Tenemos un problema. Tenemos varios, pensará usted, y le asistirá razón. Pero quiero decir que tenemos un problema serio, grave, de fondo, un problema que está poniendo en riesgo el pacto social. Sí, hay una fractura social. Y no estoy hablando de una grieta ideológica, o “la grieta”, terminología cruzada de la vecina orilla, donde sí existe una grieta. Acá quiero decir que hay una fractura. Hay un montón de individuos que han ido quedando al margen y que no solo no pueden insertarse, da la impresión que no tienen el mínimo interés por hacerlo. Y hay varios formatos en lo que esto ocurre. Hay, por un lado, personas que están viviendo en la calle; posiblemente nadie esté libre de enfrentar situaciones extremas que lo lleven a terminar sin un techo bajo el que pasar la noche, malas decisiones, enfermedades, consumos problemáticos y un largo etcétera. Pero hay entre ellas algunas personas que tienen la pretensión de recuperar una vida anterior, que ni siquiera aceptan pasar la noche en un refugio público.
Hay personas que han elegido como modo de vida permanecer al margen de la ley y que no hacen otra cosa más que reincidir una y otra vez y sostenerse en una rotación entre fuera y dentro de la cárcel que llegan a naturalizar. Hay quienes, en un rol más activo, dedican su vida al crimen, se dedican al narcomenudeo y a delitos más serios, incluso al sicariato. Sí, hay matones a sueldo en nuestro país. Hay un libro incluso que lleva por título “Historias de sicarios en Uruguay”, cuyo autor es Gustavo Leal, figura del anterior gobierno frenteamplista en el Ministerio del Interior, en el área de vínculo con la comunidad.
En el año 2011 celebrábamos con bombos y platillos la última gran coronación del fútbol uruguayo. Fuimos campeones de América en Argentina pegándole un baile bárbaro a Paraguay en la final. Ese mismo año nació un concepto que nos define, el del “nuevo uruguayo” fruto de una campaña publicitaria muy exitosa. Ese término, que se forjó con la idea de vender un servicio de televisión por cable, permeó al discurso político y de allí a la sociología para evidenciar una serie de transformaciones en el país que terminaron cambiando rasgos tradicionales en pos de un perfil más “divertido”, más colorido, como se lo vendía, pero a la vez más arriesgado y menos prudente en el manejo de la plata; un uruguayo que cambió el ahorro por el crédito y se subió a la ola del “use y tire”, como una señal del cambio de era. Un uruguayo que se animó a buscar nuevas alternativas de ahorro, nuevos negocios de capital, y terminó clavado como un zapato con cosas que no sabía ni cómo funcionaban.
Y en todas esas transformaciones se perdieron también algunos rasgos esenciales, el respeto, la buena vecindad, lo sagrado de la escuela pública y los maestros, la solidaridad para con aquel que vino al país en busca de una vida mejor que no encontraba en su propia tierra.
Perdimos los valores que tanto nos caracterizaban.
Nos convertimos en voraces consumidores que necesitan tener el último modelo del teléfono más caro y que no se pueden quedar sin ir a conocer el nuevo destino turístico de moda en el Caribe o en el sudeste asiático. Al costo que sea. Pudiendo o no pudiendo.
Nos convertimos en voraces consumidores de sustancias. Corriendo ansiosos frenando solo cuando hay un radar que nos puede quitar dinero y volviendo a acelerar a todo lo que dé apenas superada esa amenaza, porque no tenemos tiempo que perder, aunque estemos arriesgando perder todo el tiempo y a la vez poniendo en el mismo riesgo a todos los demás.
Y no es esa una nota que quiera evocar los “viejos buenos tiempos” en los que había espacio para reunirse todas las tardes a tomar un café y comentar las cosas del día e intercambiar sin agresiones entre personas que opinen diferente.
Pero de un tiempo a esta parte esa otra persona se volvió un enemigo al que hay que combatir con dureza, porque sus ideas no solo están erradas, sino que no son válidas y no tienen derecho a ponerse de manifiesto.
En el Nuevo Uruguay hay muchos homicidios, siempre hay homicidios. En el nuevo Uruguay un grupo de adolescentes entra en tropel y agrede a una alumna, y a los pocos días se repite. A cada rato roban escuelas, hospitales, cierran empresas, salen contenedores con droga, pasan cosas raras, difíciles de explicar, se lava guita, desaparecen mujeres jóvenes sin que nadie sepa dónde van a parar.
En el Nuevo Uruguay hay remedios para todo, pero no hay remedios para todos. Hay plata para cirugías estéticas y para tratamientos cosméticos y a los médicos les sirve más dedicarse a eso que a curar a las personas.
En el Nuevo Uruguay cada uno está preocupado por defender sus derechos, pero se olvida que estos vienen acompañados por deberes y obligaciones. Y si algo se puede “puentear” o “bicicletear” es viveza criolla, y se festeja como una copa. Ya no importa “portarse bien” o “ser gente”, importa tener un buen abogado para intentar zafar.
Y mientras tanto el debate político está en otro lado, lejos de la jugada, mirando para otro lado, ensimismado en discusiones que no vienen al caso de los problemas de verdad, mientras el país y los valores que nos definieron como nación se nos van al descenso.
Cómo se extraña aquel viejo Uruguay.

