos aviones oscila entre los 150.000 y 450.000 dólares –de acuerdo al equipamiento y estado–, y suelen ser robadas para realizar actividades ilícitas. Vecinos del área señalaron que, desde hace un tiempo, es común ver avionetas volando a baja altura, sin que se pueda confirmar si pertenecen a alguna de las empresas forestales que operan en la región”.

De acuerdo con lo informado por EL TELEGRAFO, la investigación permanece abierta y las autoridades manejan diversas hipótesis y continúan las diligencias para determinar el origen del vuelo, identificar a los responsables y confirmar si el hecho está relacionado con actividades delictivas.
Este tipo de sucesos no es nuevo ni se produce únicamente en el departamento de Paysandú, ya que Uruguay es un verdadero “colador” en materia de seguridad área y especialmente en lo relacionado con el combate al narcotráfico, cuyas aeronaves entran y salen del país sin ningún tipo de controles, aterrizando y despegando en forma constante. Es que no basta con comparar equipamiento en esta área porque ya sabemos cómo funciona Uruguay: si compra aviones no habrá nafta para que vuelen ni repuestos para reparaciones y si se compran radares dejarán de funcionar (o nunca llegarán a hacerlo) por falta de mantenimiento. Es la triste y repetida historia de nuestro país, donde sobran los ejemplos de este tipo en el ámbito público, donde campea la desidia y el desgano sin importar el partido político que nos gobierne.

El hecho de que el narcotráfico pueda desarrollar sus actividades en Paysandú tranquilamente y sin ser molestado, no es un fenómeno nuevo, pero ha crecido exponencialmente en los últimos años. Basta con ver los autos de alta gama que transitan en nuestras calles y cuyos conductores o propietarios no pueden (ni quieren) explicar de dónde ha salido el dinero para adquirirlos, cuando es notorio y conocido que los medios de vida de esas personas no permitirían tales erogaciones. Lo mismo sucede con una cantidad de firmas comerciales, las cuales, de un día para otro, adquieren y explotan grandes locales ubicados sobre importantes avenidas, pagando altos precios por ello, sin que tampoco exista una explicación para ese llamativo, repentino e inesperado enriquecimiento. Tal como lo explica la Academia de Crimen Financiero en su página web, “existen métodos de lavado de dinero basados en el comercio que los delincuentes utilizan. Los lavadores de dinero encuentran diferentes vías y métodos para lavar dinero y esconderse de la atención de las autoridades policiales. Las transacciones o actividades comerciales basadas en el comercio son una de las vías importantes que exploran los delincuentes, donde establecen negocios y comienzan a comerciar con diferentes bienes, incluidos muebles, piedras preciosas, materias primas, vehículos, automóviles, materiales de construcción, etcétera. Estas empresas utilizan medios o métodos ilegales para transformar, transferir o recibir dinero de otros delincuentes o grupos de apoyo”. ¿En una ciudad pequeña como Paysandú, la policía no sabe quiénes son los narcotraficantes y dónde están las bocas de venta de droga? ¿Tan difícil es combatir este flagelo? ¿La policía sanducera no puede o no quiere combatir el narcotráfico?

Es que Paysandú no ha permanecido ni permanece ajeno a la violencia relacionada con el narcotráfico y el sicariato. Ejemplo de ello han sido los diversos asesinatos que se han producido en nuestra ciudad (por ejemplo el caso del “Pichulo” o el “Oveja” Arguet, o al hombre de 47 años que prendieron fuego vivo en 2018 y que quedó impune, por nombrar solo tres entre decenas de asesinatos o “desapariciones”), así como la señal socialmente aceptada es que la droga es un buen negocio y tienta a los jóvenes para contar con dinero propio rápidamente. A eso se suman las fiestas clandestinas con drogas pesadas, en las que participan jóvenes de distintos entornos, las muertes sin aclarar por sobredosis o los heridos de bala que no quieren presentar denuncia.
Hay que tener en cuenta que el narcotráfico puede llegar y llega a diferentes ámbitos, incluyendo a todos los partidos políticos sin excepciones (ninguno de ellos está libre de recibir dinero de la droga) así como los clubes de fútbol o de básquetbol. En Uruguay, el periodista uruguayo Antonio Ladra ha mencionado varias de estas situaciones, muchas de ellas cercanas a nuestro departamento y difundidas en la prensa: “La rama de las FARC, de la guerrilla colombiana, que compró una estancia en Salto por dos millones de dólares, al contado, cuando todavía no existía la ley antilavado y podías comprar sin que nadie investigara nada. Quizás ese fue uno de los primeros casos. También estuvo la Operación Campanita, el primer caso en que se detectó que había lavado de dinero vinculado al narcotráfico. Ese es el punto, el narcotráfico, porque lavado de dinero debe haber habido siempre. (…) En el caso del Lilo Martínez, un carmelitano, el tipo ponía plata en Wanderers de Carmelo y no solamente eso, sino que pagó los gastos de los arreglos de la comisaría de Carmelo. Les pagaba el agua y la luz a los policías. Si tenés policías que ganan tres pesos… El Bocha Risotto, al que limpiaron en Ejido y Gonzalo Ramírez. ¿Quién financiaba a los jugadores cuando Atenas estaba allá arriba? Él. Él financió el parquet de la cancha de Atenas. Lo regaló. ¿Quién financiaba la comparsa del barrio? Él. ¿Me hablás de corrupción?”.

A pesar de todas estas señales, Paysandú ha optado por vivir de espaldas al cáncer del narcotráfico que sin pausa va aniquilando desde adentro los valores que en otros momentos de su historia fueron legítimo motivo de orgullo. Los chiquilines no quieren saber nada con “arrancar para las ocho horas” sabiendo que con el microtráfico de “lágrimas” de pasta base o dosis de cocaína pueden lograr grandes ganancias en poco tiempo, con poco esfuerzo y con la posibilidad de lograr un estatus social que ningún trabajador honesto podría alcanzar.

Ante este panorama, la Junta Departamental debería modificar el texto que actualmente luce el escudo sanducero –“Paz, Trabajo y Progreso”–, agregando la palabra “Narcotráfico”, actividad cuyos valores han suplantado claramente los que el escribano Adolfo Mac Ilriach describiera hace décadas como parte del ya olvidado “Espíritu de Paysandú”.