Nunca es tarde: estudiantes mayores de 60 en la Universidad

Pronto comenzarán los períodos de inscripción para las diferentes facultades, ya sean pertenecientes a la Universidad pública o al ámbito privado, y el creciente ingreso de personas mayores de 60 años a las aulas universitarias constituye uno de los fenómenos más significativos –y menos visibilizados– de la transformación contemporánea de la educación superior en América Latina. En Uruguay, país con una de las poblaciones más envejecidas de la región, esta tendencia adquiere una relevancia particular y abre profundas interrogantes sociológicas, educativas y culturales. El ingreso efectivo de estudiantes de más de 60 años a carreras de grado, dan cuenta de una realidad que interpela la idea tradicional de universidad, históricamente asociada a trayectorias llevadas adelante por jóvenes en formación para el mercado de trabajo.

Desde una perspectiva sociológica, el ingreso de personas mayores a estudios terciarios no puede comprenderse únicamente como una actividad recreativa o de “ocupación del tiempo libre”. Por el contrario, se trata de una práctica cargada de sentido, atravesada por biografías extensas, por trayectorias laborales y familiares complejas, y por un fuerte componente identitario. La decisión de volver –o llegar por primera vez– a la universidad con más de 60 o 70 años suele estar vinculada a procesos de resignificación personal, de búsqueda de sentido vital y de reafirmación de la autonomía intelectual.

En el contexto uruguayo, este fenómeno se ve favorecido por varios factores estructurales. Por un lado, el aumento sostenido de la esperanza de vida y una mayor proporción de personas mayores con niveles educativos medios y altos. Por otro, una tradición de universidad pública con fuerte impronta democrática y un sistema educativo que, al menos en su marco normativo, reconoce el derecho a la educación a lo largo de toda la vida. A esto se suma un cambio cultural progresivo en la forma de concebir la vejez que es muy apoyado por los discursos académicos: un cambio de paradigma donde el envejecimiento ya no se mira como un proceso que sí o sí conlleva a la pasividad y el retiro del mundo social, sino como un período potencialmente activo, productivo y abierto al aprendizaje.

Las motivaciones que impulsan a las personas mayores de 60 a inscribirse en estudios terciarios son diversas y rara vez responden a un único motivo. Podríamos sin embargo, identificar al menos cuatro grandes núcleos motivacionales que, si bien no se presentan de forma pura, nos permiten comprender mejor este fenómeno.

Un primer núcleo está asociado a la realización personal y al deseo de conocimiento en sí mismo. Aquí se ubican quienes encuentran en el estudio universitario una fuente de placer intelectual, una forma de ejercitar la curiosidad, de leer el mundo con nuevas categorías y de mantenerse activos desde el punto de vista cognitivo. En estos casos, la universidad no es un medio para un fin externo, sino un fin en sí mismo.

Un segundo conjunto de motivaciones remite a lo que algunos autores denominan la “deuda biográfica”. Seguro todos alguna vez nos hemos encontrado ante un discurso de tipo “a mí me hubiese encantado poder estudiar eso”. Se trata entonces de personas que, por razones económicas, familiares, de género o de contexto histórico, no pudieron acceder a estudios terciarios en su juventud. El ingreso tardío a la universidad opera entonces como una forma de reparación simbólica, de cierre de un ciclo inconcluso y de resignificación de la propia trayectoria vital.

Un tercer eje motivacional se vincula con la necesidad de pertenencia y de socialización. En etapas de la vida en las que suelen reducirse los espacios de interacción –por jubilación, viudez o cambios en la estructura familiar– la universidad se convierte en un ámbito privilegiado para construir vínculos, compartir intereses y evitar el aislamiento social. Este aspecto, lejos de ser secundario, tiene un impacto directo en el bienestar subjetivo y en la calidad de vida de la persona.

