Por estos días dos informes internacionales, que posan sus ojos sobre la región, aluden a las dificultades nutricionales mostrando dos caras de un mismo problema. Mientras en América Latina se redujo el hambre por cuarto año consecutivo, la comida sana sigue siendo un lujo y a la vez la obesidad aumenta, trayendo consigo otros problemas.
El informe Panorama Regional de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición 2025, realizado por varias agencias de Naciones Unidas, que vio la luz a fines de febrero, registró para la región de América Latina y el Caribe “una disminución constante en los niveles de subalimentación por cuarto año consecutivo”. Señala el reporte que “aunque 6,2 millones de personas dejaron de pasar hambre desde 2020, el 29,9% de los adultos sufre obesidad y una dieta saludable cuesta más aquí que en cualquier otra parte del mundo”.
En 2024, el 5,1% de la población regional padecía hambre, lo que suponía en sí una reducción desde el 6,1% registrado en 2020. Ello significaba que 6,2 millones de personas dejaron de sufrir subalimentación en este período. Destaca además que cuatro países, Uruguay, Brasil, Costa Rica y Guyana, ya tienen una prevalencia de hambre inferior al 2,5%, y están cerca de este umbral también Chile y México.
La inseguridad alimentaria moderada o grave afectó al 25,2% de la población en 2024, un cifra que parece alta, pero es significativamente menor que el 33,7% del año 2020 y estuvo por debajo de las estimaciones para ese año, que eran del 28%. No obstante, indica el informe, existe una brecha de género significativa, en la medida que las mujeres presentan “una prevalencia 5,3 puntos porcentuales mayor que los hombres”. Primer desbalance.
También indican las agencias de Naciones Unidas en su resumen que el costo de una dieta saludable “aumentó un 3,8% en 2024, ubicando a la región como la más cara del mundo, con un costo diario de 5,16 dólares”. Si bien 15,4 millones de personas más pudieron acceder a este tipo de alimentación en comparación con el 2021, todavía hay casi 182 millones de personas que no pueden hacer frente a los costos de acceder a esta dieta.
Pero en la misma región en la que esto ocurre, se ha emitido una alerta por el aumento de la obesidad. El 29,9% de los adultos en la región padece esta condición, esta cifra es casi el doble del promedio mundial, situado en 15,8%. En niños menores de 5 años, el sobrepeso alcanzó el 8,8% en 2024, dato que se sitúa muy por encima de la meta global para 2030.
Como sabemos el problema de la obesidad es una preocupación para los sistemas de salud en la medida que quienes la padecen están expuestos a una serie de factores que complican su situación sanitaria, pero no podemos esconder que también hay aspectos estéticos que hacen que en una sociedad en la que la imagen ha cobrado tal preponderancia, en buena medida merced a las redes sociales, pero no solamente, la aparición de “soluciones mágicas” está a la orden del día, lo mismo que los desajustes alimentarios que han vuelto con una fuerza similar a la que ya mostraron en la década del ‘90, cuando hablar de bulimia o anorexia era cosa de todos los días. De un tiempo a esta parte la aparición de medicamentos empleados para tratar la obesidad se ha vuelto para muchos una opción, así como las cirugías bariátricas, sin embargo no todo es color de rosa. Ayer mismo la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicó un llamado a reforzar la farmacovigilancia a raíz de reportes de uso indebido de este tipo de medicación. La OPS instó a “asegurar el uso adecuado de los medicamentos agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1), ante reportes crecientes de efectos adversos asociados a su uso indebido”. En tanto, las cirugías bariátricas tienen importantes consecuencias en el largo plazo, tanto biológicas como psicológicas en muchos casos.
Señala que el uso de intervenciones farmacológicas “debe evaluarse cuidadosamente dentro de modelos de atención multidisciplinarios centrados en la persona, considerando el perfil clínico individual, las comorbilidades y la relación beneficio-riesgo de cada opción terapéutica”. O sea, no es solamente tomar pastillas mágicas. Los medicamentos GLP-1, describe, “actúan regulando el apetito y el metabolismo, pero su uso debe limitarse a las indicaciones aprobadas y enmarcarse en un plan clínico estructurado con monitoreo periódico”, tal como se ha trasmitido en las orientaciones que la Organización Mundial de la Salud ha difundido en base a evidencia científica actualizada.
Entre otras cosas, el Comité de Expertos de la OMS para la Selección y Uso de Medicamentos Esenciales no recomendó el uso de estos productos “en personas con obesidad sin diabetes tipo 2 ni otras comorbilidades”. Los efectos adversos más frecuentemente reportados han sido gastrointestinales y suelen ser transitorios. “No obstante, se han descrito eventos menos frecuentes, pero potencialmente graves, como pancreatitis aguda, enfermedad biliar y obstrucción intestinal, además de otros riesgos poco comunes que continúan en evaluación”, señala el reporte. La OPS advirtió además por la creciente demanda de estos medicamentos, que puede dar lugar a su comercialización por canales no oficiales, “incluidos Internet y redes sociales, lo que incrementa el riesgo de exposición a productos falsificados, no autorizados o de calidad subestándar”. El riesgo de acceder a estos productos es que “pueden contener dosis incorrectas, principios activos distintos o ingredientes no declarados, lo que puede derivar en fracaso terapéutico, reacciones adversas graves y otras complicaciones, además de generar costos adicionales para los pacientes y los sistemas de salud”. Así las cosas, la Organización enfatizó en que es necesario que este tipo de tratamientos se lleven a cabo bajo estricto control médico. No descubrimos nada al decir que este tipo de circunstancias se prestan para que personas escasas de escrúpulos hagan su negocio. Nada mejor que asesorarse debidamente y evitar exponerse de forma innecesaria.

