Desafiante transformación

La Intendencia de Paysandú anunció su interés en avanzar hacia la implementación de un nuevo modelo de recolección de residuos domiciliarios con clasificación en origen. Es decir, separar los residuos en el hogar.
En una entrevista publicada días atrás en este medio, el director de la Unidad de Gestión Ambiental y Cambio Climático de la Intendencia, Matías Casco, expresó que uno de los principales objetivos de su área es transformar el modelo de recolección de residuos y avanzar hacia el cierre definitivo del vertedero.
El nuevo modelo propuesto incluye recipientes diferenciados para residuos orgánicos, reciclables y plásticos, además de la futura incorporación de incentivos para las familias que participen activamente. Al respecto, Casco citó la experiencia de Canelones —el departamento con mayores avances en clasificación a nivel domiciliario—, señalando que allí se recupera casi un 45 % de los residuos, frente a una media nacional del 5 %. “Si logramos involucrar a la ciudadanía —el primer agente llamado a atender esta problemática—, con el simple hecho de separar lo orgánico de lo reciclable y reutilizable, podremos descongestionar significativamente el sistema”, opinó.
Efectivamente, se trata de una iniciativa que puede marcar un punto de inflexión en la gestión de los residuos domiciliarios urbanos sanduceros y en el vínculo entre la ciudadanía y el ambiente, pero también implica un gran desafío. Separar residuos en casa no es solo una decisión política o técnica, ni una mera recomendación ambiental. Involucra, fundamentalmente, un cambio de hábitos y una nueva práctica cultural que exige la conciencia de asumir que la ciudad que habitamos merece cuidado y responsabilidad. Cada uno de nosotros es un eslabón fundamental para alcanzar esa meta.

Hacer frente a este desafío es mucho más que distribuir contenedores para clasificar nuestros desperdicios. Es, ante todo, un compromiso que cada familia debe asumir con un proyecto que involucra a toda la comunidad.
Desde esta perspectiva, resulta totalmente válido preguntarnos si realmente estamos preparados para clasificar. Entendemos, en este sentido, que no alcanza con ofrecer infraestructura para cambiar una cultura. Por el contrario, el éxito de propuestas de este tipo no radica exclusivamente en lo que pueda decidir e instrumentar la Intendencia, en una adecuada planificación o en que los recolectores pasen en tiempo y forma por los domicilios —todo lo cual es absolutamente necesario—, sino que depende de los hábitos que se construyen o se resisten cada día.
En el contexto latinoamericano se está avanzando hacia sistemas de recolección de residuos más eficientes y sostenibles, lo que ha permitido desarrollar experiencias que reportan beneficios significativos en cuanto a la mejora de la cobertura de los servicios y la reducción del impacto ambiental.
Las ciudades que han logrado avances significativos en la gestión de residuos lo han hecho combinando políticas públicas con participación comunitaria y educación ambiental sostenida. En Colombia, por ejemplo, la separación en origen se volvió obligatoria, pero su éxito dependió de campañas masivas de sensibilización y del reconocimiento formal de los recicladores. En Chile, una ley obliga a las empresas a hacerse cargo del ciclo de vida de sus productos, y al mismo tiempo promueve la clasificación en origen como parte de una estrategia nacional de economía circular. No obstante, en otras ciudades donde se implementaron sistemas de clasificación sin acompañamiento educativo ni inclusión social, los resultados fueron menos exitosos y, en algunos casos, la infraestructura terminó infrautilizada.

Estas experiencias muestran la importancia de la educación de la población, la necesidad de campañas de sensibilización y de otras estrategias para fomentar el compromiso y la participación en cada hogar, institución, centro educativo y barrio, dado que cada uno de estos espacios cumple un rol fundamental en la creación y el fortalecimiento de una cultura del reciclaje y la reutilización.
Por otra parte, una serie de cuestiones sociales y tecnológicas también deberían ser analizadas y discutidas en un cambio de modelo como el propuesto. Por ejemplo, la economía circular, que promueve la reutilización, el reciclaje y la reparación, requiere infraestructura adecuada para el tratamiento de residuos, mercados para los materiales recuperados y políticas que incentiven la innovación. Además, por un motivo no solo de justicia social, sino también de eficiencia ambiental, es importante evitar que los nuevos modelos a implementar excluyan a los recicladores informales, quienes durante años han sostenido la recuperación de materiales. Es necesaria su formalización e integración al sistema.
Desde el punto de vista tecnológico, la experiencia internacional en el sector de gestión de residuos sólidos se encuentra en una fase incipiente de transformación digital. Sin embargo, estudios recientes plantean cómo el sector puede beneficiarse del uso de tecnologías a lo largo de toda la cadena: desde la clasificación y recolección hasta el transporte, la valorización y la disposición final.
En los últimos años, se han desarrollado y puesto en funcionamiento diversas herramientas tecnológicas para mejorar la eficiencia de la gestión de residuos sólidos a nivel global, como el Internet de las cosas (IoT), la inteligencia artificial (IA) y la computación en la nube. Estas herramientas son clave hoy en día para generar y analizar datos útiles en la toma de decisiones y en la mejora de los servicios de gestión de residuos. Entre ellas se incluyen sistemas de posicionamiento global e información geográfica para los vehículos de recolección y la ubicación de contenedores, sensores que miden el nivel de llenado y el estado de los recipientes, así como tecnologías para la comunicación, la recopilación de datos y el análisis de información. Asimismo, gobiernos locales y empresas de recolección selectiva están utilizando las TIC y la inteligencia artificial para educar a los vecinos sobre reciclaje, enviar recordatorios por correo electrónico o publicar contenidos informativos en redes sociales.

En definitiva, es hacia estos caminos por donde transita la innovación en la mejora de la gestión de residuos sólidos, y hay aún mucho por avanzar.
Paysandú puede seguir los pasos de Canelones, pero también puede proyectarse como un laboratorio a medida, con un modelo propio de desarrollo técnicamente viable y sostenible en el tiempo, apoyado en una estrategia comunicacional y educativa potente, territorializada y sensible a la idiosincrasia local.
Debemos entender que la clasificación domiciliaria difícilmente pueda imponerse por decreto ni asumirse como una moda o una imposición ambiental. Es un camino largo y desafiante que exige corresponsabilidad con el territorio y la ciudad que queremos habitar.