Finalmente, aparece una motivación de carácter identitario y político: la afirmación del derecho a seguir siendo un sujeto activo en la esfera pública. Inscribirse en la universidad a los 60 o más años implica, para muchos, desafiar los mandatos sociales que asocian la vejez con la pasividad, la obsolescencia o la incapacidad, reivindicando el aprendizaje como un derecho que no caduca con la edad. En este sentido, la universidad funciona como un espacio de legitimación social del saber y de la experiencia acumulada, permitiendo que estas trayectorias vitales encuentren reconocimiento y diálogo con otros saberes.

La evidencia acerca de este fenómeno –tanto empírica como testimonial– señala múltiples impactos positivos. En el plano cognitivo, la participación en estudios universitarios contribuye a la estimulación intelectual, al mantenimiento de funciones cognitivas y al desarrollo de nuevas competencias. En el plano emocional, suele observarse un aumento de la autoestima, del sentido de propósito y de la satisfacción personal. A nivel social, la universidad ofrece un ámbito de interacción intergeneracional que enriquece tanto a las personas mayores como a los estudiantes más jóvenes, favoreciendo el intercambio de perspectivas, experiencias y valores.

No obstante, es fundamental evitar miradas idealizadas. El acceso de personas mayores a la universidad también pone en evidencia tensiones estructurales y límites del sistema educativo. Persisten, en muchos ámbitos académicos, formas sutiles –y a veces explícitas– de edadismo: supuestos sobre la supuesta menor capacidad de aprendizaje, la rigidez cognitiva o la escasa adaptación a lo tecnológico de las personas mayores.

Estas representaciones no solo afectan las experiencias de quienes estudian, sino que también influyen en las prácticas institucionales. Planes de estudio excesivamente rígidos, evaluaciones centradas en la memorización y una fuerte dependencia de plataformas digitales sin acompañamiento adecuado pueden transformarse en barreras reales. A ello se suman dificultades vinculadas a la salud, al cansancio o a la conciliación con responsabilidades familiares que, aunque distintas a las de la juventud, no son menos demandantes.

Desde una perspectiva crítica, resulta pertinente señalar que muchas universidades aún conciben estos programas como iniciativas periféricas, más cercanas a la extensión cultural que al núcleo de su proyecto académico. Cuando las propuestas para personas mayores no dialogan con el resto de la vida universitaria, se corre el riesgo de generar circuitos segregados que, aunque bien intencionados, reproducen la idea de que estos estudiantes no pertenecen plenamente a la comunidad académica.

Desde una perspectiva educativa, resulta clave reconocer las fortalezas que esta franja etaria aporta al ámbito universitario. Las personas mayores suelen contar con una alta motivación intrínseca, hábitos de estudio consolidados, capacidad de análisis crítico y una vasta experiencia de vida que enriquece las discusiones académicas. A diferencia de otros grupos estudiantiles, su vínculo con el conocimiento no está necesariamente mediado por la urgencia de la certificación o la inserción laboral, sino por un interés genuino en comprender, reflexionar y participar.

Finalmente, las motivaciones profundas que llevan a las personas mayores de 60 a ingresar a la universidad remiten a una cuestión de fondo: el derecho a seguir aprendiendo y a seguir construyendo sentido a lo largo de toda la vida.

Lejos de ser anecdótica, la presencia de personas mayores en el ámbito universitario debe leerse como parte de una transformación social más amplia, en la que la educación superior deja de ser un momento acotado a la juventud y comienza a pensarse como un derecho y una posibilidad a lo largo de todo el curso de vida. El desafío, entonces, no es solo ampliar la oferta, sino revisar en profundidad las lógicas pedagógicas y organizacionales de la educación superior, incorporando de manera genuina el enfoque de educación a lo largo de la vida.

En este marco, la universidad tiene la oportunidad –y la responsabilidad– de redefinir su rol social, ampliando su horizonte más allá de la formación profesional y asumiéndose como un espacio de inclusión, ciudadanía y dignidad para todas las edades. Sebastián Cobas